Hay veces que, sin previo aviso, una palabra te sacude. A veces es una palabra, otras una frase, y, en ocasiones, puede llegar a ser una mirada, un suspiro, una respiración, un silencio. A veces, aunque no con tanta frecuencia, besas a un chico y, a continuación, te habla de la muerte. Le besas y te dice que no se quiere morir. No tiene nada que ver contigo, simplemente, no se quiere morir. Continúa hablando del pavor que le produce la muerte, no tanto la muerte en sí, sino ese miedo que produce el no saber qué va a pasar. No tiene que ver con un control, tal vez con una lógica. Pero no puedes evitar pensar en que todo desconocimiento siempre da un poco de vértigo.
Me da miedo todo lo que desconozco y todo lo que queda fuera de mi vista. Confío en que estarás hasta que dejo de verte. Como cuando te adentras en el mar, el fondo empieza a oscurecerse y temes que tus pies estén a disposición de algo terrible que te podría hundir. Admiro el mar desde una lejanía cercana, es de donde más me gusta. Desde la orilla, tal vez con el cuerpo sumergido o flotando boca arriba. Pero cuando más me gusta es cuando creo verlo al completo, aunque nunca sea real. También me gustan las cosas que no son reales. No sé si es amar la incoherencia, la incomprensión, o no ser capaz de amar al completo y quedarse en la superficie.
Ahora, estoy nadando hacia el final del mar. No me sumerjo, no me gustan las profundidades. Sigo nadando porque sé que quiero seguir moviéndome. Quiero mover mis brazos al son de mis piernas, sentir el agua acariciando mis dedos y sentirme vulnerable ante los metros que me separan de un límite que doy por hecho que está ahí. Me da mucho miedo llegar al final. Y al mismo tiempo, daría cualquier cosa por permanecer en este momento. Sé que solo será un momento, y por eso puedo exprimir y estirar este sentimiento como una masa elástica que podría no romperse jamás. Sé que solo será un momento. Mi mente no alcanza a comprender cuánto es eso. Cuánto es un minuto, cuánto dura el mar. Cuánto me separa del suelo o cuánto podré nadar. Pienso en moverme, moverme, besarte y flotar. Lo pienso, lo pienso, lo pienso. Y me sumerjo de nuevo. Ya no te importa tanto la muerte ni a mi tanto la profundidad. Nado de vuelta, moviendo la cabeza de arriba a abajo, clavando mis manos en la arena porque ahora está más cerca. Ya no me importa la muerte, ¿sigue dando miedo? ¿sigue estando lejos?

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