La muerte, el miedo, el mar

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Hay veces que, sin previo aviso, una palabra te sacude. A veces es una palabra, otras una frase, y, en ocasiones, puede llegar a ser una mirada, un suspiro, una respiración, un silencio. A veces, aunque no con tanta frecuencia, besas a un chico y, a continuación, te habla de la muerte. Le besas y te dice que no se quiere morir. No tiene nada que ver contigo, simplemente, no se quiere morir. Continúa hablando del pavor que le produce la muerte, no tanto la muerte en sí, sino ese miedo que produce el no saber qué va a pasar. No tiene que ver con un control, tal vez con una lógica. Pero no puedes evitar pensar en que todo desconocimiento siempre da un poco de vértigo. 

Me da miedo todo lo que desconozco y todo lo que queda fuera de mi vista. Confío en que estarás hasta que dejo de verte. Como cuando te adentras en el mar, el fondo empieza a oscurecerse y temes que tus pies estén a disposición de algo terrible que te podría hundir. Admiro el mar desde una lejanía cercana, es de donde más me gusta. Desde la orilla, tal vez con el cuerpo sumergido o flotando boca arriba. Pero cuando más me gusta es cuando creo verlo al completo, aunque nunca sea real. También me gustan las cosas que no son reales. No sé si es amar la incoherencia, la incomprensión, o no ser capaz de amar al completo y quedarse en la superficie.

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