En Nadie merece nada, Jahel Queralt propone todo un ejercicio de realpolitik que trata de resignificar la meritocracia como un principio de justicia
Pensar el mundo en términos de clase resulta inevitable cuando la primera injusticia que conoces es la económica. Esa posición en el mapa social que heredamos no afecta únicamente a nuestra posibilidad de acceso a ciertos bienes materiales. La posición económica se hereda junto a una serie de formas de hablar y de moverse, unos gustos y unos miedos.
Bien lo sabía Pierre Bourdieu, tránsfuga de clase que dedicó su obra a pensar sobre esto, o Annie Ernaux, lectora de Bourdieu y también tránsfuga, que afirma escribir para vengar a su clase. Y bien lo sabe Jahel Queralt, que reconoce que, en su caso, el ascensor social funcionó. Pero podría haber sido de otra forma.
En Nadie merece nada, Queralt parte desde su propia posición de desclasada para desde la excepción tratar de encontrar maneras de que su relato deje de ser extraordinario. Para ello, Queralt propone repensar la meritocracia como un principio de justicia fundamental para el pensamiento de izquierdas
Reubicar la meritocracia dentro de un pensamiento construido en torno al ideal de la justicia social pasa por acabar con la lectura de la misma desde el juicio moral y por comprender que ciertas acepciones que asociamos a la meritocracia derivan de su configuración ideológica capitalista.
Para Queralt, si el mérito deja de ser una cuestión moral y pasa a ser un principio de justicia sostenido en la igualdad de oportunidades, se acabaría con la lógica culpabilizadora que hace que los sujetos se sientan responsables de su posición social. De esta manera, la organización meritocrática de la sociedad sería un triunfo colectivo en el que se trataría de solventar la distancia entre los diferentes puntos de partida de los sujetos y, en consecuencia, la elección del más apto sería, dentro de cierta suerte, algo justo.
En esta reconfiguración que Queralt plantea como un desmantelamiento de la meritocracia como principio ideológico, ésta quedaría limitada a lo que siempre fue: un principio de justicia y una forma de organización que tendría que ir necesariamente acompañada de una intervención estatal capaz tanto de ofrecer oportunidades igualitarias como de corregir los fallos del mercado. La meritocracia, en este sentido, no establece qué trabajos tienen que desaparecer y cuáles mantenerse, ni establece la relación entre rentabilidad y salarios. Estas decisiones y relaciones son cosa del mercado, cosa del sistema capitalista.
Y sin embargo, la propuesta de Queralt se construye alrededor y sobre el sistema capitalista, sobre sus métodos de selección, aunque estos sean matizados y sobre la creencia en el trabajo como motor central de organización social. Queralt propone caminos hacia la justicia social labrados sobre un sistema que crea injusticia y reconoce que ésta seguirá existiendo, pero también que pueden minimizarse sus efectos.
En este sentido, el hincapié de Queralt en el cumplimiento del compromiso democrático con la potenciación de las cualidades de sus ciudadanos gira también en torno a la organización del trabajo y al desarrollo de atributos destinados a la eficiencia y la productividad. Más que potenciación hablaríamos entonces de maximización del sujeto, de exprimir su potencial y dirigirlo a la producción tanto tangible como intangible, asumiendo que habría sujetos que realizarían trabajos poco satisfactorios pero que debido a una subjetivación destinada a la producción no contarían con herramientas para la elaboración de otras vías de satisfacción fuera del sistema asalariado.
Nadie merece nada funciona como un acercamiento, un pequeño agujero abierto hacia otras formas posibles de organización que disminuyan los efectos de la desigualdad, para que después, quizá, una vez desaparezca la lectura moral del mérito, la distancia entre puntos de partida y, en consecuencia, la angustia asociada a la inmovilidad, puedan los propios sujetos plantearse qué hacer ahora, porque desde la culpabilización es imposible desarrollar formas satisfactorias de estar en el mundo. Con salarios dignos y justos no solo se cubren las necesidades, se abren posibilidades.

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