Hacer más, ser más, dejar de jugar

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¿Has hecho cerámica, leído más de 20 libros o tejido tu propio jersey recientemente? Si tu respuesta es no, déjame decirte que no eres tan interesante como crees. Lo siento mucho, mi intención no era atacarte. De hecho, pensarás «yo no puedo definirme solo por las cosas que hago», «yo soy mucho más que los hobbies que NO practico». Y tienes razón. Pero, en realidad, ¿quién no ha visto alguna vez a esa chica que pinta y ha pensado en cuán profunda, creativa y habilidosa era? 

A veces pienso en cuándo fue la última vez que hice algo porque me hacía feliz de verdad, que pinté cualquier cosa que se me viniera a la mente o que canté desafinando, solo porque lo disfrutaba. A medida que he ido creciendo y forjando mi personalidad, la elección de mis hobbies ha ido menguando y encaminándose hacia un lugar muy determinado y que permitiera expresar, de alguna forma, mi yo más auténtico o más internamente interno. Hacer las cosas, solo, por el hecho de hacerlas, por el disfrute en sí mismo, es algo que, en ocasiones, me cuesta vislumbrar en todo lo que hago. 

Y  es que, mal que nos pese, lo cierto es que nuestras aficiones dicen algo de nosotros que ni el puesto de trabajo que ocupamos ni nuestro propio lenguaje, en ocasiones, son capaces de transmitir. Los hobbies funcionan como una suerte de tarjeta de presentación, de termómetro social; establecen nuestro lugar en el sistema-mundo. De hecho, a veces, delatan aspectos tan relevantes como la educación que hemos recibido o los recursos culturales a los que hemos tenido acceso. Así lo señalaba, de hecho, el sociólogo Pierre Bourdieu en La distinción. Criterio y bases sociales del gusto, cuando decía: «El gusto clasifica, y clasifica al clasificador».

Esta afirmación es importante porque apunta al valor social que adquiere una persona en función de las aficiones que posee; es decir, si bien un hobby puede no definirnos, sí otorga un adjetivo a nuestra situación vital. Y aquí es donde sucede mi actual conflicto interno (y que seguro que tú has sentido alguna vez). ¿Albergar muchos hobbies nos hace más interesantes? ¿Almacenar habilidades, acumularlas, en cajas, como si nuestro ser se tratara de una especie de almacén? ¿Qué vale más una afición genuina o 200 adquiridas? 

Es innegable, como yo misma mostraba con el ejemplo del inicio, que la persecución de nuestro gustos se dirige, directamente, a una consecución de una estética determinada, de un atractivo concreto y una imagen específica. En definitiva, una performance, que puede ser más o menos honesta. Escapar de lo social cuando vivimos de forma gregaria es prácticamente imposible. Sin embargo, y sobre todo en los últimos años, no paro de encontrarme vídeos en YouTube, reels de Instagram y otras publicaciones en redes que te enseñan –supuestamente– a aprender aficiones que te harán más interesante, más inteligente o, al menos, parecerlo: 5 things that will make you look more cultivated // stop doomscrolling and become an interesting person //  hobbies that will change your life.

Algunas carátulas de vídeos de YouTube. Fuente: YouTube

Además, casi todos estos vídeos, promueven aficiones muy similares entre sí: leer clásicos como Tólstoi (?) además de libros de psicología; hacer journaling –lo que viene siendo escribir en tu diario, pero parece que decirlo en inglés queda mejor–; hacer tu propia taza o, en su defecto, ir a pintarla; tejer bolsos, gorritos para el pelo; escuchar podcasts sobre cómo conectar con el mundo y contigo misma, etc. O sea, aprovechar al máximo el tiempo libre que se tenga para aprender todas las habilidades que se puedan; y, si eso, mientras tanto, intentar disfrutar alguna por el camino.

Hace poco, leí un texto de Ayushi Thakkar en su blog Milk and Cookies que decía: 

«What makes this pressure exhausting is that it’s not enough to just have interests, those interests need to be the right kind of interesting, mainstream hobbies feel too basic to mention an niche interests risk seeming try-hard or pretentious».

«Lo que hace que esta presión sea agotadora es que no es suficiente con tener aficiones, sino que esas aficiones tienen que tener el grado perfecto de “ser interesantes”, las que realiza todo el mundo son demasiado básicas para ser mencionadas y las que son demasiado nicho corren el riesgo de sonar muy impostadas o pretenciosas». (traducción propia)

Si hacemos un mapeo de los hobbies que promueven estos vídeos y, siguiendo a Bourdieu, vemos que poseen un tinte determinado y que terminan por homogeneizarse. Esto provoca que se cree una definición de lo que es “ser interesante” que termina calando en nuestro imaginario colectivo. Por lo tanto, estas aficiones no solo aportan una ubicación en el sistema y nos sitúan, sino un capital cultural que, cuando reconocido y valorado, es simbólico. Por ello, inconscientemente, los atribuimos a una persona leída, profunda y trascendental. Prosigue Bourdieu:

«El gusto, al funcionar como una especie de sentido de la orientación social, orienta a los ocupantes de una determinada plaza en el espacio social hacia las posiciones sociales ajustadas a sus propiedades».

El ocio, en su raíz etimológica en varios idiomas, contiene la palabra “libertad”, según recoge Emmanuel Godínez-Burgos en su texto Ocio, trabajo y sentido de la vida bajo el neoliberalismo citando a Svendsen.  Por ejemplo, en inglés, la palabra leisure, procedente del latín licere, significa “permitir”; es decir, el tiempo de ocio, debería ser empleado para permitirnos salir de las restricciones sociales, para realizar acciones que nos evadan y  nos trasciendan. Y ahí se encuentra, justamente, la potencia de los hobbies: en principio, se trata de acciones autotélicas, que son fines en sí mismos y que disfrutamos por su propio valor y no por la contraparte que vayamos a sacar de ellas. Como establecía el teórico Raymond Williams, son lugares en los que «nosotros  tomamos  nuestras  propias  elecciones  y decisiones;  sentimos  por  el  momento  que  nuestra  vida  es  nuestra». Un trabajo no es ocio porque existe un imperativo externo que nos lleva a realizarlo; en el hobby, no hay obligatoriedad que nos constriña. Se caracterizan, directamente, por la libertad, porque en ellos, nosotros establecemos las normas. 

El contenido en redes como Pinterest sobre la «acumulación» de aficiones posee un marcado tinte femenino, como si solo ellas (nosotras) sintieran la necesidad de ser constantemente interesantes o inteligentes. Fuente: Pinterest

Y esto es lo que me gustaría problematizar: estos vídeos mencionados solo fomentan la constante acumulación de aficiones en pos de mostrarnos como más interesante o cultos, eliminando toda la materia lúdica que posee el hobby per se. Convierten la pasión, la libertad, la creatividad pura en valores acumulables y mercatilizables que son intercambiados en el sistema en forma de capital cultural y simbólico. Y, como consecuencia, el ocio deja de ser un espacio de liberación y de finalidad en sí misma, para ser un lugar de consumo individualista y con fines muy concretos. Los hobbies, desde esta perspectiva, devienen objetos de consumo, y con ello, adquieren un sentido de obligatoriedad que no les debería pertenecer por naturaleza. Ser interesante, entonces, se convierte en un trabajo. 

Esto está muy vinculado, de hecho, con el modelo neoliberal y cómo este esculpe la cultura y las relaciones sociales. En esa idea de individuo como proyecto de sí mismo y de incesante consecución de la autenticidad, los hobbies funcionan como una autoafirmación constante. Son espacios que remiten al sujeto que los realiza de forma circular. Pero, sin embargo, como señalamos antes, la mayoría de estos vídeos o de estas aficiones que se han popularizado como “interesantes” terminan siendo, casi siempre, las mismas. 

Ya a finales del siglo XX, y ante la popularidad de las cadenas de comida rápida como McDonald’s, el teórico Ritzer hablaba de una Macdonalización de la cultura, al observar las transformaciones del ocio contemporáneo, denominado por él como McLeisure. De alguna forma, lo que pretendía subrayar es que, incluso nuestro ocio, se ve mediado por las lógicas del mercado, convirtiéndose en un lugar estandarizado, normativizado y, sobre todo, homogéneo. ¿Cuánto de interesantes seremos si todos somos pródigos en las mismas cosas? 

Por ende, si entendíamos las aficiones como un espejo fidedigno del sujeto –que es como las solemos ver–, bajo esta nueva lógica, serían, en realidad, no un reflejo del individuo, sino una aspiración hacia algo que desea ser (y aparentar). Y seguro que pensarás: todos hacemos cosas para pretender ser algo o porque sabemos que las personas a las que nos queremos asemejar las hacen. Eso es evidente y normal. Pero a lo que yo aludo, o mejor, lo que yo intento reivindicar es el juego, es la experimentación, es el acercarse a las posibles aficiones desde otro lugar. Con vídeos como estos, los hobbies pasan a sustentarse sobre la lógica de acumulación propia del capital, que pervierte su inicial esencia. 

Fuente: Pinterest

Por eso, quizá, el tener hobbies debería albergar, también, un tinte infantil y desvergonzado; debería ser algo más divertido y sin definición. No se trata de criticar a quien tenga diversos intereses o a quien busque cultivarse en un determinado campo. El problema es la instrumentalización de esas aficiones, la sensación de que quien hace más es más y mejor; la permanente preocupación por optimizarse y venderse. Siempre ser más, saber más, hacer más. En ese proceso, corremos el riesgo de olvidar, precisamente, lo que hace valiosas a estas aficiones: podrían no servir para nada. Ahí está si potencia, 

Es algo complejo, seré sincera: yo misma entro y salgo de estas dinámicas sin ser muy consciente de ello. Yo también deseo ser una persona interesante y quiero pintar cerámica, leer 20 libros y tejer mis jerseys. Pero también deseo volver a dibujar como cuando era pequeña. Sentir que mi intimidad no se ve atravesada por el mercado, la sociedad y el significado de mi capital cultural. 

Quizá, una de las pequeñas resistencias que todavía nos quedan sea ese espacio propio, que solo es nuestro, donde podemos seguir jugando, seguir haciendo como que nada importa. 

Donde todavía podemos pintar fuera de las líneas, escribir mal y cantar peor…

Y que eso no signifique nada. 

BIBLIOGRAFÍA

Caro Castaño, L. (2017). El discurso de la autopromoción y la autenticidad en las redes sociales: la marca personal y la microcelebridad.

Godínez-Burgos, E. (2023). Ocio, trabajo y sentido de la vida bajo el neoliberalismo. Sincronía, 27(83), 42-69.

Nehring, D., & Röcke, A. (2024). Self-optimisation: Conceptual, discursive and historical perspectives. Current Sociology, 72(6), 1069-1087.

Thakkar, A. (2026) The pressure to have an interesting personality. Milk and Cookies (Substack)

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