Una crítica más a la homogeneización cultural. Escrita desde la hipocresía de quien se infiltra en el enemigo cada verano, alimentando al gigante y a sus titanes
Las entrañas del gigante
Acogida por la obra del célebre arquitecto canario, Fernando Higueras, me encuentro sumida en un sueño profundo. El artista de orgullo regional, César Manrique, diseñó, junto con Higueras, las entrañas del gran gigante en el que me encuentro aprehendida. Rodeada de cuadros de Pepe Dámaso, Lucio Muñoz y el propio Manrique, me hallo en el vórtice de todo lo que detesto. Paseo por una naturaleza ilusoria, flora domesticada de la isla, que ha sido reducida a un adorno más de este vientre. A mi alrededor, piezas disgregadas de la cultura que el indomable gigante está devorando año tras año. Un gigante que no solo está asolando la naturaleza de la isla, sino que a su vez está desintegrando la cultura que usa como atavío para los miles de viajeros extranjeros que se cobijan en su vientre. Como la tierra de los lotófagos, las entrañas de este gigante le despojan a uno de todo deseo de regresar a casa. Nos acuna en su vientre meticulosamente decorado para asemejarse a esa tierra que está siendo cruelmente desmantelada.
Los titanes que sirven fielmente al gigante: la globalización
Esta tierra lotófaga es caldo de cultivo para la radicalización. Me recuerda a uno de los teatros más antiguos del centro de Reggio Calabria: el cine-teatro Politeama Siracusa, convertido en 2020 en un establecimiento más de Burger King. Si cabía en mí alguna duda de las terribles consecuencias de la globalización y el turismo masivo, desde luego, fueron extirpadas en el momento en el que entré en aquel desalentado teatro calabrés, que ahora forma parte de la gran red de tentáculos del enorme kraken americano: el Rey de las Hamburguesas. Un espacio destinado a la cultura y sociabilidad, construido en 1921 tras el terrible terremoto que sufrieron Reggio y Messina, decorado con relieves del escultor reggino Ezio Roscitano, por el que pasaron compañías teatrales, óperas y espectáculos musicales al igual que cine, ahora no es más que otra víctima de la infrenable homogeneización cultural.
Las costumbres: la cultura desterrada, los espacios que abandonamos
De la misma forma, según uno se adentra en las entrañas de este gigante en Lanzarote, la sangre comienza a hervir por dentro. Si sale fuera del vientre y pasea por las ciudades de Lanzarote, encuentra esos locales irreconocibles para los residentes de la isla. Bares que hace tiempo dejaron de ser bares, ahora son Beach Clubs. Pescaderías locales descuartizadas en tres tiendas de insignificantes souvenirs. Un recordatorio más de la parte de la cultura que ha sido desterrada. Desplazada a un segundo plano, olvidada, porque, al contrario que el venerado arte al que se le puede poner precio, las costumbres y lugares de encuentro no dan rentabilidad alguna. Hemos puesto el precio más alto al arte de Manrique, que ahora se usa para decorar el salón del hotel en el que me encuentro, y hemos sepultado por completo la parte más importante que constituye la cultura: sus gentes y su entorno natural.
El efecto lotus y la destrucción total del arte
Lo más perturbador de estas paradisíacas tierras lotófagas es la sigilosa forma en que narcotizan a sus huéspedes. La boca del gigante, sus bellos dientes, ostentosas piezas de arte regional, su seductora lengua, sirvientes con sonrisa por cara y rebosantes de palabras vacías. Su vientre, ideado al detalle, plagado de lechos y banquetes. Todo diseñado para crear un combinado perfecto (perdón, cocktail) de sosiego y de fraudulenta inmersión cultural. Uno no puede más que, satíricamente, comprender por qué se escriben tantas novelas de misterio y asesinato ambientadas en estos complejos turísticos. Es curioso ver cómo todos los huéspedes del gigante pasean por sus entrañas, minuciosamente decoradas, sin prestarle la más mínima atención a esas piezas de arte. El gigante ha alcanzado su objetivo: la destrucción total de la cultura canaria. Los asombrosos cuadros de Dámaso que se encuentran en las deshabitadas escaleras se han convertido en un adorno más. Triunfador, ha arrancado al arte de su esencia y ha logrado arrasar también con la cultura de salón.
La hipocresía del turista: ¿Dónde está mi café con leche?
Sorprendentemente, para los aletargados huéspedes, el sueño lotus no es imperecedero. Cuando llega la fecha, el gigante les eructa de vuelta a la realidad. Todos y cada uno de ellos vuelven a su, ahora lúgubre, cotidianidad. Pasearán por las calles de su mustia ciudad y se quejarán de que las cosas ya no son lo que eran. Se lamentarán de que ya no hay bares como los de antes o cafeterías donde el café especialidad es el café con leche, y donde lo más cercano a un frapuccino es un vaso de hielo al que debes vertir tú mismo, patosamente, el café. Mirarán a su alrededor y sentirán nostalgia al ver que el parque, donde estaba el banco en el que devoraban pipas de niños, ahora es una trampa turista más, que vende tapas que no saben a tapas. Esperarán pacientemente al verano, para irse de vacaciones a las tierras lotófagas y regresar al vientre del gigante. Año tras año. Y volverán a su ciudad, y quizá un día sean ellos los que tendrán que elegir entre desplazarse, huir de los tentáculos de los titanes o adaptarse a la nueva realidad.
Procedo a disfrutar del cappuccino con leche de avena y cacao en polvo que me han preparado a conciencia en el bar del hotel.

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