Política en la estética espectral del ciberespacio
“Internet parece un sueño distante” escribe un usuario en la red social Tumblr. Varios centenares de respuestas de otros perfiles después, se contesta a sí mismo y aclara: “Sea lo que sea esto que usamos ahora mismo, no es Internet. Son anuncios.” Aquí había un lugar, es lo que quiere decir. Había un lugar de búsqueda que desde la mirada romantizada de la curiosidad infantil hacía que el azul de la pantalla de inicio pareciera eterno. Aquí había un lugar, concreto pero no físico, cuyo aspecto ya no se reconoce, y que ahora parece que sólo puede echarse de menos.
Del diagnóstico implacable de los habitantes de un espacio que todavía no termina de entenderse, la máquina semi-viva, surge la pregunta: ¿qué aspecto tiene hoy Internet?
El espacio
El exponencial aumento del contenido producido online ha obligado incluso a los más escépticos a empezar a lidiar con la idea de que el mundo virtual, el conjunto infinito de plataformas y publicaciones al que llamamos Internet, no forma parte de la periferia de lo actual, sino que es uno de sus elementos centrales, cuando no su núcleo. Lo que sucede y se expresa en el ciberespacio no es fundamentalmente distinto de lo que sucede en la vida real, aunque obedezca otras normas. No es, como habitualmente se concibe, una realidad paralela a la física, discurriendo como dos líneas que de vez en cuando se cruzan, sino un tejido heterogéneo que funde ambas como hilos en una costura. El medio virtual se erige como un espacio que no solo produce la realidad virtual, sino que interpreta y categoriza la realidad física en un intento por comprenderla, haciéndose partícipe sin dejar de ser observador. Por tanto, las estéticas del medio virtual no son ni una colisión ni una unión con la realidad física, sino una forma de exorcizarla.
En su libro Estéticas liminales, la historiadora del arte y profesora Valentina Tanni busca explorar el aspecto y las sensibilidades artísticas de las comunidades digitales más influyentes, creando un verdadero inventario de los primeros estilos auténticamente nativos de la web. Los mundos virtuales que han ido naciendo al calor de una red en constante expansión comparten el anhelo por una alternativa de forma no muy distinta a otras vanguardias artísticas más tradicionales, pero con la notable diferencia de que su finalidad no es el cambio radical, sino la recreación sensorial de un espacio (pasado, futuro o soñado) que ya se ha perdido.
Tanni aborda el estudio de estéticas virtuales como el vaporwave, el fenómeno backroom o el dreamcore desde la visión de que éstos actúan como las herramientas para reponer, desde el espacio virtual, una experiencia sensorial derogada por la alteración de la propia virtualidad, un espacio que ha mutado.
Las plataformas se sitúan como la infraestructura dominante del espacio digital actual, y pese a su presentación como las “nuevas plazas públicas” (es decir, foros de libre interacción) producidas por los usuarios, se han constituido, cada vez de manera más evidente, como un intermediario dominado por un poder vertical. Este poder de disposición sobre los flujos de información organiza la atención para asignar importancia, estableciendo lo que se entiende como “real” y “objetivo”. La mutación del medio virtual es evidente, habiendo transicionado de una estructura nodal a una especie de conjunto de coágulos, un puñado de plataformas que concentran la inmensa mayoría del tráfico, facilitando no sólo la homogeneización del contenido y las interacciones, sino también la tarea de aparatos de vigilancia corporativos o estatales.
Determinadas por estas circunstancias nacen estéticas que buscan ilustrar el “estado mental” que Internet es capaz de producir, tratando de restituir una experiencia emotiva y sensorial cada vez más esquiva. En un acto de autodefensa, el usuario se repliega sobre sí mismo para conservarse en un entorno hostil, haciendo de su espacio una caja de donde resuenan melodías que ya ha olvidado.
El arte postinternet es un arte pensado (o que piensa) del mismo modo que pensamos cuando estamos online.
Valentina Tanni
Enmarañadas por sus similitudes, pero fácilmente distinguibles por sus preferencias pictóricas, las distintas líneas estéticas nacidas en el ciberespacio son el resultado del procesamiento del tiempo en torno a los encuentros somáticos con unas tecnologías en constante avance. La rareza del tiempo que se vive invita a recrear la familiaridad, pero nada en este medio sigue siendo familiar. De esta extrañeza nace la estética del weirdcore.
Un espacio al que volver
En su ensayo sobre la ficción de terror The weird and the eerie, Mark Fisher busca encontrar las características fundamentales de las obras más importantes de este género para agruparlas en sus categorías de “lo raro” y “lo fantasmal” (en el original, “the weird” y “the eerie”). Estas categorías se distinguen por la que quizá es la oposición más fundamental de todas: la presencia y la ausencia. En lo que Fisher denomina lo “raro”, la característica principal es la presencia, ya que la extrañeza proviene de un elemento que no pertenece al lugar o que lo desborda, siendo incontenible para su contexto. Por el contrario, lo “fantasmal” no es un elemento externo a nuestra concepción de la realidad, sino que es un constante fallo, ya sea de ausencia o de presencia: existe algo donde no debería existir nada, o bien no existe nada allí donde debería existir algo.
En el caso del weirdcore, ambos fallos se dan la mano.

Hecha de lugares y objetos vagamente representados, la estética weirdcore (junto a adyacentes como el dreamcore y el corecore) se caracteriza por la representación de espacios universalmente reconocibles como habitaciones o salones de viviendas, tiendas o centros comerciales, editadas de una manera inquietante y a menudo incorporando mensajes crípticos o inacabados en la propia imagen. La falta de personas, ese fallo de presencia que nos hace cuestionar qué clase de agente hay detrás de su inexistencia, convive con el fallo de ausencia que evoca una habitación que debería estar vacía, sin un mobiliario de otro tiempo y sin frases o voces flotando en el ambiente. Si el primer fallo lleva a cuestionar qué clase de entidad ha creado ese lugar, el segundo plantea si acaso esa entidad existe en absoluto.

Esta combinación de familiaridad, nostalgia e inquietud que evocan los lugares representados en el weirdcore no es otra cosa que un deslizamiento fuera de la realidad, la consagración de un espacio mental dedicado al acceso permanente a un pasado que no puede sino reflejar las ansiedades propias del presente. La reproducción constante de contenido en torno a líneas estéticas como la del weirdcore, las cuatro paredes amarillentas de una habitación inmanente que huye de los límites espaciotemporales, es el procesamiento artístico de las condiciones de gobierno del espacio digital.
El propio lugar, esa concreción de una realidad no física que alguien llamó un anuncio permanente, es gobernado de una forma determinada, obedeciendo regímenes de visibilidad que se atienen a algoritmos mayormente opacos. El encuentro entre usuarios en los espacios web, en las grandes plataformas, es un encuentro mediado por la disposición y operatividad de la propia plataforma, es decir, mediado por una serie de condiciones a las que los participantes no tienen acceso. Es más, el posicionamiento de la lógica del algoritmo como un actor universalmente racional e imparcial busca elevar su consideración a la de un gobernante absoluto y naturalmente dado, que no puede rendir cuentas ante sus gobernados.
Como un ciudadano fatigado por los desastres que le rodean, el habitante digital intenta crear un lugar de respiro: la habitación en el limbo temporal, el lugar “libre” de política que solo existe en respuesta a una política determinada.
En la habitación no hay puertas, sólo paredes, y el aire zumba en los oídos como el vuelo de un insecto. La sensación liminal, como de una inmovilidad primitiva, es el limbo entre el sueño y la vigilia, un espacio entre dos estados, un tiempo entre dos regímenes. Pese a que los halógenos del techo quemen los ojos, liminalidad no quiere decir límite: quiere decir umbral.
Hay que distinguir con toda claridad el umbral del límite. El umbral es una zona. El término “umbralar” implica transición, cambio y mareas, y la etimología no ha de pasar por alto estos significados
Walter Benjamin
El espacio es nuestro
Repetir para recordar: el umbral es una zona. El lugar liminal propio del weirdcore, con su siniestra evocación de un pasado semi fantástico, es una zona extrañamente reconfortante durante un tiempo breve. El usuario, que más que usuario es espectador, puede visitar el umbral en busca de alivio, pero nunca en busca de puertas, porque no es partícipe en su construcción, sino un consumidor del respiro que promete. Tratar de entender las estéticas derivadas del uso masivo de las plataformas mientras se concibe su diseño como un evento pre-político o ajeno a las relaciones producidas por la organización económico-social sólo denota una incapacidad para comprender la magnitud de los cambios que se han producido en las interacciones digitales.
Una investigación que aborde los mundos artísticos nacidos de la interacción virtual debe detenerse en los modos de existencia de las herramientas tecnológicas a su servicio, y esta clase de investigación no es otra que una que reflexiona sobre los procesos políticos inherentes a su diseño. Estos procesos, el producto de ciertas configuraciones, hacen que el ciberespacio sea lo que es actualmente, pero no agotan lo que puede ser. En este encuentro con la tecnología, que da a luz a espacios estáticos, no se cruza el umbral cuando se redecora, sino cuando se cuestiona la firmeza de sus paredes.
El riesgo de no poner sobre la mesa la problemática del diseño y su vertiente política es el surgimiento de una relación jerárquica con la tecnología, que quedará anclada a un orden cada vez más inaccesible para sus usuarios. La renovación del espacio, la exploración del umbral sin sucumbir a una melancolía pegajosa no requiere ni la fetichización de un pasado tecnológico ficticio ni el rechazo a la virtualidad, sino su reconfiguración hacia el pluralismo, la contestación y la agencia colectiva. La garantía de autogobierno no está, ni puede estar, vedada para ninguna esfera de interacción humana, y la Red es una de ellas.
Atravesar el umbral es proclamar el derecho a participar en sus cambios, concebir lo que puede ser sin quedarse en gestos performativos, en una estética reciclada y sintomática de una nueva decepción. Es asir colectivamente el futuro y nuestro lugar en él, como partícipes o como simples consumidores. Como decían en Trainspotting, en ese futuro andrógino que supuestamente nos espera, cuando no haya ni chicos ni chicas, solo una gran masa de idiotas.
En la habitación no hay puertas, sólo paredes. La única salida es a través de ellas.
Quizá ha llegado el día de colectivizar las plataformas.
Capitalismo de plataformas. Nick Srnicek

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