El último libro que leí no ha sido uno de los que más me ha gustado este año, sin embargo, en él apareció una frase a la que le estuve dando vueltas las cinco horas que me quedaban en un alsa de vuelta a Madrid: Todos deberíamos tener por espejo los ojos de quien nos ama1. Apareció así, de repente, sin previo aviso, sin unas lucecitas de colores o el ruido de una sirena para evitar la mayor de las desfachateces: ponerme a pensar sobre ella en (repito) un viaje largo e incómodo de autobús, a 40 grados y (por supuesto) con la mayor de las suertes de que ese día era un domingo por la tarde. Pleno total.
Un pensamiento se cruzó con otro, se escupieron, se dijeron cosas horribles que prefiero no recordar, se hicieron trastadas, se pusieron la zancadilla y, finalmente, acabaron los dos llorando, a lágrima viva. Un llanto como el que tiene un bebé de tres años al que se le ha caído de la cuna el peluche con el que duerme. Por supuesto, ese llanto trascendió a la materia, impregnándose en mis ojos, pero yo no fui capaz de encontrar mi peluche y no me quedó más remedio que escuchar a todos mis pensamientos, averiguar qué es lo que necesitaban de mí y recordar de nuevo esa frase que había provocado todo esto: Todos deberíamos tener por espejo los ojos de quien nos ama.
Cuando hablamos de la mirada del otro hacia nosotros, hablamos de la mirada que se realiza a través del amor, de la admiración, de la fascinación, del orgullo y del cuidado. Ese otro que no encuentra ningún calificativo negativo que nos describa porque para él somos justo todo lo contrario. Eres justo lo que necesitaba y lo que estaba buscando. Eres esa pieza que le faltaba a mi puzle. Estamos hechos el uno para el otro. You’re meant to be. Ese otro que, desde un inicio apenas nato, ya empieza a crearse una idea sobre cómo somos y sobre cómo dejamos de ser, cuáles son nuestras formas de actuar, cómo organizamos nuestros pensamientos en la cabeza, las cosas que nos gustan y las que no, cuáles son nuestros miedos. ¿Una mirada suya puede averiguarlos? ¿Y apaciguarlos? ¿Puedes, por favor, persona aún no conocida, apagar todos esos miedos, enterrarlos en el agujero más hondo, pisotearlos, prenderles fuego, asesinarlos y convencerles de que no vuelvan, por favor?
Ser visto y amado por alguien a quien amas de vuelta son, en primer lugar, sinónimos, y en segundo lugar, la mayor de las suertes. A veces no necesitas nada más que eso: perderte en la mirada de alguien que te ama. Verte en el reflejo de su pupila para así intentar comprender ese amor incondicional. Esa mirada llena de amor y admiración con la que no solo somos vistas, sino que también nos sentimos vivas. Nos sentimos existir gracias a la mirada de alguien que nos ama. Conozco el peso de mi materia porque otra materia me está mirando. Por encima de todas las personas que existen, ha decidido mirarme a mí. Ha decidido brindarme a mí la existencia plena. Todos me ven, pero nadie me mira2, solo tú. ¿Qué habré hecho yo, en esta vida o en otra, para merecer esto?
Con ese impulso-mirada por parte del otro, nos sentimos invencibles y somos capaces hasta de proponernos el más de los impensables propósitos. Hemos nacido para ser mejores personas únicamente por y para ese otro que nos mira porque es nuestro único cometido en la vida. Su mirada nos proporciona lo más valioso de nuestra vida: nuestra existencia. Sus ojos son nuestro espejo. Ese espejo que, como reflejo, no solo nos muestra lo valiosas que somos, también es un espejo que nos muestra todo eso que más odiamos de nosotras mismas, todos esos defectos y manías que evitamos mostrar. La mirada del otro también nos muestra todas esas cosas que nos angustian y por las que nos pasamos noches sin dormir, buscando consuelo, buscando no conocer todas esas cosas. El espejo-su mirada nos muestra todo aquello que odiamos a través de los ojos de quien más amamos, siendo el remedio peor que la enfermedad.
Entonces, ¿qué pasa cuando el otro deja de mirarnos? ¿Qué pasa cuando el otro deja de existir en nuestro espacio-tiempo? ¿Qué pasa si la mirada del otro no es lo que creemos que es? ¿Qué pasa si solo nos dejamos contaminar por su mirada? ¿Qué pasa si su mirada nos destruye? ¿Qué pasa si solo nos sentimos existir cuando el otro nos mira? Construimos nuestro ser a causa de la mirada ajena, le adjudicamos nuestra existencia a una persona aún no conocida, que es justo eso, una persona que solo conocemos a través de, valga la redundancia, nuestra mirada. Una persona que está contaminada por nuestros pensamientos y sentimientos y a la que no somos capaces de mirar más allá de nuestro ego. Una persona en la que buscamos formas de ser, estar y padecer. Una persona a la que le asignamos responsabilidades que ni ella misma conoce. Una persona a la que le regalamos nuestros más preciados secretos sin conocer si realmente quiere cuidar de ellos. Una persona que de un momento a otro puede desaparecer… ¡Pum! Un disparo justo en el corazón, una caída en el vacío, un mensaje inesperado, un bloqueo, un mensaje que nunca llega, el murmuro de las voces de nuestra cabeza… Toda nuestra y su presencia se viene abajo. El Sol se apaga, los volcanes se llenan de magma, los pájaros se deshacen de sus propias plumas, los árboles son ingeridos por sus propias raíces, las nubes se disuelven, la lluvia es ácida, el cielo se vuelve árido, el asfalto se quiebra, las flores se vuelven grises, los besos desaparecen, las caricias son como cuchillas, los amantes se derrumban, la humanidad se extingue. Nuestra mirada bilateral deja de existir. ¿Cómo es posible que pueda pasar todo esto si, la mirada del otro, es la mejor de las miradas?
Sentirnos únicamente validadas y queridas a través de la mirada del otro es cuanto menos, una paradoja: la mirada del otro nos da nuestra existencia y, al mismo tiempo, nos la quita. La mirada del otro nos da todo y no nos da nada. La mirada del otro nos limita, nos convierte en un objeto y nos proporciona una identidad de la que es imposible escapar. Entonces, ¿qué es lo correcto? ¿Ser mirado por alguien que nos ama y usar su mirada como espejo? ¿Opacar esa mirada? Lo que me lleva a preguntar…: ¿acaso existe alguien que nos ama? ¿Acaso la mirada existe?

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