Sin vergüenza

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La vergüenza es una emoción molesta. Es como un hormigueo que recorre el cuerpo, a veces en forma de calor, otras, a través de un sudor frío repentino que señala nuestra diferencia respecto a los demás. Nos recuerda que cada salida de tonto, cada palabra mal pronunciada o cada gesto malinterpretado nos aleja del estándar de la mayoría y, consecuentemente, genera rechazo. 

Tony Tulathimutte (1983, Estados Unidos) explora esta idea en Rechazo, su libro de relatos en torno a la idea del rechazo como estado ontológico que condena al individuo a la soledad, a la impotencia y, en algunos casos, a la ira. Sus historias cargadas de humor de internet millenial no son para todo el mundo. Barroca en referencias, su narrativa resulta incómoda por el comportamiento de sus protagonistas. Precisamente por eso merece la pena adentrarse entre sus páginas. Entre los temas que aborda está la vergüenza. Ninguno de sus personajes encaja en el molde social. Lejos de limitarse a señalar con el dedo lo errático de sus protagonistas, Tulathimutte hace un alegato político entre líneas en torno a la vergüenza. Para él, es una respuesta a la estandarización del comportamiento. En una entrevista para el blog Paseando a Miss Cultura, el escritor explicó: 

He pensado mucho en esto: la vergüenza va a destruirnos como especie. En la raíz de gran parte del fascismo de extrema derecha actual está el deseo de no sentir vergüenza. El deseo de no tener que abordar, por ejemplo, la complicidad en los errores históricos del pasado. Prefieren decir que no pasó o que fue bueno para aliviar su propia vergüenza. Esa producción de vergüenza suprimida es, para mí, la forma principal en la que mi libro toca la política contemporánea.

Si la vergüenza en sí no nos gusta, el fascismo la odia como razón de ser. En parte, por su concepción estética de la belleza. Susan Sontag da las claves de estas nociones en su texto Fascinating Fascism (1975):

Más importante aún, suele pensarse que el nacionalsocialismo representa únicamente la brutalidad y el terror. Pero eso no es cierto. El nacionalsocialismo —o, en un sentido más amplio, el fascismo— también representa un ideal, o más bien una serie de ideales, que siguen presentes hoy bajo otras banderas: el ideal de la vida como arte, el culto a la belleza, el fetichismo del valor, la disolución de la alienación en sentimientos extáticos de comunidad; el repudio del intelecto; la familia humana (bajo la tutela de los líderes).

El renacer de las trad wives, el I’m just a girl como justificación contra el mundo, las girl maths, la apuesta por el clean look y el clean make up o la ausencia de color en la decoración nos indican, mínimamente, que algo está cambiando. El investigador Jordi Magnet Colomer señala que el neofascismo aparece como una módica solución al mejor precio en un contexto muy concreto: crisis económica y la decepción con la socialdemocracia, la aparición de problemáticas sociales y estructurales cada vez más complejas que generan incertidumbre y la transformación de la cultura en industria cultural. 

La industria cultural promueve la adaptación a lo existente –el estándar deseable– por parte de los individuos, como ya advertía Adorno. Esta situación allana el terreno para la difusión de los ideales fascistas:  «Con el proceso de uniformización de la personalidad según los estándares niveladores de la cultura de masas se aniquila también la individualidad que debiera servir de contrapeso para oponerse a las demandas de unificación en base a criterios nacionales» (Magnet, 2021). En palabras de Sontag: “El gusto es contextual, y el contexto ha cambiado”.

Un mechón de pelo que no esté perfectamente calculado puede generar comentarios. Leer una novela que ya ha pasado de moda es anticuado. El body positive también ha pasado a una mejor vida. Tienes que mostrar interés, pero no mucho, porque no puedes correr el riesgo de parecer una desesperada. Con un par de likes en sus historias quizás sepa leer tus intenciones. Quizás no. Ábrete una app de citas, accede al mercado de cuerpos. Modula tu voz, grábate en vídeo, enseña tu vida al mundo, pero nunca muestres demasiado. No seas demasiado. No seas tan intensa. Bienvenida al mundo real, seguro que te encanta. Entonces asistimos a una política de la (no) vergüenza que se caracteriza por seguir un manual de instrucciones:

  1. Se establece una imagen de normalidad.
  2. Esa normalidad es bella, sana, limpia y deseable.
  3. Quien no encaja en ella es expuesto.
  4. Esa exposición produce vergüenza.
  5. La vergüenza lleva a la autocorreción.
  6. La comunidad refuerza la norma al señalar públicamente al diferente.

«La moda no solo abarca al cuerpo, sino que se apropia de él, lo moldea, lo simboliza y lo transforma en un estandarte viviente que se exhibe en los medios de comunicación, permitiendo que el individuo que lo observa participe ficticiamente del poder, ya que los medios hacen que el sujeto se conciba a sí mismo como una entidad con capacidad para tomar decisiones, aunque esas decisiones se basan en un conjunto limitado de opciones que le han sido proporcionadas de antemano» (Elizabeth Sánchez-Vázquez, 2025). ¿Dónde encasillamos a los personajes de Rechazo, si toman decisiones fuera del margen propuesto por «la norma»? ¿Podemos pensar fuera de ese marco? ¿Cómo rechazar el estándar como respuesta?

Si siento vergüenza, me comportaré de otro modo. Esta actitud nos remite a la teoría del autogobierno (o autovigilancia) de Michel Foucault. Lo cierto es que la vergüenza no ha recibido la misma atención que otras emociones desde las ciencias sociales hasta la llegada del giro afectivo. Al observarla con detenimiento, encontramos una paradoja. Por un lado, la vergüenza recuerda al individuo que es frágil y en ocasiones es difícil o imposible de nombrar. No es un estado rentable, nos desubica y nos desplaza de los demás. O cambias o estás fuera. Y, al mismo tiempo, actúan desvergonzados como si fueran casi omnipotentes: 

La derecha y su mentalidad rechazan la crítica, igualmente, a causa de la apertura y la afrenta que conlleva la incertidumbre del yo individual. El pensador de derechas prioriza un yo dominante y desvergonzado (Edgar M. Juárez-Salazar, 2025)

Trump bailotea en un mítin mientras bombardea Irán. Milei saca la motosierra. Ya no da vergüenza admitir ser racista en voz alta. La retórica de la ultraderecha le ha dado la vuelta al argumento. Ahora ser fascista es ser punk. El rap cambiará su tono. Las redes sociales volcarán otros mensajes. Pero el raro seguirá siendo el raro. 

Declaro la guerra al clean look y me acojo al paisaje de mis sombras de ojos. También al de mis ojeras. Entre tantos sinvergüenzas con micrófono y sin él, no quiero tener vergüenza y, por consiguiente, quiero sentir sus consecuencias. Si estoy cansada no tengo más que devolver el síntoma como si fuera un dardo afilado. Quiero que la palabra recupere su valor. Quiero que caiga por su propio peso y gravedad, y después de ella, caer yo, y no un despojo que sale airoso detrás de la promesa de una inteligencia artificial que me promete que habrá un mundo mejor. Quiero recuperar la disidencia y acogerme a esa periferia de la que uno no se puede alejar del todo. Quiero darte vergüenza como acto político. Quiero que hagas lo mismo. 

Bibliografía

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