Amigos de verano, novelas de verano, trabajos de verano, rollitos de verano, qué fácil es dejar que las cosas sean «de verano»…
Cierras el portátil. Un artículo y un correo se han quedado huérfanos: no les has puesto ni título. El café sobre la mesa. No tienes que esperar a que se enfríe porque lo tomas con hielo. Hace días que lo tomas con hielo. Miras por la ventana… Verano. Tiempo de ficcionar: ¿cuántos años me tiraré en esta oficina? ¿Y qué será de mamá? ¿Seguiré llevándome con el Chato? ¿Cuándo fue la última vez que pisé Peñíscola? ¿Y si no aplico al curso ese? Nah, si es que yo tendría que haber abierto un bar… Sí, ya estás con lo del bar otra vez… Oye, ¿y si este verano…? Ficcionas como un poseso, porque qué fácil es ficcionar en verano.
Entras de lleno en junio con nuevos proyectos y viejos amigos para, luego, en septiembre, salir con proyectos viejos y amigos nuevos. Sabes que el verano se acabará, tus relaciones se irán acortando poco a poco, como los días, pero saludas a esa cara desconocida con intenciones de formar algo duradero, compras el billete para ese lugar que nunca visitaste y lo llamas casa por unos días. «Me he dejao el bañador en casa», dices, para referirte a un apartamento en la playa. «Casa». Ay, si te escucharan los que tienes bajo tierra…
En agosto, pasarás por el mercadillo de algún pueblo y te comprarás la novelita «de verano», porque sabes que te acompañará estos días calurosos, y cuando llegue el otoño, quizá no te acuerdes ni del nombre del prota, ni del ticket arrugado de aquel chiringuito que usaste como marcapáginas, pero te da igual, porque no es una novela, es la novelita de verano, sí, del verano, igual que ese ligue de verano, tus amiguitos de verano, las canciones del verano… Tus excusas de verano. Especies de propósitos de año nuevo pero más cálidos y menos prometedores. Todos fechados, atrapados, bajo las cuatro cifras de algún año cualquiera: Lisboa 2007. Porque el verano que viene, piensas, y el verano ya se te ha ido. Y te gusta más el no-verano de mayo que el veranazo de agosto, porque, ilusionado, prefieres verlo llegar a ver cómo, nostálgico, se te está yendo.
Y aquí estoy yo hoy, chorreando letras, haciendo exactamente eso: ficcionar. De hecho, hay una obra que me encanta y que siempre se me viene a la mente cuando me invade la imaginación en esta estación: Las bicicletas son para el verano de Fernando Fernán Gómez. Porque aunque el verano es para más cosas, sobre todo, es para las bicicletas. En la bicicleta te subes, pedaleas, te caes para volverte a subir, descubres, la arreglas, la mimas, hasta le pones nombre, y luego, un día tonto, la dejas en el trastero después de haber sido tu compañera durante todo el estío, para el año que viene, si Dios quiere, desempolvarla. O quizá, otro día tonto, como sucede en la obra, estalla una guerra, y ya ningún verano vuelve a ser igual. Y lo peor no es que estalle la guerra, sino que para cuando llegue la «paz», las bicicletas ya no sean para el verano. Y entonces, continúo ficcionando como un poseso, en mitad de la oficina, y pienso: ¿cuál será mi último verano? ¿Qué guerra será la que me secuestre ese irrepetible verano y todos los que vendrán? ¿Cómo se vive un verano sin bicicleta…? Así, hasta que, de pronto, alguien abre la puerta de la oficina y me saluda:
—¡Hombre! ¡¿Cuánto tiempo?! ¡¿Qué tal todo?!
Me quedo examinándolo. Trato de reconocer la persona tras el rostro.
—¿Es que no te acuerdas de mí o qué? Íbamos juntos de pequeños a la escuela de verano.
Me quedo callado como un imbécil y, aunque mucho después pensé en todas las otras cosas que le podría haber respondido, de mi boca solo salió un estúpido:
—Lo siento, ando con la cabeza en un artículo que tengo que mandar y ahora mismo, si te soy sincero, pues no caigo…
Entonces, deprisa, mientras le dejo ahí colgando, le planto un título cualquiera al artículo para que deje de estar huérfano. Lo releo. No me gusta. Sé que ese tipo me sigue mirando. Por un instante se me viene el mundo encima, y pienso que quizá el problema no sea el título, sino todo lo demás, que tendría que haber escrito un ensayo, una noticia, algo académico, incluso dedicarme a averiguar quién era él, pero no, qué va, yo siempre liándola. Toca inventar. Lo que sea. ¡Que es verano, hombre! Así que vuelvo al teclado, borro el título y escribo: Las ficciones son para el verano.
Entonces, levanto la cabeza, le miro fijamente y le suelto:
—Oye, pues ahora viéndote otra vez… Tú eres del campamento de Peñíscola, ¿a que sí?

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