Es extraño echar de menos. Es desprevenido e incontrolable. Te sobreviene una fuerza externa en cualquier momento. Siempre echo de menos en medio de la rutina. No me llega un recuerdo, ni una sensación, más bien como un pensamiento tan claro y tan finito que duele como un pinchazo. Siempre he pensado en las personas que me gustan mientras estoy en el baño, que es mi espacio de pensamiento. En la ducha o mientras me lavo los dientes. Siempre pienso en ella justo cuando me estoy peinando.
Es extraño que desaparezca una amiga. Parecía que iba a estar ahí para siempre y de pronto un día no está, no porque haya pasado algo trágico, sino porque algo sin sentido se hizo más grande que la realidad. Pienso en ella cada vez que me peino, cada vez que me desmaquillo. Separo los discos de algodón en dos trozos porque ella me enseñó a hacerlo, para que durasen más. Me vistió con su ropa en tantas ocasiones que contaba con un pijama propio en su casa. Una camiseta ancha y un pantalón más ancho aún, que no pegaban entre sí, pero que me apropié desde la primera vez que me los dejó doblados en la esquina de su cama y su combinación de colores se convirtieron en una segunda casa.
Con ella me comporté como una hermana. Las hermanas son capaces de alcanzar niveles extremos de intimidad como compartir baño y lavarse los dientes escupiendo al mismo tiempo. Y también son capaces de olvidarse la una de la otra y de no decirse cuánto se quieren nunca aunque ambas lo sepan.
Pasamos por las fases de ‘amiga’, de ‘hermana’ y de ‘novia’. Nos odiamos en momentos. No sentí celos nunca y aprendí a tenerlos. Se metieron entre nosotras otras chicas y otros chicos. Metí mierda de mi amiga. Odié a mi amiga. He sabido que esto se acabaría y también quise que se acabara. Quise ser ella y ella quiso ser yo. Creamos tradiciones y las rompimos. Hicimos promesas y las obvié. Hicimos planes y los cancelé todos. Me inventé excusas por no estar nunca. No sé si fueron los novios, las otras amigas o la vida. No sé si fue el odio, los celos o no entendernos jamás.
Quedar para tomar cafés cada dos meses y odiar cada minuto de ellos. Desear irme siempre. No saber si ese odio estaba sentado con nosotras en la mesa, porque la veía empujar sutilmente la pata de la silla sobrante con su pie. Porque conozco todos sus movimientos, la forma en la que se sienta, como lía los cigarros, como se coloca para dormir y el sonido que hace cuando lo consigue. Sé cómo le cambia la cara cuando se emociona con algo y cómo tiembla cuando llora. Sé con qué palabras me habrá definido antes, ahora y después. Sé que nos hemos odiado tanto como nos hemos querido. Y quiero pensar que puedo querer aunque luego todo vaya a ser esto.
Pienso en ella cada vez que paso un peine por mi pelo o cuando me separo los rizos con los dedos. Creo que sigue en mi pelo, entre mechones que no consigo desenredar del todo. Y no me molesta. No tengo odio, solo una rutina atravesada por ella y una construcción inamovible de lo que fuimos.

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