¿Los influencers comen lentejas o un buen cocido alguna vez? Es una pregunta seria, de verdad lo he pensado. No me refiero a esos foodies que te recomiendan sitios para comer por Madrid, no. Me refiero a esos creadores de contenido fitness, que sientan cátedra sobre la salud y los hábitos que debemos llevar si queremos tener una vida alineada con nuestros valores. En serio, además de boniato y aguacate, ¿comen judías blancas?
Pareciera una pregunta banal, pero para mí esconde toda una reflexión sobre cómo nos relacionamos, ya no solo con la comida, sino con quiénes la compartimos –o decidimos dejar de compartir–.
Uno de los conceptos españoles que más llama la atención al extranjero y que, de hecho, no posee una traducción exacta o que albergue todo su significado, es la sobremesa. En España, el acto de comer, no es una mera ingesta, sino una reunión multitudinaria que puede extenderse horas y horas, en las que el disfrute de la comida se mezcla con una charla final sobre qué tal el día, las últimas noticias o anécdotas insignificantes que se hacen más grandes y más y más, cuando los comensales comentan sobre ellas. Es un instante que no se desea que finalice, que adquiere una especie de tinte religioso, que termina convirtiéndose en una suerte de ritual.
Pero, ¿qué tiene que ver la sobremesa con unas judías blancas? Pues muy buena pregunta. Quizá no tenga mucho que ver, en realidad, pero en mi cabeza sí tiene sentido. Digamos que voy a soltar un popurrí de ideas. Para mí, un buen plato de legumbres es típico en muchas tradiciones gastronómicas; en él, se saborean siglos de historia, de culto al campo, de costumbre y recuerdo de la tierra. Es un plato que posee miles de voces en cada cucharada, miles de días de trabajo y esfuerzo. Sin embargo, es un plato pesado, poco estético, con pocas cualidades buenas para ser instagrameable.
Por otro lado, ¿quién no ha invitado a gente a comer a su casa el día que ha hecho cocido? ¡Un domingo de cocido! Poner las legumbres en remojo el día anterior, cocinar toda la mañana durante horas para luego compartir con otros… Esto adquiere, como digo, esa religiosidad, esa ritualidad, que está muy presente en las culturas mediterráneas o latinoamericanas. Todo parece seguir un orden, unos pasos. Ese pararse, disfrutar de la comida regional, participar de una microcomunidad gastronómica y lúdica dominical. Es algo inserto y característico de nuestro saber-estar en el mundo. Es un prisma desde el que accedemos a la realidad.
Mientras, el influencer de turno se come su plato de macronutrientes y carbohidratos en la escasa hora que le queda en la mañana, después de haberse levantado a las 5am, y disfruta de él solo, grabándose en su cocina, mirando a una pared. Elimina así todo atisbo de ritualidad y tradición que el acto de la comida puede tener. Individualiza la alimentación y la convierte en una mera estrategia estética, en un mero acto fisiológico sin trascendencia.
Esta idea que me surgió a mi un martes cualquiera o un miércoles o cualquier tarde, ya se le había ocurrido también al filósofo Byung-Chul Han. No sé si él estaría pensando en unas lentejas –como lo hacía yo– pero observó la progresiva disipación de los rituales en nuestras sociedades actuales, entendiéndolos como acciones simbólicas que «transmiten y representan aquellos valores y órdenes que mantienen cohesionada una comunidad». De hecho, para él, quizá lo más importante de estos actos es su capacidad de «crear comunidad sin comunicación», a diferencia de lo que sucede hoy, donde existe comunicación, pero no existe una verdadera comunidad. Estamos continuamente exponiéndonos, mostrándonos, pero, pocas veces, llevamos un mensaje real.
En mi familia, las comidas siempre han sido sagradas. Hay que comer en casa –o al menos intentarlo–. Puedes estar todo el día fuera, que en la cena, hay que esmerarse en estar presente, en preguntar al otro, en mirarnos a los ojos mientras compartimos algo que todos disfrutamos. Un chico al que conocí me contaba que él hacía su propia compra y preparaba su comida por separado mientras vivía con sus padres. Ellos comían ese típico plato dominical mientras él comía pollo con arroz y verduras. No podía evitar imaginar, cuando los visualizaba a todos en la mesa, que él estaría replegado a una esquina con su plato individual, marginado, castigado, mientras el resto disfrutaba de su plato conjunto. Y me daba bastante pena.
Hay algo inteligible, hay un lazo transparente en quienes mojan la cuchara en la misma cazuela. Hay una cotidianidad, una sensación de confort, de abrigo. Chul Han continúa:
«(Los rituales) se pueden definir como técnicas simbólicas de instalación en un hogar. Transforman el “estar en el mundo” en un “estar en casa”. Hacen del mundo un lugar fiable. […] Hacen habitable el tiempo»
Todo parece adquirir un sentido cuando existen estandartes inviolables como esa cena a la que mis padres siempre me obligaban o ese chupito que no se perdona al final de una comida familiar. Ahora lo entiendo: las comidas ritualizadas estabilizan la vida y la hacen más duradera –simbólicamente hablando–.
El contenido fitness, mientras, ofrece otras alternativas: una vida ordenada, disciplinada, basada en el esfuerzo, la superación. Pero, en muchas ocasiones, por no decir todas, una vida muy solitaria e individualizada. Las lógicas neoliberales sitúan al sujeto como un proyecto en constante y eterna realización que siempre puede mejorar su optimización corporal, siempre puede trabajar un poco más, siempre puede ser otro más deseable. «Uno se explota voluntariamente creyendo que se está realizando. […] Es un centro de producción de eficiencia superior», dice Chul Han.
Por supuesto, con esto no quiero decir que cuidarse uno y su alimentación sea incorrecto o que no sea admirable establecerse unas metas y cumplirlas. Estoy hablando de una «radicalización» –por decirlo de alguna manera– de esos hábitos hasta centralizarlos como el motor de una existencia materialista y circular que solo se construye afirmándose, repetidamente, a sí misma.
Mucho contenido fitness grita «YO, YO, YO», mientras que, según Chul-Han:
«Quien se entrega a los rituales tiene que olvidarse de sí mismo. Los rituales generan una distancia hacia sí mismo, hacen que uno se trascienda a sí mismo. Vacían de psicología y de interioridad a sus actores».
En esos actos simbólicos el individuo queda disipado porque existe una idea más allá que lo supera. En el caso de la comida, la alimentación deja de ser una simple necesidad fisiológica para convertirse en un experiencia de deleite de los sentidos, de trascendencia del yo hacia el otro, de servicialidad y decoro; un espacio donde enlazar existencias. Un lugar donde, a veces, ni siquiera lo estético tiene cabida, porque es más importante el tiempo invertido, el sabor, la dedicación.
Por eso, es muy probable que tu influencer fitness de confianza nunca se coma unas lentejas. O, bueno, quizá sí lo haga, pero nunca lo subirá a sus stories ni a sus publicaciones. Y eso, confirmaría de alguna manera, lo que estamos comentando: hay toda una representación alrededor del yo, que sigue unos códigos concretos, donde la grasa del chorizo o el tocino del cocido no entran. Porque, si lo piensas, en realidad ese mundillo también cuenta con una religiosidad específica; pero, carente de significado simbólico. No hay mucho más allá que la propia materialización del cuerpo como proyecto o de la mente como proyecto también, pero siempre para trabajar hacia ese cuerpo perseguido.
No sé. Creo que todo esto tiene algo de sentido. Pienso mucho en la comida, en las risas de la sobremesa, en los cachitos de nosotros mismos que perdemos cuando seguimos trends de redes sociales y nos obsesionamos tanto con nuestro cuerpo y nuestra existencia en el mundo.
Ojalá hubiera más influencers que comieran lentejas…

Deja un comentario