Carlos Hidalgo
Ni las piedras hablan ni las flores se comen, por mucho postureo de brillibrilli a 300 euros por barba que nos vendan en los esquinajes de ese Madrid premium que va de Castellana a Lista. El banquete de peonías, rosas, margaritas, algún cerdo y más rosas que nos sirve Lucía Solla Sobral en Comerás flores se queda en un menú del día que queda resultón, pero olvidable. Ni siquiera empacha, a diferencia de lo que le ocurre a la protagonista (es vegana, cómo no), mejor así, como consiguen otros escritores de su generación que se autorreferencian y se disfrutan a sí mismos demasiado (léase David Uclés en La península de las casas vacías).
La tesis aquí es clara: una relación desigual y tóxica entre una chavala de 25 años y un empresario de 45 que “crea atmósferas” (eufemismo para decorador de eventos que utiliza el antagonista de esta novelita, un símbolo efectista del complejo de inferioridad que anida en todo maltratador). Un ‘tour de force’ entre una y otro en el que, y ahí hay un acierto, el lector puede esperar que culmine con una paliza o algo peor; pero que la autora sabe llevar con cierta sabiduría por los límites del maltrato psicológico, el chantaje emocional. El problema es que la relación/redacción del tema no avanza, se balancea en un maniqueísmo previsible y repite imágenes y escenas que trastabillan el resultado. Es como una pegajosa canción de La Oreja de Van Gogh: se le ven las costuras cuando te paras a analizar la letra.
Solla Sobral cumple 37 años y ha escrito una historia de adolescentes, con una prosa con ritmo ligero pero correcto, dándole codazos a ratos a las mínimas normas ortográficas de puntuación y algún deshilván en la gramática. Bueno, dirán que eso es estilo propio. Si lo dicen de Bad Bunny y millones de personas se lo tragan, no seré yo quien lo condene (aunque me encantaría). La gallega deja una primer trabajo sencillo, a veces solvente, aunque carente de profundidad, como de TFM del curso de escritura narrativa del que salió. Quien espere una novela generacional, del tipo Tan poca vida o Los escorpiones, que cambie de anaquel. Marina es una joven estudiada, con buen gusto musical (aquí el reguetón ni se asoma, punto a favor) y una red familiar sólida, aunque acaba de perder a su padre enfermo. Una figura, la paterna, que está presente en toda la obra, quizá demasiado, durante los casi tres años de espacio temporal en el que transcurre, desde el mes de agosto de 2017, ocho antes de su publicación. No es un Edipo en sentido estricto, pero es difícil soslayar que esa falta prematura de la figura paterna queda patente en la dependencia de la protagonista sobre Jaime, su novio-cancerbero.
¿Es una condena Comerás flores a las relaciones en las que se abre un abismo de edad entre ambas partes? ¿A la juventud femenina como síntoma de vulnerabilidad, frente a la experiencia masculina? ¿Es una historia con perspectiva feminista, como ahora tanto se lleva? No queda claro, aunque quizá lo intenta la autora. La pareja vive entre el idilio máximo y desequilibrado (buena casa de él, buen sueldo de él, buena ropa que le compra él, una hija de la misma edad de él), en el que ella, se sabe pronto, es la única que pone el alma. Y empiezan los celos (de él), el control (de él), los berrinches (de él), las broncas (de él) y las manipulaciones (sí, también de él). Los roles están demasiado definidos, yin y yan, eso lo saben hasta las amapolas antes de llegar a la página 50 de las 240 del relato, y ahí se queda, rotando en un eje que solo deja de parar cuando sabes que quedan 20 páginas, y es lo que va tocando ya.
Me preguntaron hace poco, antes de comenzarla, si la escritora, de algún modo, justifica el maltrato de manera inconsciente. Y lo cierto es que no lo hace de ninguna manera, sino que aquí la víctima no es el prototipo actual de chavala vacua, adicta al Temu y a Tiktok, con hambre de bótox, que repiten “bro” como el rosario de las siete, sueños de princesa encantada que descarrilan, y con Tití me preguntó con máxima referencia ‘cultural/artística’ de lo que llevamos de siglo. No. Marina es más flor de campus universitario, concierto en la sala el Sol y karaoke de la calle Huertas (o de sus trasuntos en Santiago de Compostela y Pontevedra, principales escenarios de la novela). Hasta te dan ganas de que Jaime se dé un tropezón tonto cuando va por la calle y se rompa la crisma, sí. Que acabe así todo, como un ajuste de cuentas poético. Ese es el gran mérito de Solla Sobral, sacar al lector medio de su zona de confort en el salón de su casa y meterlo en la trama como protagonista potencial, que a todos nos puede pasar esto.
¿Es mala Comerás las flores? No, en absoluto. El problema es que son flores que no huelen especialmente a nada y que vienen precedidas, cuando uno se acerca a ellas, por una campaña de publicidad y unas críticas de quienes se supone que de verdad entienden de esto, y que no se compadecen con el resultado. Es rehén de su propia fama.
Pasen y liben, por si acaso. Al fin y al cabo, la florifagia está de moda.

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