Una lectura de Ana no, de Agustín-Gómez Arcos
Es difícil dar con una novela que te agite las entrañas, te desenrede los recelos, te mire a los ojos y te diga “estoy aquí”. Es tremendamente difícil, pero Agustín Gómez-Arcos lo hace fácil. No es habitual encontrar un libro en el que la heroína sea una mujer de 75 años que emprende una aventura para morir y, de paso, encontrar su vida. O más bien, encontrar su identidad. Gómez-Arcos lo hizo. Era el escritor abanderado de los raros y de los márgenes, el andaluz errante que aterrizó en París y al que las letras españolas le deben una enorme disculpa.
Ana Paucha dejó de ser Paucha cuando la guerra le arrebató a su marido y a sus hijos. Se aferra a un pan de aceite que, a todas luces, es un bizcocho, y emprende el viaje al norte para regalárselo a su hijo Jesús, el pequeño, encerrado en una cárcel de por vida por ser comunista. Ana había sido muchas cosas antes de perderlo todo. Fue Ana cauta, Ana niña, Ana González, Ana desvergonzada. Luego llegaron otros adjetivos impuestos: pobre, vieja, analfabeta, sola, Ana roja. Ana, no.
Cuando ya no queda nada que perder, Ana decide viajar al norte, porque en el norte está su hijo y porque en el norte la espera la muerte. A Ana le robaron muchas cosas, como el sustantivo abuela. Y cuando Ana no aprende a leer y a escribir, ese no quedó un poquito soterrado bajo un olmo viejo al que le habían crecido, pese a todo, algunas hojitas verdes. A través de versos de Machado, conversaciones con su perra y locos circenses, florecía en Ana una identidad tardía.
Todo empieza con un pretexto. A partir de un personaje de leyenda, cuya historia y rumor se fue transmitiendo de boca en boca en Andalucía, Gómez-Arcos reconoce que él, como autor, ha sido casi un “accidente” para Ana: “No me considero su creador. Más bien ella me eligió a mí”. Algo parecido sentía Tabucchi con Pereira en Sostiene Pereira, quien sostuvo que el periodista se le presentó en sueños para que escribiera su historia. Desconozco si Ana se le presentó a Gómez-Arcos en París, pero su fantasma vertebra la novela y, como si fuera un oxímoron, la llena de vida.

Ana emprende un viaje que nunca la devolverá a su casa. Ítaca puede ser un pueblo andaluz que nunca tendrá un nombre, porque no se podrá regresar a él. Nuestro Odiseo es una Ana convencida: camina por las vías del tren hacia el norte “sin otro paisaje que el de su obstinada memoria”. Y a base de caminar, Ana construye un camino.
Podría tratarse de un Bildungsroman o novela de crecimiento retorcida, porque, ¿cómo crece una mujer anciana que sabe que se dirige hacia su muerte? Pero Ana sigue adelante, porque su hijo y su muerte la están esperando. Camina como una hormiguita, muy negra porque va enlutada, con sus alpargatas destrozadas, pero con un objetivo claro.
Gómez-Arcos es el autor de la memoria al que casi hemos olvidado. No ha ocurrido así en Francia, donde recibió la Medalla de las Artes y las Letras y sus novelas son lectura obligatoria en los liceos. Aquí quedó relegado a las pelusas de debajo de la alfombra que dejó la Transición. Escribió en francés porque en España le habían censurado sus obras de teatro. Fue amordazado en su lengua materna y, claro, tuvo que viajar al norte para poder hablar.
Nació un 15 de enero de 1933 en Enix, Almería. Homosexual y republicano, lo tenía crudo en una España franquista que dejó tras de sí una ristra de no-nombres y muertos. Por eso tenía una misión clara, como Ana no: la literatura sirve para hacer memoria. Quien pueda hacer, que haga. Gómez-Arcos, escribió. La memoria no trata únicamente de nombrar a los muertos anónimos de las fosas comunes, ni de señalar el lavado histórico que se hizo el loco ante los campos de concentración en España. La literatura sirve para denunciar el borrado de la existencia en un sentido literal.
Mateo, uno de los personajes secundarios de El Corazón Helado de Almudena Grandes, era un profesor de Filosofía que fue asesinado tras la Guerra Civil. No contentos con su muerte, el régimen decidió deshacerse de su partida de nacimiento. ¡Puf!, el muerto nunca existió. Mientras, Casilda, su mujer, camina como Ana todos los días. En su caso, al cementerio. Su marido no está allí enterrado, pero Casilda necesita un símbolo. Por eso todos los días se levanta y escribe el nombre de Mateo con una tiza sobre la tapia del camposanto. Y todos los días, algún guardia lo borra haciendo la vista gorda. Ella lo volverá a escribir una y otra vez.
Gómez-Arcos escribió una España que pudo haber sido, pero nunca fue. Hablaba de otra España. No de una posfranquista. Al mismo tiempo, recalaba en la tradición literaria de nuestro país. Podríamos identificar en su escritura todo un palimpsesto de referencias, que van desde las letras del Mester de Juglaría y Clerecía a las Vanguardias, pasando por el Siglo de Oro.
En la inmemorial tierra calcinada de la meseta manchega, donde Don Quijote y Sancho definieron para siempre la angustia del país, Ana Paucha va dibujando letra a letra, palabra a palabra, la imagen de su muerte. De su nacimiento, Agustín Gómez-Arcos
Y regresó en 1976. Pudo volver a la barca de Ana no, Anita la alegría del regreso, pero la vuelta de Gómez-Arcos no fue alegre porque se llevó un fiasco. “Yo ya tenía una edad, si no querían mi memoria, es que no me querían. Era tan simple como eso. Así que me sentí absolutamente excluido. Me sentí como un cadáver, estaba listo para que me enterraran. Iban a enterrarme”, contó en una entrevista. Tenía la esperanza de que, terminada la dictadura, sus textos verían la luz por fin en España. Para la Transición, todavía era un “poco pronto”. Le vieron venir y le recibió el silencio. Del silencio al olvido sólo hay un paso. Para quien llevaba esperando toda una vida, ya se hacía tarde.
Un año después, se publicó Ana no en Francia. No sería hasta 2023 cuando Cabaret Voltaire nos redescubriera su narrativa. El sello editorial está rescatando su extensa obra del olvido español.
Gómez-Arcos retrataba España como la veía: “Intento mostrar la España eterna: a mi juicio, el Quijote o la Celestina no son personajes del pasado sino del futuro”. Algo parecido ha ocurrido con Ana no, Ignacio, Antonio, María o El niño pan. Gómez-Arcos nos apela desde una rabia cariñosa. Nos habla de nosotros mismos desde una revolución que viene de vuelta: “Uno no se rebela por odio, sino por amor”.

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