Páginas de Espuma publica los Cuentos completos de Gógol en una edición de excepcional calidad
¿Cuál es el lugar de los precursores? Aquellos escritores que abrieron camino para el resto, que crearon una nueva literatura, pero no llegaron tan lejos como los siguientes, como aquellos que aprovecharon esa nueva senda y la recorrieron hasta el final. «Cada escritor crea a sus precursores» diría Borges al analizar cómo la obra de Kafka ha influido en autores anteriores. Gógol es uno de esos precursores de Kafka que ahora leemos con la mirada contaminada por lo kafkiano, tratando de descubrir en sus páginas afinidades, y notamos inevitablemente el tema de la burocracia y el funcionariado, la fusión del humor y la angustia existencial, la ironía y el absurdo, y entonces asentimos complacidos ante semejante reconocimiento. Pero hay ocasiones en las que la etiqueta de precursor supone una reducción injusta, como si dicho autor solo tuviese valor bajo la sombra del gran escritor al que profetizó. Cuando escuchamos que Gaddis con Los reconocimientos es el precursor del posmodernismo americano nos echamos a temblar, y pensamos cómo es posible que el mismo que abrió el camino lo recorriese hasta el final. Del mismo modo, para Gógol dicha etiqueta resulta también injusta. Gógol merece ser leído como un gran escritor. No por nada Nabokov lo consideraba el mayor artista que Rusia ha producido. Bernhard en Corrección resumió muy bien el triste destino de los precursores:
Llamamos la atención sobre algo nuevo y todos se precipitan sobre eso nuevo y lo explotan, aunque somos nosotros los que hemos llamado la atención sobre eso que es nuevo, pero de eso no se habla ya.
Por fortuna, Páginas de Espuma ha corregido esa afrenta que sufría Gógol de ser más mencionado que leído, y ahora el público español puede disfrutar de su corpus cuentístico en una inmejorable edición. El volumen se abre con los primeros relatos de Gógol que se conocen como los ciclos ucranianos. Ya en el primer relato vislumbramos a un narrador vigoroso que concluye su primera historia con el siguiente párrafo:
¿No es así como la alegría, esa invitada bonita y mudable, se aleja de nosotros y en vano un sonido solitario piensa en expresar alegría? En su propio eco siente ya la tristeza y el desierto y, huraño, le presta atención. ¿No es así como los amigos de la juventud impetuosa y libre se pierden de uno en uno, uno tras otro, por el mundo y dejan, al fin, solo a su antiguo hermano? ¡El abandonado pena! Y el corazón se le vuelve pesado y triste, y no hay forma de ayudarlo.
De dicho ciclo mis cuentos favoritos son Tarás Bulba y Los terratenientes del viejo mundo, título, por cierto, hermosísimo. Tarás Bulba es una especie de Ilíada cosaca, un poema épico en prosa donde se juntan el amor, la familia, la guerra y la muerte. Y nos encariñamos inevitablemente con esos rudos y valientes cosacos y con su modo de vida, y entendemos algo mejor ese párrafo de DeLillo en el que dice que la violencia hoy en día se ha desatado, que la violencia ahora es algo que no tiene medida y que no se basa en una escala de virtudes, mientras que antaño subyacía en la violencia el heroísmo.
Por el contrario, Los terratenientes del viejo mundo es una despedida de un modo de vida y de la Pequeña Rusia (Ucrania) a través de dos ancianos propietarios de una gran finca en donde regularmente acogen invitados, sin más placer que la generosidad y la hospitalidad para con ellos, hasta que un día la esposa muere y entonces su marido se sume en una tristeza infinita y el orden perfecto comienza a resquebrajarse para ser finalmente saqueado sin reparos a la muerte del viudo por el administrador, la ama de llaves, los criados y los herederos, que ya no se preocupan por mantener ese orden que produce abundancia para todos, sino que solo se dedican a rebañar las últimas migajas, a secar hasta la última gota de aquel manantial en el que una vez fluyó todo lo hermoso:
En el extraño orden de las cosas, siempre es algo insignificante lo que provoca grandes hechos, y viceversa, grandes cosas terminan teniendo consecuencias nimias. Algún conquistador hace acopio de todas las fuerzas de su Estado, se pasa varios años haciendo la guerra, sus generales se cubren de gloria y al cabo todo termina con la anexión de un trozo de tierra sobre la cual no hay ni suficiente espacio para plantar patatas; mientras, por otra parte, dos salchicheros de dos ciudades distintas empiezan a pelearse por nada, otras ciudades se ven involucradas en la pelea, y después todo el país les sigue.
Después de sus primeros ciclos ucranianos, donde predominan el folclore, el terror y la sátira, pasamos a sus relatos petersburgueses. En la Avenida Nevski se nos cuenta la historia de un pintor que se enamora de una joven a la que considera un ángel, pero al seguirla hasta su casa descubre con horror que se trata de una prostituta y su vida se trastoca pues solo puede escapar de la realidad soñando otra distinta en la que ella no es lo que es, hasta el punto de que solo es feliz soñando:
De hecho, nunca sentimos con tanta fuerza la compasión como cuando vemos la belleza alterada por el aliento corruptor del vicio. Si la fealdad hubiera hecho amistad con el vicio, no nos importaría tanto, pero la belleza, la tierna belleza… que en nuestros pensamientos asociamos con la inocencia y la pureza…
En La nariz se nos cuenta la extraordinaria historia de un vanidoso comandante cuya nariz aparece de pronto en el pan que desayuna su barbero. Es una sátira divertidísima sobre las vanidades de la burocracia y las apariencias. Nuestro comandante se despierta de pronto sin nariz y al acudir a la Iglesia ve que su nariz se encuentra rezando en un banco uniformada como un consejero de Estado mayor, y todo de lo que se preocupa nuestro comandante es de su apariencia, de qué dirán de él, y cómo va a cenar ahora en las mansiones de los altos círculos que frecuenta, cómo va a charlar con la esposa del consejero de Estado y ve ya su vida entera arruinada por ese hueco perfectamente liso y llano en donde su nariz debiera haber estado.
En El capote, seguimos las tristes desventuras de un gris oficinista cuya única tarea consiste en copiar lo que le dan. El invierno en Rusia es terrible, y llega un punto en que su raído capote no puede abrigarle ya lo suficiente. Se trata de una prenda lamentable de la que todos sus compañeros de oficina se burlan llamándola «la bata». Nuestro copista, sin embargo, no plantea comprar uno nuevo, sino que acude a un sastre para ver si puede salvar su capote mediante algún remiendo milagroso. El sastre se niega, alegando que nada puede hacerse y sintiendo que una cosa distinta a una negativa sería un insulto a su gremio y a su profesión. Nuestro protagonista se desespera, solo gana 400 rublos y ese dinero ya está comprometido con otros gastos. Finalmente consigue tras varios meses reunir el dinero suficiente y el sastre le elabora un capote de una calidad decente. Sus compañeros de oficina admiran su nueva prenda e incluso le invitan a una fiesta en un barrio lujoso para celebrar su nuevo capote. Con esto, Gógol satiriza la importancia social de las prendas y de la apariencia.
Finalmente, quiero destacar Diario de un loco, relato que ha supuesto para mí la más grata sorpresa al reconocer en su excéntrico narrador al antecedente del maravilloso Charles Kinbote de Pálido fuego. Nabokov parece haberse inspirado enormemente en este cuento de Gógol a la hora de escribir su obra maestra. Igual que Charles Kinbote se creía el rey de un país inventado llamado Zembla, el narrador de Diario de un loco cree en un determinado momento ser el rey de España.
Lo que distingue a Gógol de Tolstoi y de Dostoievski es que Gógol es un narrador puro, uno de esos escritores para quienes lo esencial está en la historia que cuentan y que dejan que esta hable por sí sola en lugar de hacerla hablar. Él mismo expresa esta convicción en uno de sus relatos:
Pero dejemos esta forma de razonar a un lado: aquí no tiene lugar posible. Además, no me gustan los razonamientos que se hacen porque sí.
En este sentido, podemos decir que Bulgákov es el continuador más fiel de Gógol en su uso de la sátira, el absurdo y lo fantástico. El humor y el horror coexisten en la obra de Gógol, como las dos caras de una misma moneda. Se dice que Kafka en las lecturas públicas de sus escritos no podía parar de reírse, que apenas podía concluir sus lecturas poseído por un brote incontenible de carcajadas, ante la mirada atónita de sus oyentes. Gógol quizás también se hubiese reído al leerlos, pues encontraría una derivación pérfida y oscura de su mismo humor, y bien sabía que la risa es a veces el único remedio, la única respuesta posible ante tanto absurdo ridículo que puebla este mundo burocrático. Es importante notar que la crítica satírica que hace Gógol de la burocracia es no solo anterior a Kafka, sino también anterior a Casa desolada de Dickens. Para concluir, transcribo una pequeña píldora que puede dar muestra del talento narrativo de Gógol:
Nunca creí posible que un hombre lograra crear un infierno como aquel para sí mismo, en el cual no habría sombra alguna, ni imagen, nada que se pareciera en absoluto a la más tenue esperanza…. intentaron vigilarlo; ocultaron todos los instrumentos que pudiera utilizar para tomar su propia vida. Dos semanas más tarde de pronto se recobró: empezó a reírse, a hacer bromas; se le dejó libre, y lo primero que hizo fue comprarse una pistola. Un día su familia se asustó muchísimo cuando escucharon un disparo. Corrieron a la habitación y lo vieron tirado en el suelo con un tiro en la cabeza. Ocurría que había un médico en la casa, del que se decían cosas milagrosas, que vio señales de vida en él, se dio cuenta de que la herida no era del todo mortal, y el hombre, para el asombro de todos, se recobró. Lo vigilaron mucho más de cerca después de aquello. Incluso a la mesa no le daban un cuchillo por miedo a que se lo clavara; pero al poco encontró una nueva ocasión y se tiró debajo de un carruaje que pasaba. Perdió el brazo y la pierna; pero de nuevo lo salvaron. Un año más tarde lo vi en una habitación abarrotada de gente; estaba sentado a la mesa de cartas diciendo «Petite ouverte», con una carta boca abajo, y detrás de él su joven esposa iba ordenando sus fichas.

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