«Escribir también es no hablar. Es callarse. Es aullar sin ruido»,
Marguerite Duras
Hola, me llamo Lucía y me encanta escribir. Sí, escribo bastante. ¡Me encanta escribir! ¿Lucía sigues escribiendo? Claro, yo nunca paro de hacerlo. ¿Quieres leer alguno de mis poemas? Me encanta escribir, me encanta la poesía.
Afirmo mi pasión, la afirmo con mi boca,
pronuncio todas sus letras, enuncio: yo escribo.
Pero miro mis notas, mis cuadernos y no hay nada. En los últimos meses, nada. En el último año, más bien poco. Y los días pasan, son un trasiego de días, y leo y pienso, y deseo ser otras cosas, pero no escribo. Me pega el sol en la cara, y luego la lluvia; compro flores y espero al bus y escucho una conversación que me hace sonreír, pero no escribo.
Soy una impostora.
En ocasiones parece sencillo mantener el ritmo de la vida y la escritura. Hay periodos en los que los actos parecen ir al compás de mis manos; en el que lo que me sucede/les sucede a otros, tiene la misma forma que el poema que escribiré de mí o de ellos. Pero, otras veces, se diluyen las sílabas entre mis dedos, desaparecen antes, incluso, de ser pensadas; desaparecen, en general. Y noto una rigidez en la espalda y una aversión a escribir, un odio momentáneo, un rechazo inevitable. Soy una impostora.
Apartarse de lo que uno cree que le define es mucho más difícil de lo que parece. Es como clavarse una daga a uno mismo, y otra por cada vez que los demás esperan de ti eso de lo que tanto hablaste. Si es verdad que escribes, ¿dónde están tus textos, tus poemas, tus pensamientos? ¿Dónde los guardas, dónde los escondes y por qué lo haces?
Pero, lo cierto es que a veces la vida es arrolladora, la vida llega y derrumba cada plan y sueño; tensa la vocación hasta hacer que la olvides. Empezar a trabajar, tener que escribir artículos, priorizar la obligación al deleite. Dejar de escribir poesía porque no encuentro momento de hacerlo –y tampoco lo busco–. Dejar de escribir y reflexionar porque tengo que escribir y reflexionar sobre otras cosas y quiero salir y vivir y viajar, porque hay que vivir para poder decir algo; pero ese instante, en realidad, nunca llega.
Dice Clarice Lispector en Un soplo de vida:
«Tengo miedo de escribir. Es tan peligroso. Quien lo ha intentado lo sabe. Peligro de hurgar en lo que está oculto, pues el mundo no está en la superficie, está oculto en sus raíces sumergidas en las profundidades del mar. Para escribir tengo que instalarme en el vacío. […] Las palabras que digo esconden otras».
Quizá eso es lo que me sucede: tengo miedo.
Miedo de decir demasiado, miedo de quedarme escueta;
miedo de querer decir algo y no hacerlo
pero cuando decimos,
ya hay algo que se entrevé en las grietas que sí/no pronunciamos.
Miedo de no ser suficiente, miedo de que el vacío me devore.
Miedo.
Estoy a oscuras.
Y me falta el idioma.
Me tiemblan las palabras, soy una no-escritora, una escritora del No; ni siquiera soy una escritora, soy una chica frágil-agotada y desconfío del lenguaje y de mí misma y de mi capacidad de poder pronunciarlo y llevarlo a cabo. Siento que nada es mío, que todo sucede en tercera persona, que no tengo nada de lo que hablar. Lo dice Rimbaud, Je est un autre.
«Se niegan a venir. […] Dan a entender que no las merezco. Y sufro adivinándolas. […] Mi pobreza entonces me atormenta. Mi ineptitud me paraliza y me angustia porque nada quise ni quiero más que saber tratar con ellas».
Santiago Kovadloff
Y aquí me hallo: escribiendo sobre la imposibilidad de seguir escribiendo. Sobre la imposibilidad de pronunciar un gerundio que indique algo asiduo. Ágrafa, torpe, inculta. Alguna vez dije algo sobre la belleza de los frutos, pero ya no recuerdo cómo seguía.
Sin embargo, hay algo brillante en la negación, en la abstinencia. Negar algo implica que existió y lo sigue haciendo, aunque sea de manera diversa. Enrique Vila-Matas señala, «escribir que no se puede escribir, también es escribir». Hacer posible la literatura a través de la falta, sospechar de los enunciados y de las propias capacidades del autor. Quizá sea una impostora, pero logro transitar el engaño.
Es el peso de los otros, también, lo que me aparta de mis formas. Pensar que ya lo hicieron antes que yo, que existieron ya esos horizontes, que todo es palimpsesto, tabla sobre tabla; que nada hago nuevo, que todo existe ya. La angustia de las influencias, Bloom. Todo lo que podía escribirse se ha escrito y, sin embargo, algo en mí se empeña en que no, en que todavía queda algo por decir, en que se pueden desordenar las palabras y crear nuevas oraciones, anagramas imposibles como los de Unica Zürn. Sensaciones fenoménicas que todavía buscan cómo mostrarse al mundo.
Escribir es necesidad de entender la vida,
necesidad de entender el pensamiento,
necesidad de postrarse en el vacío y aceptarlo,
necesidad de sangrar,
de probar la vida dos veces, en palabras de Anaïs Nin.
Y tener ese diablo dentro impulsa a dejarse derramar, a dejarse caer sobre una hoja de papel. Escribir es un acto ególatra pero lo seguimos haciendo, porque solo así podemos sobrevivir y no ser unos condenados. Luchar y siempre luchar del lado de las palabras y contra ellas; yuxtaponer, colapsar, clamar las influencias, copiar, gritar, correr.
Escribir la vida.
Escribir que no escribes.
Pero siempre
hacerlo.
Agotada,
ágrafa,
siempre hacerlo.
El No a veces es un SÍ distinto.
Más opaco, más cansado,
pero todavía afirmativo.
Ahora, cuando me pregunten si sigo escribiendo, quizá conteste que no, y seré así sincera conmigo misma. Bajaré la cabeza y negaré fuertemente porque es ahí donde me ratifico. Es el miedo de Clarice el motor de su escritura. Hablo de ese irrefrenable imperativo de creación de Bukowski. Debo reconocer que puedo mentir, que puedo inventar, que puedo decir que no, que puedo pronunciar el gerundio.
Debo reconocer,
reconocer(me) que,
aunque la vida arrolle,
la escritura siempre es muro de contención.
«Escribo como si fuera a salvar la vida de alguien. Probablemente la mía».
Clarice Lispector

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