Kombucha, fluidos y foros

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Un meme sobre las bondades de twitter en 2016. Un vídeo de un minuto y quince segundos sobre las bondades del pilates en 2026. Una lista de alimentos para proteger o fortalecer o disciplinar tu micro biota. Otro vídeo sobre moneditas virtuales y otras estafas para convencerte de que puedes tener el control sobre tu vida, tu cuerpo y a la larga, por supuesto, sobre la muerte. Filosofía barata, delirios tecnomísticos, incels, agujeros de gusano generados mediante una retahíla infinita de enlaces. Un día cualquiera en internet. 

El valle del silicio es ese día cualquiera en internet, un día muy largo en el que no sabes cuando es de día y cuando es noche, cuando el cuerpo se hace máquina o la máquina, órgano. Nyman confirma en su segunda novela la subversión de todos los límites de aquello que Remedios Zafra denominó como cuarto propio conectado. De esta manera, la máquina ya no es un artefacto emancipador sino prácticamente apocalíptico. Y es esa sensación de inminencia de que algo muy pero que muy malo va a suceder la que se cierne desde el comienzo sobre el texto.

Mediante un catálogo de subjetividades tardocapitalistas, Nyman configura una crónica retorcida y supurante de la soledad. Una protagonista sin nombre acaba atrapada en un chat infinito con un tal Samuel Pearce que preconiza el fin del cuerpo y la supremacía del cable. Un perro filósofo que habla y una señora adicta a todo producto bio, eco y overpriced completan este relato desquiciante en el que el mundo queda desmembrado en texto, código y enlaces.

Sin embargo, como viene haciendo Nyman en el resto de su literatura, todo está dotado de una extraña materialidad. Ojos que supuran, cuerpos que se constriñen, pegotes de comida resecos en la encimera. Todo fluye, pero no en su connotación cursi y buenrollera, sino que todo es fluido. Todo es pus, materia, órgano. El valle del silicio indaga en la paradoja de aquello intangible y a su vez físico; en esa conglomerado de cables, ventiladores y discos duros que destruyen el aire, los lagos y todo resquicio que permita una corporalidad y que, al mismo tiempo, se manifiesta como presencia abstracta, absorbente, intocable: internet, la red, la nube. Una neblina.

Al igual que en Tener la carne (2023) no hace falta que sucedan muchas cosas en la trama para sentirse continuamente sacudida. Es más, el hecho de que no suceda casi nada, de que prácticamente toda la acción suceda en el pensamiento es lo que genera inquietud. Y conmoción. Y extrañeza. Como en nuestras vidas, donde nada cambia. Pero nada para. Un runrún constante. Eso también es El valle del silicio. Un runrún que ante la hostilidad del mundo no imagina utopías, no plantea salidas emancipadoras y políticas para su protagonista. La utopía es la criogenización, la desaparición, desmaterializarse o la kombucha, el kéfir y la meditación grupal. 

Y, por tanto, Silicon Valley es la solución. El objetivo de la peregrinación de la protagonista. Ese lugar donde ponerse una camisa y encima una sudadera con la cremallera abierta es cool. Ese espacio donde converge disciplina, moneditas virtuales y smoothies detox. Esa utopía donde la innovación todo lo mueve, pero nada cambia. Como en el resto del mundo. El valle del silicio no es un canto a la esperanza, no es una ficción especulativa creadora de nuevos universos. Es nuestro universo. Supurante, solitario, antiinflamatorio y disciplinado.

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