Asfixia y tedio en ‘La grieta’, de Rodrigo Gervasi

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La primera compra que hice para mi futura casa fue un póster del Rastro que pienso colgar en mi futura cocina. Esa es la intención, aunque lo más probable es que no pueda hacer agujeros en la pared de mi futura cocina. Ni tampoco en el resto de las paredes de mi futura casa. Con toda probabilidad, llamaré casa al espacio que todavía no es hogar. Todo será reemplazable, salvo los muebles del casero, que seguirán ahí cuando yo no esté. Antes de mí, habitó alguien. Después de mí, otro ocupara un no lugar.

Rodrigo Gervasi no ha tenido pelos en la lengua al señalar la falta de espacio. Ni tampoco en sacudirnos los hombros para hablar del elefante que está en medio de la habitación, pero que nadie quiere mirar directamente. En su debut como novelista, ha publicado La grieta (Sexto Piso, 2026), donde habla de dos de los principales temas de nuestro tiempo: el problema de la vivienda y el de la soledad no deseada.

Es posible que hayamos enterrado bajo la alfombra la normalización de la precariedad en los jóvenes, como si se tratase de una huida hacia adelante. Por ello, novelas valientes como la de Gervasi sólo tienen sentido en este momento, con todos sus adjetivos y con todos los paseos cortos de Hugo, su protagonista, por su dormitorio. Hugo camina, camina y vuelve a caminar. Y mientras camina se esfuerza por admirar lo bonitas que son las molduras de la pared y en ignorar cuánto echa de menos a sus excompañeras de piso.

Vamos, Hugo da vueltas en su cuarto como un caminante aburrido que podría haber escrito Baudelaire, pero que en lugar de patearse la ciudad de arriba abajo, sin rumbo fijo, su tedio le obliga a memorizar los detalles de todos los muebles del piso. Cuando termina, se tumba en el suelo de su habitación. Respira tranquilo, porque Hugo estima que tardaría unas dos horas en recoger sus escasas pertenencias en caso de tener que marchase de forma inminente. Eso le ayuda a relajarse. Hugo lleva la casa a cuestas como los caracoles. Pero eso no es un hogar.

Gervasi nos obliga a mirar la vivienda de alquiler como lo que es. O más bien, en lo que se ha convertido: un sitio de paso. Un techo bajo el que dormir y poco más. Los rituales y las rutinas cambian cada vez que un compañero se marcha. Lo más común es no volver a coincidir. Si se ha marchado, ojalá que sea hacia un lugar mejor. En cualquier caso, la rutina se rompe y la casa se desordenará otra vez cuando uno nuevo aparezca por el quicio de la puerta. ¡Y cómo le saca a Hugo de quicio entrevistar a su futuro compañero como si se tratase de una entrevista de trabajo! Ya si eso. Ya si eso te llamaremos. Estamos en contacto.

Por eso, aunque Hugo sea el protagonista, el personaje principal de esta historia es el espacio. Entre las líneas de Gervasi se intuye que la vivienda de alquiler se ha convertido en un espacio liminal, en el que transcurre la vida, pero siempre de paso. Según Marc Augé en Los No lugares. Espacios del anonimato, estos espacios “son tanto las instalaciones necesarias para la circulación acelerada de personas y bienes como los medios de transporte mismos o los grandes centros comerciales, o también los campos de tránsito prolongado donde se estacionan los refugiados del planeta. Pues vivimos en una época, bajo este aspecto también, paradójica: en el momento mismo en que la unidad del espacio terrestre se vuelve pensable y en el que se refuerzan las grandes redes multinacionales, se amplifica el clamor de los particularismos” (Augé, 2000).

Hugo sabe que el piso es un lugar de tránsito. También su puesto de trabajo es un tránsito. Total, está ganando dinero, ya saldrá algo mejor, algún día encontrará algo de lo suyo. Y entre paseítos arriba y abajo, las visitas de su novio y el formalismo educado con sus compañeras y compañeros de piso, el propio Hugo se convierte en un ente que transita. Asistimos a la objetivación del individuo a través del espacio y la soledad que trae consigo: hoy Hugo está aquí, mañana…

En cuanto al tiempo, los ritmos rápidos se intercalan con escenas que transcurren tan lento que consiguen trasladar al lector la sensación de asfixia que experimenta el protagonista. En cambio, el final es rápido y abrupto.

Si hay días que se me hacen eternos, ¿por qué siento que se escurren de mis manos? Hoy tengo tiempo para pasear, cocinar, dibujar, leer, escribir. Tengo tiempo para perderlo. Pero no paseo, no cocino, no dibujo, no leo, no escribo y no pierdo el tiempo. Perder el tiempo requiere dejarlo escapar, renunciar a tratar de retenerlo. Mirarlo de frente y decirle: yo no te sigo

La grieta, Rodrigo Gervasi

Se intuye que La grieta es una novela de autoficción. Pero en este caso, la literatura del yo se corresponde también con un relato colectivo sobre un problema estructural que afecta a la construcción de los espacios, sí, pero también a cómo construimos nuestra identidad en torno a ellos. Mi vida cabe en una maleta y el piso de alquiler recuerda a un vagón del metro. Cuando me baje en la siguiente estación, será como si nunca hubiera estado aquí. “¿Qué más puedo hacer para embellecer esta tregua?”, se preguntó Hugo. Y Gervasi escribió un libro.

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