Reflexiones a partir de textos de Sylvia Plath, Angélica Liddell y Samanta Schweblin
La mujer se ha perfeccionado.
Su cuerpo
muerto luce la sonrisa de un acabamiento.
La ilusión de un anhelo griego
fluye por las volutas de su toga,
sus pies
descalzos parecen decir:
hasta aquí hemos llegado, se acabó.
Sylvia Plath
Cierro los ojos, cojo aire por la nariz y empiezo a imaginar. Imagino que soy ligera, que no es necesario que las plantas de mis pies rocen el suelo para caminar y que voy como las hojas, movida por el viento. Soy esa hoja verde de la primavera, comida por los gusanos y habitada por los gorriones. Esa hoja que les protege del viento que me balancea y que existe gracias a un árbol. Esa hoja que cae al suelo y es pisoteada, dañada, vieja, arrancada y muerta. Esa hoja que cambia de color porque la primavera deja de existir. Esa hoja que no nace a partir de un árbol.
Imagino que soy un árbol. Fuerte y duro. Frondoso. Con un tronco -cuerpo- descomunal que me lleva a lo más alto. Con un cuerpo alto que me permite ver -dentro de mi condición de árbol- qué ocurre en cada balcón y detrás de cada ventana. Con un cuerpo distinto a otros cuerpos. Un árbol con unas raíces llenas de vida que me permiten experimentar todas las sensaciones del mundo. Un árbol que a veces sueña con la posibilidad de tener otro tronco, otras raíces, otros balcones que observar, otros gorriones que cuidar y con otras hojas de las que alimentarme.
Vuelvo a abrir los ojos. Observo mis brazos que no son ramas y mis pies que no son raíces. Observo mi pelo movido por el viento que no son hojas. Observo mi torso que no es un tronco, pero sí un cuerpo. Soy un cuerpo de piel lisa, pelo oscuro y brazos no muy largos. Soy un cuerpo que se puede mover, pero no alcanza a ver qué ocurre en los balcones y detrás de cada ventana. Soy un cuerpo atrapado en otro cuerpo. Soy un cuerpo dañado al observar qué está pasando en otros cuerpos y recuerda un número: 2016.
Es el año 2016. Mi cuerpo es distinto. También tengo brazos que no son ramas y pies que no son raíces, pero no es el cuerpo que habito ahora. Hay algo distinto que aún no puedo identificar. Alcanzo mi iPhone 5c blanco y abro Tumblr: pelos de colores, banderas de Inglaterra, smileys, un filtro de orejas y hocico de perro; Retrica; gorros, camisas de cuadros y shorts; thigh gap. Peligro me gritan mis brazos, mis pies, el árbol y sus hojas que asoman por la ventana, los gorriones y los gusanos que descansan en la fronda, los balcones donde ocurren cosas que no alcanzo a ver. ¿Peligro por qué?
En 2016, como muchas otras, empecé a cursar bachillerato. Los 16 años es esa edad en la que no eres lo suficientemente mayor aún, pero estás en plena etapa de la adolescencia donde crees que sí lo eres y crees que empiezas a conocer todo lo que eso conlleva. Estás solo a dos años de la adultez, de que todo lo que digas podrá ser utilizado en tu contra. Estás solo a dos años de empezar la universidad. Estás solo a dos años de conocer a mucha gente y de experimentar muchas situaciones –o eso es lo que dicen–. Con 16 años puedes seguir justificando tus “malos actos” porque hay quienes te siguen considerando una niña muy muy pequeña y como estás en la edad del pavo todo se perdona. Menuda tropelía hablar así de todas las chicas que tienen y han tenido 16 años alguna vez, ¿verdad?
Precisamente por ser un momento vital en el que a todo lo experimentado le acompaña una intensidad llena de primeras veces, se empiezan a establecer en el cerebro nuevos sentimientos, pensamientos y percepciones. Cosas que antes no tenían ni la más mínima importancia, de repente ocupan la mayor parte del tiempo en nuestro día a día. Nuestra curiosidad sexual por el otro va en aumento. Conocemos por primera vez qué va después de un beso. Nos enfadamos con nuestras amigas por un chico. Observamos que la camiseta con el mensaje Lady Madrid en rosa fosforito no nos queda igual que a nuestra compañera de pupitre. Peligro y thigh gap. Otra vez aparece ese conjunto de palabras y tú no paras de darle vueltas. Buscas en internet lo que significa: hueco entre los muslos. Pero no tienes ese hueco, no tienes thigh gap. ¿Te falta o te sobra algo? La compañera Lady Madrid sí lo tiene. No existe ningún otro hueco en tu cuerpo, en realidad. Solo el que se forma cuando abres la boca y tragas comida. Estamos demasiado llenas, es una de las primeras ideas que aparecen en tu cerebro. ¡Bzzzzzt! Se enciende la primera bombilla. Nacen las primeras estrías –las pequeñas olas del mar como se decía en aquel entonces– y unas dobleces en la barriga. ¡Bzzzzzt! ¡Bzzzzzt! Segunda y tercera bombilla. Empezamos a conocer y a observar y nos obsesionamos. Y ahí empieza nuestra pesadilla.
Realmente la pesadilla empieza mucho antes, cuando tienes 10 años y conoces a una amiga que te descubre el adjetivo gorda con el único significado que parece tener ese calificativo: un significado negativo. Desagradable. Repugnante. Incómodo. Vomitivo. Estoy gorda, repite como un loro, mientras se le clavan las clavículas, sus brazos caben en tu mano cerrada y tiene un hueco entre las piernas, ese al que ahora le pones nombre. Se coge la piel del vientre y la estruja mientras te dice “¿ves?” y entonces empiezas a ver lo que ella ve. Tiene piel, huesos y músculos -un cuerpo- y por eso mismo, está gorda, pero te descubre un truco para dejar de estarlo. Un atajo para el que solo necesitas tu mano derecha, tener una garganta, unas rodillas y un recipiente donde dejarlo todo. Un recipiente donde dejar todos esos adjetivos que parece que te hacen daño. Un recipiente donde dejar todos esos pensamientos que empiezan a nacer en tu cabeza. Un recipiente donde depositar lo que no te gusta. Un recipiente para ser otra. Un recipiente donde maltratar a tu piel, tus huesos y músculos -tu cuerpo-. Un recipiente donde vaciarte. Un recipiente como medio para conseguir un hueco. Porque estar gorda es lo peor que le puede pasar a una niña de 10 o de 25 años. A ti eso te parece una salvajada y, en tu corta vida, no crees que sea algo bueno, ni siquiera una solución. Pensar en la acción de ese proceso ya te parece algo desagradable, pero ¡bzzzzzt!, se te enciende la cuarta bombilla. No sabes cómo empezar y tu amiga no te lo ha explicado. Meses después tu bisabuelo se atraganta y tu abuela usa sus dedos para provocarle esa acción desagradable. Negativa. Repugnante. Incómoda. Vomitiva. En qué momento.
Vuelves a 2016, miras con una sonrisa a tu compañera Lady Madrid y piensas ¿qué culpa tiene una chica de 10 o de 16 años? Solo espero que ella no conozca el atajo y miras al resto de chicas de 16 años que están aprendiendo el verbo aimer contigo. Tus ojos las atraviesan y en sus cuerpos ves todas esas palabras que parecían que solo tenían un significado negativo, repugnante, incómodo o vomitivo. Ves a todos esos sustantivos y a todos esos adjetivos danzando por los cuerpos de tus compañeras y abrazándolas con mucho amor, como si solo se tratase de eso. Ves a las estrías, la celulitis, las espinillas, la grasa, el vello corporal, las cicatrices, las manchas en la piel y a la flacidez celebrando todas juntas que justo en ese momento existen, sin saber qué será de ellas mañana, ni cómo será su forma. Sin saber que son discriminadas por el simple hecho de existir. Bailan y cantan sin conocer que son repudiadas porque creen que en ellas no hay nada malo. Que solo están ahí porque pertenecen a la vida. Y nada más. Vuelves a 2016 donde agradeces tener amigas que solo usan sus dedos para acariciarte el pelo, escribirte una carta o sacarte a bailar. Se te vuelve a olvidar el significado de thigh gap, como si nunca hubieses conocido esas palabras. Solo quieres bailar con todos esos adjetivos y sustantivos a los que repudiabas hace apenas unos minutos. Y con todas las chicas que tienen 16 años.
Ahora estás en el año 2026. Tu cuerpo vuelve a ser distinto. Siguen sin crecerte raíces y ramas en las extremidades. Tu pensamiento es otro, pero vuelves a creer que ya lo has vivido todo. Es difícil definir qué momento vital estás habitando. Alcanzas tu iPhone 11 (hay cosas que parece que nunca cambian) y esta vez abres Instagram, todo su contenido te permea: recetas saludables, alimentos bajos en grasa, cuenta calorías, el ozempic natural, clavículas, pómulos, brazos sin carne, huesos pegados a la piel, piel pegada a huesos. Abres TikTok buscando que el contenido sea diferente. El sistema te falla: aparece lo mismo.
Todas esas imágenes, de alguna forma, te gritan lo mismo que te susurraban hace 10 años otras imágenes muy parecidas: si estás más delgada, eres más guapa. Si comes menos, estás más delgada, y, volviendo al primer punto, eres más guapa. Dos palabras: delgada y guapa. Se encienden a la vez las cuatro bombillas que creías averiadas. Vuelves a pensar en todos esos sustantivos y adjetivos a los que se les brindaba un significado negativo, repugnante, incómodo o vomitivo. Sin embargo, estas son dos palabras que, per se, no tienen ningún significado negativo, repugnante, incómodo o vomitivo, pero la forma de usarlas sí lo tiene, como pasó con gorda. Ya lo dijo Angélica Liddell:
La palabra entra en el cuerpo provocando lesiones incompatibles con la vida, muertes espasmódicas y brillantes como la muerte de los peces. El cuerpo en escena es el lugar del pathos de la palabra, es decir, el lugar del sufrimiento. La palabra, incendiada por las aflicciones y su fracaso, en el cuerpo se transforma en agonía, en un tránsito hacia la muerte. El cuerpo en escena debe herir, el cuerpo debe repugnar, el cuerpo debe hacer daño.
Por otro lado, Sylvia Plath también fue víctima de la idea establecida de que nuestros cuerpos deben tener una forma concreta (pequeña) desde tiempos inmemorables. Podemos ver esa angustia reflejada en varios de sus poemas, entre los que destaca Poema para un cumpleaños con los siguientes versos: “si me empequeñezco, no podré hacer daño / si no me muevo, no volcaré nada. Eso dije: / sentada bajo la tapa de una olla, diminuta e inerte como un / grano de arroz“, y en este otro verso del mismo poema: “me dije: ‘debo recordar esto: ser pequeña’”. Porque solo así somos válidas: si somos pequeñas, si tenemos el peso de una pluma, si tenemos cuidado con lo que comemos y con cómo comemos. Si no nos movemos. Si no hablamos y no nos quejamos. Si usamos los dedos para algo más que para sacar a alguien a bailar. Si no ocupamos los espacios que nos han robado.
Ocupar espacios. Otra idea que nos aterra y que no sabemos muy bien cómo engullir y que escuchamos por primera vez con 16 años gracias a la palabra feminismo. Ocupar espacios para establecer nuestro lugar en el mundo, para ser escuchadas. Ocupar los espacios que otras no han podido. Ocupar espacios para que otras también puedan hacerlo y por las que no pueden. Ocupar espacios, sí, pero sin querer saber cuánto espacio ocupamos. Ocupar espacios sin saber cuánto pesa la densidad de nuestra materia. Entre otros motivos, porque a veces no sabes cómo ocupar ese espacio, no te han enseñado, y porque te da miedo recibir un número a cambio de ocupar un espacio. Reducirte solo a eso. “Estaba sentada en cuarenta centímetros cuadrados y eso era todo lo que ocupaba su cuerpo en el mundo” escribió Samanta Schweblin en uno de sus cuentos de Siete casas vacías. Cuarenta centímetros cuadrados. ¿Eso es mucho o poco? ¿Eso es suficiente? Eso es demasiado, ¿verdad? ¿Cuántos centímetros cuadrados ocupan todos los cuerpos que aparecen en el algoritmo de Instagram? ¿Cuántos deberían ocupar? Si ocupo cuarenta centímetros cuadrados, no me querrá nadie, ni seré válida, ni seré vista. Mejor ser pequeña, como dice Plath, mejor extirparme la carne para renunciar a la existencia, como expresa Rosario Villajos en La educación física.
Entonces vuelvo a cerrar los ojos. Me desligo del texto, de mis pensamientos y de todos esos cuerpos que veo en mi móvil. Cierro los ojos y sueño. Sueño que soy una hoja verde de la primavera, comida por los gusanos y habitada por los gorriones. Esa hoja que les protege del viento que me balancea y que existe gracias a un árbol.
Sueño que soy un árbol. Fuerte y duro. Frondoso. Con un tronco descomunal que me lleva a lo más alto. Con un cuerpo alto que me permite ver -dentro de mi condición de árbol- qué ocurre en cada balcón y detrás de cada ventana.
Sueño que soy todo menos un cuerpo.
Damas y caballeros:
estas son mis manos,
mis rodillas. Tal vez les parezca
un mero saco de piel y huesos,
pero yo sigo siendo yo, la misma de antes, idéntica.
Sylvia Plath
Bibliografía:
Liddell, A. (2014). El sacrificio como acto poético. Continta Me Tienes.
Plath, S. (2019). Soy vertical, pero preferiría ser horizontal (J. Abeleira Álvarez, Trad.). Random House.
Schweblin, S. (2015). Siete casas vacías. Páginas de Espuma.
Villajos, R. (2023). La educación física. Seix Barral.

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