Una vida cultivada entre paredes

Published by

on

Ilustración realizada por Sofía Santana

Sofía Santana

El efecto que las cosas materiales tienen sobre los humanos ha sido menospreciado en múltiples ocasiones. Diluido a un simple deseo materialista, sin aportaciones significativas a cómo vivimos. ¿Pero qué pasa cuando nuestra vida se cuela entre las grietas de los espacios que habitamos, concretamente, aquello que consideramos nuestro hogar?

Cuando Eugène Delacroix, pintor francés gran influyente del impresionismo, escribió en su diario: «Creo que el mayor atractivo de las cosas reside en el recuerdo que despiertan en el corazón o en la mente, pero sobre todo en el corazón», hablaba desde la nostalgia de visitar un lugar que marcó su juventud. Sin embargo, este razonamiento no es ajeno a la relación que se forja entre persona y hogar. De puertas para adentro, nuestra casa está ocupada de una forma casi sagrada; nos movemos por el espacio condicionados por rutinas establecidas a través de la repetición o la comodidad. Los muebles y objetos son evidencias de nuestros hábitos. Es por esto que un sofá ahuecado en una esquina predilecta es la huella perfecta de la costumbre de que alguien por alguna razón ha escogido muchas veces ocupar ese sitio, sea por la curiosidad de mirar una ventana cercana, de recibir el sol directamente o de reposar el brazo en una posición determinada.

La filósofa María Zambrano desarrolló diferentes ensayos sobre la experiencia del humano en la vivienda, entre ellos, La casa y su melodía, donde afirma que el hogar emite música propia: «Depende esta música en gran parte de sus moradores, de sus idas y venidas y del ritmo que en ellas tengan; del tono y del timbre de las voces humanas que en ella resuene y hasta del ladrido de los perros, del canto de los pájaros y del ronroneo del gato. Depende sobre todo del orden con que se vayan cumpliendo los actos de la vida cotidiana ante todo». Nuestra forma de habitar forja un orden, una partitura musical, y nosotros, músicos, vivimos y hacemos que nuestra casa conviva con nosotros.

No es coincidencia que la capacidad de transformar el lugar que habitamos haya sido también un tema recurrente en diversas disciplinas artísticas; un ejemplo musical es la canción Our House del grupo Crosby, Stills, Nash & Young. Escrita por Graham Nash y dedicada a la cantante Joni Mitchell, Our House nos permite observar, por un resquicio, la vida de la pareja en la casa que compartían en Laurel Canyon, Los Ángeles. El amor tiñe la casa por completo, de forma que cualquier acción cotidiana es cálida como el sol que entra por las ventanas descritas: «The windows are illuminated».

Bajo la premisa de que la casa no solo es un asentamiento, sino un escenario casi identitario, cuando el hogar se pierde, se lleva consigo fragmentos propios. Esta pérdida la podemos ver reflejada en el corto Casa pairal (2020), dirigido por Frederic Perers. Se trata de una obra que explora la intimidad de unas paredes vacías tras haber sido habitadas por cuatro generaciones. Son diez minutos en los que la voz de Pilar Monfort, madre del director, guía un recorrido estancia por estancia de la vivienda solariega del número 158 de la calle Balmes, Barcelona. Un piso que, marcado por las memorias de un linaje familiar, es visitado por última vez antes de entregar sus llaves. Pilar Monfort nació, creció y formó su familia en el piso de Balmes. El tiempo no ha borrado las marcas del cabecero de la cama matrimonial en las paredes desnudas que durante tanto tiempo fueron su habitación, testimonio de las noches incontables en las que la casa le sirvió de refugio. No hay muebles a la vista, ni personas; no obstante, las vivencias de quienes habitaron la casa dotan al espacio, precisamente, de eso: de vida.

Imagen de ‘Valor sentimental’

Otro caso cinematográfico donde la casa de los protagonistas es un personaje más de la historia sería la película Valor Sentimental (2025) de Joachim Trier. Ya desde un principio, la escena introductoria, al son de las melodías de Dancing Girl de Terry Callier, nos presenta el exterior del hogar por partes. Una casa amplia, con postigos rojos, rodeada por árboles que la abrazan y enredaderas que la visten. El monólogo que prosigue nos habla de un antiguo texto escrito por Nora, una de las protagonistas, quien desde una curiosidad infantil se preguntaba si su casa sentía el peso de ser habitada. A través del monólogo, la función que desempeña la casa se transforma. Ya no es algo inerte, sino que es partícipe en la historia y en la memoria de aquellos que la habitan. Suelos que sienten las pisadas de quienes viven en ella, el dolor de una copa de cristal rota o una ventana cerrada bruscamente por el viento.

El tema principal, la grieta intrafamiliar y sus consecuencias, también se ve reflejado en las paredes del hogar o en la ausencia de ruido tras la marcha del padre de Nora. La propia voz narrativa y los cambios de decoración en el interior nos hablan de un hogar que ha pasado de generación en generación durante más de un siglo: “Su tatarabuelo murió en la misma habitación donde nació su abuela y donde dormían sus padres”. Años y años resguardando vidas en su interior y conviviendo con las risas, los gritos y las lágrimas de sus habitantes.

Sin duda, los hogares nos absorben del mismo modo que nosotros quedamos absortos entre sus paredes. No sé si sentirán el peso de ser habitados, o cuál sería la partitura que daría forma a los sonidos de nuestro espacio. Pero tengo una única certeza: todo el mundo es digno de un hogar y de una vivienda digna, en la que habitar, establecer una rutina, caminar, dejar marcas, llorar, reír, ser.

Bibliografía

  • Delacroix, E. (1980). The journal of Eugène Delacroix. New York: Hacker Art Books.
  • Zambrano, María , 1907-1991. «La Casa Y Su melodía».
  • Aurora: Papeles Del Seminario María Zambrano, núm. 3, gener 2010, p. 143-4,

Deja un comentario