Que te abran las puertas del garaje como a Sabrina

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Héctor Magallón

Andaba cansado el otro día, miércoles, mitad de semana, y no sabía que ponerme antes de irme a la cama y enfrentarme de nuevo a las ocho horas de castigo divino y diario, azote de la humanidad desde que Eva, seguida por Adán, mordió la manzana. Elegí, por tanto, Sabrina (Wilder,1954). Ante la duda, siempre es preferible ver cine clásico, sobre todo si eres un idealista como yo, no sé lo que harán los prácticos. La película no me obnubiló, o no me obnubiló toda ella, puesto que los diferentes caminos que toman las pasiones románticas de Sabrina son duros de ver en 2026. Eso es lo peor del cine clásico, que a veces los usos y costumbres de la época, oséase el machismo, eclipsan el conjunto. Pero eso nunca pasa con las verdaderamente buenas. Sabrina no es buena, buena, y sin embargo su primera media hora es para levantarse del suelo y basta con esos treinta minutos para que uno se acueste añorando, con melancolía y entre exclamaciones: ¡Qué vuelva el cine clásico, por favor!

En ese inicio ultraterreno conocemos a Sabrina, hija del chófer de una familia rica. En la mansión o finca de esta familia, vive toda la cohorte de empleados que se dedican, entre otras cosas, a servir en las fiestas organizadas por sus señoritos. Es en uno de estos guateques cuando a Sabrina, condenada a mirar desde lejos al nepo baby del que está enamorada (interpretado por William Holden), se le viene el mundo abajo cuando lo ve irse con otra chica. La mirada de Audrey Hepburn/Sabrina, extinta en el cine actual, solo podría calificarse de sobrenatural. Después, arrebatada por el disgusto, se encierra en la cochera y arranca todos los coches. Entonces, el otro nepo baby, interpretado por mi adorado Humphrey Bogart y en esta película ya nepo senior, escucha el ruido y abre las puertas de la cochera, salvando a Sabrina de morir intoxicada por monóxido de carbono.

Evidentemente, si este inicio tuviera lugar en una película actual, la gente se reiría o desconectaría de la película; qué derroche de ingenuidad pensarían muchos. Actualmente, que una joven de veinte años que se ha mostrado razonablemente jovial durante quince minutos de metraje hiciera eso por un amor platónico, sería exagerado; pero viendo la mirada sobrenatural de Sabrina, a uno no se lo parece. En el cine clásico, muchas veces se actúa de manera superlativa y no molesta a nadie porque uno entra dentro de ese juego, y esa superlatividad, que todo lo envuelve, pasa a ser un reflejo o un símbolo, que representa mucho mejor la vida secreta y privada del espectador, lo que a veces siente y no le deja expresar la cotidianidad pero que en pantalla avanza sin cortapisas con toda normalidad. Para el cine clásico, la vida “real” es una parte muy pequeña de la vida.

Si hay algo en él superlativo e ingenuo son los diálogos. No así sus personajes que pueden ser igual o más crueles que en el cine actual (acuérdense de  Lee Marvin lanzando agua hirviendo a su novia en Los sobornados); la ingenuidad reside en que el espectador se crea esos diálogos teatrales, esos diálogos de nuevo más grandes que la vida. En ellos se dice lo que nunca se puede decir en el día a día, bien porque uno sería tan pesado y plomizo como una jornada laboral sin cigarrillo a medias, o bien porque en el momento en que necesitaría hablar así, no le salen las palabras. Y sin embargo, gracias a forzar el lenguaje, el cine clásico es plenamente consciente de los límites de este, y su grandeza también reside en lo que no se dice, en lo que se intuye que está pasando en la cabeza de sus protagonistas. ¿Qué fiebre tiene la protagonista de Sé a dónde voy, que prefiere arriesgar su vida para llegar a la isla donde se va a casar, en vez de retrasar su boda solo un par de días hasta que amaine la tormenta? ¿De qué se da cuenta Shirley MacLaine cuando, sin mediar palabra, sale corriendo del restaurante chino en Nochevieja?

Después de ese paréntesis necesario y maravilloso del Nuevo Hollywood de los 70 y 80, donde se muestra con inteligencia lo que en el cine clásico casi siempre se intuye (en el cine clásico se pueden intuir muchas cosas; yo a veces sueño que se conocen el James Stewart de Vértigo con la Isabelle Huppert de La pianista, pero ese es otro tema), el panorama actual es desolador. En una sociedad como la nuestra, cínica hasta decir basta donde el debate público cabe en un tweet y el mundo interior propio en un perfil de Instagram, el sentimiento es mostrado en el Hollywood actual a base de trazos de brocha gorda, de escenas aisladas y puntuales para darle un poco de sal al tema. La banda sonora crece sin previo aviso, exigiendo al espectador que se emocione, y luego vuelve a sus cabales para que sigamos a otra cosa, como si tal cosa, hasta sufrir el próximo sobresalto sentimental. Podría escribir otro artículo lleno de ejemplos pero creo que no hace falta, que ustedes están más que habituados a ello. Miren toda la filmografía de Nolan (tan simbólica de nuestro tiempo), los dos últimos blockbusters de Villeneuve, la pretendida trama familiar de Avatar 3, más psicopática que familiar… El principio de la reciente Backrooms, donde en 25 minutos iniciales de aúpa se nos explicitan todos los problemas y traumas de los personajes, para luego pasar al verdadero terror. En gran parte del cine comercial actual el sentimiento y el pensamiento son accesorios puntuales, que pretenden salpicar de profundidad lo que solo es vacío, ignorando que en la experiencia humana uno no puede escapar de sus circunstancias, sus querencias, deseos, sueños, alegrías y tristezas. Que se lo digan si no al sheriff asediado por pistoleros rivales interpretado por John Wayne en Río Bravo; más pendiente de encontrar un cigarro de buena mañana, más preocupado por intentar conquistar al personaje femenino interpretado por Angie Dickinson, más afectado por alejar a su ayudante (Dean Martin) del alcoholismo. Y aún con todo hace frente a la banda de pistoleros.

El cine clásico no volverá, pero aún hay cierta esperanza. Hay películas actuales que tienen su misma vocación, como todo Clint Eastwood y sobre todo el Clint Eastwood de Gran Torino. Los personajes muertos de amor y de justicia de El secreto de sus ojos. Y otras películas muy alejadas del cine clásico que tienen esos momentos superlativos. Por ejemplo, el personaje de Almas en pena de Inisherin, que se mutila por el dolor del abandono, y quiero pensar que, también por el dolor de que gran parte del cine comercial nos quiera tratar como a idiotas. Siempre podemos volver a ver todas esas películas y siempre habrá nuevas películas que quieran ir más allá, directores y también público que no se resignen. Porque, creo que somos unos cuantos los que no nos levantamos para ir a trabajar, sino por esas cosas que de vez en cuando hemos visto en pantalla y que pasan muy pocas veces en la vida: bailar enroscándose en las farolas aunque caiga un aguacero, que te pidan que te calles pero que sigas repartiendo las cartas, tener alguien al lado que te mire como Thelma mira a Louise o como Redford a Newman cuando casi todo ha terminado, o, que en un mal día, te abran las puertas del garaje como a Sabrina.

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