El hijo del hombre y La noche de Getsemaní, dos ensayos que a través de Jesús de Nazaret nos muestran de qué está hecha nuestra humanidad
Antes de narrar en hexámetros la historia del más importante sobreviviente de Troya y precursor del Imperio Romano, Virgilio profetizó el nacimiento de Jesucristo. Al menos así lo creyeron los cristianos primigenios, como Constantino I y Lactancio, y los medievales, como Agustín de Hipona y Dante Alighieri.
Las primeras obras de Virgilio fueron las Églogas, diez poemas sobre la vida en el campo y el comportamiento, ojalá virtuoso, de los pastores, una tradición que ya venía de los griegos y sus poemas Idilios. En la cuarta de estas églogas, el poeta latino replica la profecía de la Sibila de Cumas que habla del advenimiento de un niño divino y milagroso que crecerá para traer la paz y la justicia. Aproximadamente cuarenta años después nacería Jesús.
Nada fue más importante para los primeros seguidores de Cristo en el Imperio Romano —además de sobrevivir a la persecución, claro— que encontrar puentes entre la tradición pagana y la de esa nueva religión que surgía de los discípulos de un judío que había muerto en la cruz a manos de las autoridades religiosas del Segundo Templo de Jerusalén y del Imperio, no por nada las paredes de las catacumbas cristianas están grabadas con las escenas del mito de Orfeo: él y Jesús, dos hijos de dioses que con su voz guiaron al rebaño y bajaron al Inframundo para vencer a la muerte. ¿Qué mejor manera de ganar nuevos adeptos que enseñándoles que sus creencias y convicciones eran solo la antesala de la verdad, la Verdad, y quién mejor que Virgilio, el gran poeta latino y autor de la fundación mítica de Roma, para asegurar la transición y demostrar que Cristo siempre estuvo allí, escondido a propósito entre las columnas de los templos paganos, esperando el momento oportuno para reclamar el alma y el destino de los hombres?

Grabado encontrado en la Catacumba de los Santos Marcelino y Pedro, Roma, del siglo IV. Jesús, con lira en mano, como el buen pastor que imita a Orfeo.
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Tal vez los sentimientos más humanos son el miedo y la soledad. De pequeños, le pedimos a nuestros padres que no apaguen la luz del cuarto, no queremos ver lo que se esconde en la oscuridad; también les pedimos que no nos dejen solos, que no se vayan de nuestro cuarto hasta que nos quedemos dormidos, quién sabe qué monstruos se hacen presentes en la soledad.
En La noche de Getsemaní (Anagrama, 2024), Massimo Recalcati se detiene a mirar a Jesús y a encontrar los rasgos humanos y de quien al mismo tiempo es Dios y se está preparando para la traición, la humillación, la tortura y la muerte.

Editorial Anagrama. Massimo Recalcati es un ensayista y psicoanalista al que le interesa observar al ser humano a través de las obras de la Antigüedad. También en Anagrama ha publicado un ensayo sobre el hijo de Odiseo, El complejo de Telémaco.
Esa noche, Jesús experimenta con la mayor radicalidad lo que significa ser humano. En primer lugar, se enfrenta a lo que Recalcati, citando Jacques Lacan, denomina el origen de la angustia: la confrontación del sujeto con su propio deseo. Si tomamos como ciertas las palabras de las escrituras, Jesús es el hijo de Dios que viene a la tierra a morir para así redimir los pecados de los hombres. Y esto es un mandato del padre pero también la voluntad del hijo: Jesús quiere ser la última víctima sacrificial de una Ley en la que prima la muerte para así poder vencerla y fundar una nueva que esté fundamentada en el amor.
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Virgilio era un poeta y no un profeta, y lo más seguro es que no se refiriera a Jesús en la cuarta égloga. Muchas interpretaciones del poema se hicieron en la Antigüedad, y la mayoría intentaron descifrar quién era ese niño. Unos decían que podía ser Cayo Asinio Galo Salonino, noble e hijo de un mecenas de Virgilio; otros creían que era el bebé que esperaban Marco Antonio y Octavia la Menor, hermana de Augusto, y que significaba el fin de las tensiones y amenazas de guerra civil entre ambos miembros del Segundo Triunvirato. San Jerónimo, filólogo, traductor de la Biblia, Padre de la Iglesia y contemporáneo de San Agustín, califica como una charlatanería que un gentil como Virgilio fuera precursor del cristianismo o un profeta mesiánico, y que en vez de pruebas que demostraran el conocimiento del poeta de las Sagradas Escrituras, lo único que se podía encontrar era el intento de algunos cristianos de forzar los textos y la tradición pagana para adaptarlos a su causa
Pero aunque las profecías sibilinas no estuvieran ni cerca del mesías, la verdad es que sin Imperio Romano no existiría Jesús o el cristianismo, ni siquiera el más antiquísimo y primitivo de todos. De eso trata El hijo del hombre (Debate, 2026) de Juan Esteban Constaín, un ensayo de 500 páginas que va desde Alejandro Magno hasta Saulo de Tarso y que narra con la misma dosis de erudición y humor todas las triquiñuelas de la Historia que hicieron posible el nacimiento del cristianismo: la helenización de Oriente, la consolidación de la dinastía ptolemaica en Egipto, el surgimiento del Imperio Seléucida y la revuelta de los macabeos, la expulsión de los judíos de Babilonia y la construcción del Segundo Templo de Jerusalén, las guerras púnicas y el avance de Roma hacia el mediterráneo y luego al mundo entero, los conflictos entre los judíos helenizados de la diáspora y los del reino de Judea, la amenaza de todos los días de guerra civil en la república romana entre los optimates y populares, la llegada de los Herodes al trono de Judea, los amores de Julio César y después de Marco Antonio con Cleopatra, y la desaparición de cualquier rastro de democracia y la consolidación de Roma como un Imperio a manos de Augusto.

Penguin Random House. Juan Esteban Constaín es un historiador y novelista colombiano, ganador del premio Biblioteca de Narrativa Colombiana.
Con paciencia y precisión, Constaín enhebra todos estos hechos para tejer un mapa o una constelación que le muestra y explica a los lectores por qué cada uno de estos acontecimientos tuvo que suceder para que los seguidores de Cristo fundaran una iglesia y cómo la tradición cristiana fue una hábil esponja que absorbió, no solo las prácticas de la cultura judía, sino también de la griega y la romana. ¿Qué tanta diferencia hay entre los oráculos de los griegos y los profetas del Antiguo Testamento? ¿Por qué, hasta el día de hoy, la misa católica tiene la misma estructura que una tragedia de Eurípides, Sófocles o Esquilo: un hombre que se acerca a su destino fatal y un coro que le advierte y le responde? Esos son solo dos ejemplos de los que propone Constaín para establecer esa relación, a veces ignorada o hasta rechazada, entre el helenismo y el cristianismo. (Constaín menciona un discurso de Benedicto XVI en la Universidad de Ratisbona, Alemania, que además cayó muy mal entre algunos círculos de la Iglesia, en el que el antiguo Papa dice que el helenismo fue igual de importante que el judaísmo para el catolicismo).
Aun así, Constaín en su ensayo observa a Jesús como un personaje histórico o literario (uno de los epígrafes del libro es una cita de otro escritor y filósofo colombiano, Nicolás Gómez Dávila, que dice «Más que cristiano, quizá soy un pagano que cree en Cristo»), y no como el hombre que carga en su espalda el enorme peso de inmolarse para salvar a la humanidad. Para eso está el libro de Recalcati.
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Hay dos situaciones a la que toda persona teme: la traición y el abandono. En el monte de los olivos, Jesús debe enfrentarse a las traiciones de sus amigos. Hay una obvia, la de Judas, pero igual de importante, y tal vez más dolorosa, es la de Pedro. El hombre en quien Jesús más confiaba, a quien más amaba, lo negó tres veces por miedo a ser asociado a él (algo que, para Recalcati, es muy humano también).
Después está el abandono. Acompañado por sus discípulos, Jesús sube al jardín de Gestsemaní y les suplica a sus amigos que se queden despiertos y le hagan compañía mientras él ora. Cuando regresa a donde ellos, se da cuenta de que se han quedado dormidos: «Conque no habéis podido velar una hora conmigo» (Mt 26, 40).

Heinrich Hofmann. A partir de la oración en el huerto de Getsemaní, empieza lo que en la tradición cristiana se ha llamado La pasión de Cristo y que termina con su crucifixión en otro monte, el Gólgota, también conocido como El calvario.
Pero antes, mientras oraba, Jesús se enfrentó a un abandono aún mayor: el de su padre. Recalcati llama a esto las dos plegarias: en la primera, le suplica a Dios que lo libre del destino que se le aproxima; en la segunda, se entrega a su destino y acepta la voluntad de su padre. Aunque muy distintas, casi completamente contrarias, ambas tienen una misma consecuencia inmediata: el silencio del padre. Jesús, como cualquier hombre, invoca a su Dios, a su padre, y lo único que le llega es la nada.
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Podría parecer un capricho comparar los ensayos de Recalcati y Constaín, creer que la sola mención de Jesús es suficiente para ponerlos uno frente al otro, pero lo que me interesa es seguir el camino de hombres que se recorre hasta llegar a uno mismo. Muchos debieron existir y actuar de la forma y el momento en que lo hicieron para que se diera la llegada de Jesucristo en ese reino tributario del Imperio Romano, imperio que después sus seguidores se tomarían y con él el resto de Occidente, todo eso nos lo deja claro El hijo del hombre, y es La noche de Getsemaní la que nos muestra que ese hombre herido y desamparado hemos sido todos en algún momento de nuestra vida.
Esa madrugada del viernes antes de la Pascua, sudando sangre, sabiéndose traicionado por sus amigos y abandonado por su padre, vemos en Jesús la mayor humanidad posible y el despojo de cualquier divinidad. Y lo mismo nos pasará al resto de nosotros a la hora de nuestra muerte. Así entonces, el hombre más solo del mundo, que somos todos, seremos también una sola comunidad.
Constaín, J. E. (2026). El hijo del hombre. Debate.
Recalcati, M. (2024). La noche de Getsemaní. Anagrama.

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