El primer poemario de Tamia Olga se inspira en las ideas de estas filósofas, a las que habría que añadir Hannah Arendt y san Agustín
Piedra o misterio
que como la fruta se abre
y a la vez contiene
un carnívoro ser doble
alimentado de paisaje.
Unos ojos – Tamia Olga
El poema con el que empieza esta entrevista es uno de los más bellos, tanto por concisión y precisión como por belleza, del poemario Flor Una, escrito por la poeta cordobesa Tamia Olga (1998). La poeta cordobesa nos confiesa que su primera versión era mucho más larga, y que fue escrita en un arrebato una tarde en un bar, después de haber conocido «a un muchacho con los ojos muy bonitos».
Fue solo un instante, un fogonazo de belleza que arrebató su mano y activó el impulso de escritura. «Me interesaba la belleza porque muchas veces he sentido que tiraniza, que muchos de los problemas que hay en el amor (el libro viene dedicado «a los amores») son provocados por algún tipo de belleza», explica. «La belleza puede doler». ¿Qué buscaba en esos ojos del muchacho? Es difícil saberlo, incluso para ella misma, que asegura que cuando escribe lo hace «por intuiciones». «También por observación», matiza, «pero en la observación siempre hay intuición».
Así es como llegamos a Flor Una, un poemario que, a través de esas mismas intuiciones, propone un viaje desde el choque con la realidad (un choque en el que te das cuenta de que lo que ves no lo estás viendo, sino imaginando) hasta la desaparición de la propia mirada para empezar a ver de verdad. Esto tiene que ver también con la visión de la vida y la maternidad, de la potencialidad creadora del ser humano, que se desarrolla sobre todo en la tercera parte del libro. Con sus poemas, se nos invita a «abismarnos en la belleza», tal y como proponía la filósofa María Zambrano. Precisamente esta es una de las autoras que más ha influido en el libro de Tamia Olga, y así lo deja claro una de las citas que incluye en el libro:
La belleza hace el vacío, lo crea. Se abre como una flor que deja ver su cáliz, su centro iluminado que luego resulta ser el centro que comunica con el abismo. Y quien se asoma al cáliz de esta flor una, la sola flor, se arriesga a ser raptado
María Zambrano, Claros del bosque
Zambrano no es la única con protagonismo dentro de los versos de la poeta. También figuran otras pensadoras como Simone Weil o Hannah Arendt, además de San Agustín. «Todo surge de cuando estaba haciendo mi trabajo de final de máster de Filosofía. Se titulaba ‘La intimidad y el vacío en la era de lo lleno’, que empleaba conceptos de todos estos autores. «Para escribir poesía, necesito constantemente estar investigando y leyendo algo. Así que cada vez que leía y reflexionaba sobre ello, me acababa saliendo un poema», cuenta la poeta. «No quería que se viera que sabía algo o transmitir las ideas per se, sino expresar cómo estas impregnaban mi manera de existir. Yo estaba viendo a través de los ojos de ellas». Como en su poema, la mirada es ese «carnívoro ser doble» que mira y es mirado. Un abismo dentro de otro abismo.
«Simone Weil escribe que hay que aceptar el vacío, hay que asumirlo y no tratar de compensarlo. Traté de hacer eso mismo. Dije, vale, voy a intentar mirarlo a la cara y no evadir nada, que es lo que creo que hacemos todos. Intenté no compensar durante un tiempo; me venían ideas y emociones y a partir de ahí escribía. No necesariamente sobre el vacío, sino desde el vacío», explica Tamia Olga. Así llegaban poemas como el de Unos ojos. La poeta saltó al abismo y escribió desde ahí, no desde el fondo sino desde la caída. «Para mí es muy importante el trabajo que hay después», señala. «Para mí no es poema una vez que lo escribo, sino cuando lo corrijo y lo reviso, cuando le quito la emoción que tengo yo a nivel particular y trato de convertirlo en algo universal».

Puede que por eso, leer Flor Una recuerde a otras experiencias poéticas, como enfrentarse a la Wisława Szymborska más críptica o, mejor dicho, más abierta a lo que no se puede racionalizar con simples preguntas; o como al Pessoa que despensaba el mundo, convertido en laberinto interior de opuestas salidas para sus heterónimos Alberto Caeiro y Bernardo Soares. «Yo creo que la belleza de verdad se ve. A lo mejor estás viendo una flor en un prado y ves la flor en ese momento. Te fijas en esa flor: no te imaginas qué bonito sería el prado lleno de flores, sino que ves esa única flor que está en el prado».
De hecho, en ese instante casi ni existe uno mismo, y por eso («no sé si lo hice consciente o inconscientemente», advierte Tamia Olga) la palabra «yo» no aparece en todo el poemario. Algo poco habitual en los tiempos actuales de la lírica española. «Quería alejarme lo máximo posible de mí misma. Simone Weil habla de descreación, de que hay que descrearse y salir de uno mismo. No sé si es posible, pero lo intenté muy conscientemente, sabiendo que, si yo desaparecía, quería que quedara la intuición».
Los textos de la poeta cordobesa se erigen así como misterios por descubrir. Textos que se leen despacio, que se piensan y, sobre todo, se sienten, y que tal vez nunca (y eso es lo mejor de todo) se dejen descifrar del todo. «Quien espera en la poesía algo evidente quizás esté buscando otra cosa y no poesía», defiende ella. «No puedes leerte un poemario como si fuera una novela o un ensayo. No es que sea deliberadamente críptica, sino que creo que hay una sintaxis y un uso del lenguaje poético que se sale de las lógicas del lenguaje normal que utilizamos día a día. La poesía utiliza el lenguaje de maneras diferentes».

Cabe preguntarse si Flor Una es entonces un libro donde poesía y filosofía son lo mismo. Sin embargo, su autora acude a María Zambrano para encontrar una diferencia. «El filósofo es el que busca unidad, el que no soporta la contradicción, el que necesita aprender a morir, mientras que el poeta se le muere todo a cada instante. Por eso necesita vivir todo, todo el rato. No teme a la muerte porque sabe por qué la acepta. Y no necesita una unidad porque es capaz de entender la contradicción. El filósofo filosofa porque le falta algo y el poeta escribe porque le sobra algo, porque es abundante de alguna manera».
Así, ella escribe y ahora espera que, tal vez, alguien encuentre algo en sus poemas. «Aunque sea en un verso, que encuentre algo que le resuene y que le haga que se pare un momento. Me gustan los poemas en los que te detienes y te quedas horas y horas pensando en qué quiere decir. Si alguien hiciera eso con un poema mío, a mí me haría muy feliz».

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