Migración, identidad y turismo culpable con Ale Oseguera

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Ale Oseguera en su viaje, por Victor Hondartzape

Dugongo es una novela sobre dicotomías: el enfrentamiento entre aquí y allí, la impotencia y el placer, el arrepentimiento y el disfrute, el amor y el odio. Presenta esa distancia entre quiénes somos y quiénes deseamos ser de manera honesta, liviana y entretenida; entre paisajes mágicos y aduanas cansadas. Habla de cómo lidiar con una identidad que se nos desborda y se nos pega con incertidumbre, pero también goce. Con un texto que explora la auto-ficción ensayística, mensajes de Whatsapp y poemas, Ale Oseguera teje una experiencia sobre lo subterráneo, que, por muy lejos que nos vayamos, siempre permanecerá con nosotros.

Sobre el personaje de Lula, ¿dónde traza ella la línea entre ser migrante y ser turista? Esa dicotomía entre huir de la tierra explotada y luego llegar a un lugar como turista.

Ella no se separa de la identidad migrante cuando viaja y creo que es una de las partes que se explora durante todo el libro. No hay ningún momento en el que Lula pueda romper con eso. Además, no solo es un proceso interno, sino que externamente tampoco puede deshacerse del hecho de estar lejos de casa y tener a su familia en el otro lado. Es decir, todo el tiempo la están interrumpiendo por WhatsApp, tiene el proceso de la herencia del padre que falleció abierto…

Creo que es una línea que ella quisiera trazar un poco, desde el deseo de desconectar, pero no lo logra. Ella querría desconectar o tal vez reconectar con otra cosa pero está demasiado conectada en realidad; demasiado conectada al teléfono y a los problemas derivados de su precariedad. Porque, en el fondo, no sé puede desconectar de ser una persona que vive en un país de cierta manera y los problemas asociados a ello. No poder votar, no tener derecho a cierta participación que ella quizá quisiera, el hecho de ser migrante, estar en paro, la crisis económica. Y justamente esa parte como del turismo de desconexión, ese turismo superficial, es la que no puede hacer. Teóricamente, está de vacaciones y aún así, es incapaz de llevar a cabo esa desconexión. No hay una ruptura. Igual la desea, pero no está dada. 

En esta misma línea, ¿crees hay alguna manera ‘correcta’ de viajar con los problemas actuales asociados al turismo masivo? 

Fíjate que esa pregunta me la hacen mucho, porque creo que es como el santo grial ahora del turismo y del viaje; y porque el viaje turístico de placer se ha democratizado bastante. Ese grand tour mítico ahora está al alcance de mucha más gente y estamos viendo unas consecuencias bastante terribles, a nivel de ecológico, social, cultural, económico. Ojalá yo tuviera la respuesta porque sería ministra de turismo [risas].

No la tengo. Creo que un paso que sí que podemos dar es el ser conscientes de la huella que dejamos donde sea que vamos, y viajar con esa conciencia. Es decir, no hacer ese turismo de desconexión. Tal vez, hacer un turismo de conexión, conexión con la otra persona, conexión conmigo mismo, conexión con mi propia responsabilidad en el entorno.

Si fuéramos conscientes realmente; viendo la cara de ese problema que causamos al viajar, alquilar un Airbnb, comprar un souvenir, comer en según qué sitio, contribuir a la gentrificación; igual en esa conciencia y en esa incomodidad, podríamos dar un paso hacia resolver y encontrar una forma más ética de viajar. Pero mientras que nuestro primer objetivo al viajar sea el placer, ahí no es. Como sociedad y como humanidad no estamos para el placer ahora mismo, no deberíamos. Estamos como buscando el spa perpetuo cuando se nos está cayendo el mundo, ¿sabes? Todo el mundo quiere irse de vacaciones al spa.

Mientras que nuestro primer objetivo al viajar sea el placer, ahí no es. Como sociedad y como humanidad no estamos para el placer ahora mismo, no deberíamos; no mientras se nos está cayendo el mundo

Ale Oseguera

En esa incomodidad, quizás, la respuesta es dejar de viajar. Pero no hemos llegado a ella porque estamos buscando cómo hacerlo más responsablemente.

Respecto a la emigración, que también tiene mucho que ver con la identidad ¿cómo se gestiona no querer volver y que tu entorno lo vea como un abandono, como una traición? 

Pues no lo sé. Porque yo pienso que mi familia querría que yo volviera. Yo llevo 20 años fuera y sin ganas de volver. ¿Cómo se gestiona? Bueno, tendríamos que preguntarle a mi madre cómo lo lleva. Más, encima, la diferencia de horario, el precio de los billetes… Ahora porque podemos hablar prácticamente a diario, pero cuando yo vine tenías que ir a comprar una tarjeta o irte al locutorio. Ahora es más fácil. Las redes y la tecnología lo hacen más llevadero.

Sé lo que es estar fuera y haber decidido no volver y vivir con el conflicto quizá de sentirte a veces irresponsable. Y culpable, sí. De haberte perdido mil cosas. A mis sobrinos los veo de 3 en 3 años. Cuando nacen, luego tienen 3 años, luego tienen 6. Entonces, perderte las vidas de gente a la que querrías muchísimo más si la pudieras llegar a conocer. Eso es lo que yo sé cómo se vive. Al final ninguna red social va a sustituir el calor del contagio físico. 

¿Cómo crees que conforman los países de origen nuestras identidades? ¿Se están desdibujando esas identidades en el mundo globalizado?  

No sé si se están desdibujando las identidades nacionales con el auge de los ultranacionalismos. Creo que, al contrario, se están repintando y remarcando a veces con mucha inquina y con sangre. Con mucha violencia. Hay toda una pedagogía de la identidad nacional. Desde que somos niños —y esto pasa casi transversalmente en todo el mundo— nos enseñan a pertenecer.

Las identidades nacionales se están repintando y remarcando, a veces con mucha inquina y con sangre. Con mucha violencia. Hay toda una pedagogía de la identidad nacional. Desde que somos niños —y esto pasa casi transversalmente en todo el mundo— nos enseñan a pertenecer.

Ale Oseguera

Hay un deseo de pertenencia más allá de la familia, ¿no? Pero esto es una construcción social, no es una necesidad humana, biológica de nuestro cuerpo. Hay una parte que tiene que ver con la seguridad y sentirte menos vulnerable; ser parte de tu tribu, de tu gente y tal.

Pero la parte del símbolo patrio, la historia, el destino manifiesto, ¿no? Todas tienen como grandes mitos de las naciones sobre hacia dónde vamos, todos juntos. Son construcciones. Yo creo que España es un país que lo vive constantemente, el saber que se inventó todo para juntar gente que igual no tenía tanto en común.

Lo que pasa es que la pertenencia también apela a nuestra vulnerabilidad, con lo cual nos hace sentir más seguros. El hecho de saber que somos de un sitio o saber que podemos volver a algún sitio. Pero es una fantasía. Yo puedo volver a casa de mi madre, pero ¿qué me da México como tal? No sé, ¿hay leyes que me protegen como mexicana? Seguramente sí. Ahí está este doble juego. El sistema te está alimentando todo el tiempo esa idea de que hay algo muy grande que te arropa, que hay una bandera, que hay un himno, que eres parte de.

Es una generalización muy grande que requiere de muchísima pedagogía constante del símbolo patrio que luego, al final, sirve a intereses políticos. ¿Qué hacemos nosotros? Pues usarlos en beneficio de la reducción de nuestra sensación de fragilidad, que, hombre; ya que están, que sirvan para algo.

¿Cómo crees que influye la lengua materna a la hora de conectar?

Yo creo que la lengua, en nuestro caso al menos —no puedo hablar por todo el mundo, porque sería demasiado soberbio en mi parte—, con el español, el castellano; es que es la punta del iceberg de un montón de historia compartida, ¿no? Entonces, por más que haya sido historia que no es de armonía y hermandad siempre, ya no solo entre España y el resto de América Latina, hablando en términos coloniales; pero en términos de Perú y Chile, que tuvieron una gran guerra, o Colombia y Venezuela ¿sabes? Hemos peleado entre todo el mundo allá abajo también.

Entonces, a pesar de eso, hay una historia común que está como muy latente en el hecho de hablar una misma lengua. Y luego, claro, es la barrera más complicada de transitar que de repente se ve reducida. Es más fácil que yo me entienda contigo que no que me entienda eso con un británico, por más que estamos en el mismo sitio. 

Dugongo, de Ale Oseguera, publicado en Yegua de Troya

¿Cómo sigue el peso de la mirada europea determinando cómo el resto del mundo se conoce a sí mismo? Aplicado al libro, por ejemplo, en esa conexión entre Latinoamérica y el sudeste asiático.

Son los que han dividido al mundo. Y en el último siglo Estados Unidos, ¿no? Sobre todo, después de la Segunda Guerra Mundial. 

Entonces, claro, el que gana manda y el que gana impone, y el relato es de ellos. Seguimos siendo narrados por quien gana, y por mucho que haya gente que cree que está del lado vencedor; y hablo específicamente del caso latinoamericanos, que creen que están del lado vencedor, por ejemplo, apoyando a Trump, no lo están. El sur global sigue siendo el sur global. Ahí está la tarea, ¿no? Es muy complicado despojarse de todas estas capas de colonialismo intelectual y de colonialismo sensorial, de las gafas con las que hemos visto el mundo.

Es un proceso lento, de empezar a mirar de otra manera. Internet ha hecho mucho daño, pero también ha hecho mucho bien en conectar personas de culturas muy, muy, muy distintas directamente, ¿no? Creo que cada vez hay más contactos no atravesados, aunque también es verdad que el principal puente ha sido el inglés.  Entre japoneses y mexicanos, nos entendemos en inglés; yo cuando viajo, me entiendo en inglés… Entonces tenemos ahí una lengua colonizadora por medio, pero bueno, hemos roto alguna barrera. Creo que hay posibilidades de conocerse sin esa mediación.

Si vienes de un país que ha sido narrado y no ha sido autonarrado, o sea, que no ha tenido la posibilidad de autonarrarse, hay que tratar de preguntarse de dónde vienen nuestros propios prejucios y comprensiones. A un nivel como muy hegemónico, México, pues sí, ha tenido grandes textos de autonarración y autorepresentación, pero nunca como lo ha hecho Francia o como lo ha hecho Inglaterra y como lo ha hecho España, ¿no? Que tienen grandes letras dominándolo todo. 

¿Crees que estas voces están teniendo espacio para narrarse un poco más en la actualidad? 

Sí, es que espacio para narrarse siempre han tenido, lo que no han tenido son oídos u ojos, ¿sabes? Aún así, en reglas generales, yo creo que sí. El riesgo está en caer, o bien, dejarse invadir por el capitalismo y por la simplificación.

¿Qué hace el capital? Tú vas a las estanterías de literatura asiática y tienes diez novelas idénticas sobre una tetería japonesa, una biblioteca japonesa, una cafetería japonesa, en las que todas las protagonistas se parecen. Volvemos a repetir estereotipos sobre la mujer asiática sumisa, la mujer latina voluptuosa o caliente… En muchas ocasiones estamos autorreproduciendo nosotros el estereotipo con el que hemos sido narradas.

En la escritura y el consumo, volvemos a repetir los estereotipos hegemónicos. Tenemos una responsabilidad como consumidores, hace falta más lectura crítica y más poder de decisión incómodo

Ale Oseguera

Además, también yo al consumir, sigo leyendo la misma historia que me pudo haber contado un señor francés del siglo XVIII. Tenemos una responsabilidad, es decir, sí, el capitalismo se lo come todo, pero el que tiene el euro en la mano soy yo. Entonces, ¿en qué me voy a gastar ese euro? Hace falta más lectura crítica y más poder de decisión incómodo, de decir, ‘vale, tengo que asumir una la literatura me incomode’.

Ahora mismo hay también una tendencia a que todo sea lindo y cozy, y que no pase nada. Que no me destruyan la imagen que yo tengo de lo que es Japón, o de lo que es Latinoamérica. El mundo es muy difícil de categorizar, pero queremos seguir categorizándolo. Es la continuación de ese imaginario que todos tenemos en la cabeza.

El mundo es muy difícil de categorizar, pero queremos seguir categorizándolo

Ale Oseguera

Estamos construyéndonos todo el tiempo y tiene que ver con esa manera de imaginarnos a nosotras mismas, que hay que tratar de cambiar, adquiriendo nuevas formas de imaginarnos. Por eso es tan importante la representación de formas alternativas de existencia. En la cultura pop, históricamente, solo ha habido unos principales personajes femeninos, como si las mujeres pudiéramos ser solo una cosa. Toda la gama que tienen los hombres, no la tenemos nosotras, ¿por qué? Ahí está el hecho de ser responsable a la hora de escribir personajes femeninos, pero también, consumirlos.

Alguna obra o escritora que te haya inspirado últimamente, así desde lo más crítico, como hablábamos.

Me lo releí, Marciano, de Nona Fernández. Es conocido, estuvo nominada al premio AENA, y es lo máximo. Rompe mucho las formas de la novela y juega con relatos, periodismo, da igual. Rompe las reglas de la forma para ir al fondo. 

Me parece magistral cómo desde esta ficción, desde la ausencia de testimonio, desde el silencio en los relatos, o sea, de este no-texto, hace un texto y analiza cómo pensamos la realidad y pensamos la verdad y las verdades históricas desde una ausencia.

También es muy interesante su obra Chilean Electric.

Gracias por las recomendaciones. Ha sido un placer Ale, muchas gracias.

Encantadísima. 

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