Lo que comienza como un perfil geográfico hecho de las memorias adolescentes de los hermanos Goldstein en Buenos Aires, evoluciona a convertirse en una revolución de los cuerpos y los vínculos entre ellos, que se reúnen y separan con una desazón y una ternura humana pero dubitativa. La familia es un lugar arraigado del que se huye constantemente pero nunca se está lo suficientemente lejos. Julia Kornberg presenta su primera novela, con una escritura mágica y cruda, y una historia que demuestra una comprensión sincera —aunque agridulce— de la condición humana.
Los personajes, que han crecido aislados de la complejidad social de su ciudad natal, se rebelan contra ese orden en una búsqueda identitaria que, a casi todos, nos lleva toda la vida. Una huida que los arroja a una Europa sumergida en una realidad distópica de destrucción revolucionaria, crisis bélica y pobreza, que nunca volverá a ser lo que era. Frente a ese presente eviscerado, la vida sigue. Atomizado Berlín hace un retrato juguetón, divertido e importante de esa clase alta argentina para conducir al hecho más crucial: si el fin del mundo llega, nos llegará a todos.
Los episodios del libro que ocurren en el pasado transmiten nostalgia por un tiempo que tampoco es tan glorioso. ¿Buscabas generar esa sensación?
En realidad, no. Yo concebí el libro pensando en cómo creció nuestra generación a partir de la crisis de 2001, que en Argentina fue un momento muy importante, muy impactante, y que marcó mucho a la generación que vino justo antes de mí. Es decir, mis amigos que tienen 35 o 40 años tuvieron una juventud marcada por el 2001. Pero yo en esa época tenía cinco años. Algunos de mis amigos tuvieron problemas familiares y lo recuerdan mucho. Me interesaba volver un poco a esa idea de una generación que es parte de los escombros del 2001, pero que no lo vivió de manera tan directa.
Quizás el efecto nostálgico surge porque es la juventud inmediatamente anterior a la pandemia. Releyéndolo ahora, veo ahí también una juventud que existió justo antes de que todo se automatizara y se trasladara a internet. Yo escribí el libro en 2017, y ese momento era muy distinto al de ahora. Creo que la pandemia aceleró muchos procesos que ya estaban presentes en ese período entre 2001 y 2020, y quizás eso es lo que genera cierto efecto nostálgico. Tal vez algo de pensar en gente joven que tenía acceso a internet sin pasar todo el día encerrada en su casa frente a una computadora produce esa sensación.
«Cuando se ven despojados de tener que reproducir eternamente el mundo de sus padres, se tienen que armar sus propios caminos y la vida se vuelve mucho más áspera y mucho más interesante. También mucho más divertida, ¿no? Cuando la vida es tuya, es más amena»
Julia Kornberg
¿Por qué es tan importante y recurrente la culpa de clase en la novela, y cómo crees que moldea los vínculos?
Ellos se dan cuenta de manera progresiva de que son ricos y eso les empieza a generar culpa. Para mí la conciencia de clase es muy importante. De hecho, me interesaba porque en Argentina hay muchísima literatura sobre las clases bajas, que por supuesto tiene mucha importancia política. Grandes escritoras como Gabriela Cabezón Cámara hacen un buen e interesante retrato de las clases bajas, pero mi intención —creo que ahí me sale el compromiso marxista—, era burlarme un poco de las clases altas y satirizarlas.
Mientras escribía la novela leía mucho a Lukács, que en sus textos sobre Balzac habla de como este retrata tan bien a la burguesía parisina que al lector solo le queda afiliarse al Partido Comunista y tomar las armas, porque esa comprensión del mundo despertaría una conciencia de clase. Si bien sabemos que eso no va a pasar, me interesaba jugar con esa idea; burlarme un poco de las clases altas en Argentina, que además son muy graciosas y tienen a Europa y Estados Unidos en un pedestal de esplendor. Quería darle una clave al lector y transmitir que yo también creo que estos personajes son un poco ridículos.
Pero, al mismo tiempo, para humanizarlos. La sátira sola no me bastaba, sino que me interesaba darle una segunda vuelta de tuerca y hacerlos sentir un poco más complejos. Y creo que se pueden hacer las dos cosas, ¿no? Vincenzo Latronico tiene un libro que se llama Las Perfecciones, que va en esa línea, donde retrata muy bien al mundo millenial en Berlín, y uno dice «che, ¿pero estos son unos imbéciles o son unos pobres tipos?». Creo que ambas lecturas pueden ser ciertas. Algo parecido hace Lena Dunham en Girls.
La culpa de clase los humaniza, sobre todo. Y también los expulsaba, o los volvía, los obligaba a rechazar el mundo del que venían para en su lugar; tener una vida más precaria, pero más real.

Sobre la geografía de esa nostalgia, ¿cómo construye la novela un perfil de Buenos Aires o, en todo caso, esa ciudad de 2001 que ya no es?
Yo soy de una parte de Buenos Aires que es súper urbana, mientras que los Goldstein —la familia protagonista del libro—, son de otra Buenos Aires que es Nordelta. La ciudad en sí es muy vital, tiene zonas muy ricas y muy pobres, pero sobre todo tiene un encontronazo constante con la realidad que es inescapable. Yo crecí en un barrio de clase media; mis padres son psicoanalistas. Era un barrio lindo y relativamente protegido, pero aun así estabas siempre encontrándote con personajes muy propios de la ciudad. Creo que eso pasa en todas las grandes metrópolis. Ahora vivo en Nueva York y también ocurre. Podés estar en el Upper East Side y encontrarte situaciones completamente inesperadas. Yo de chica vi muchas cosas muy locas.
Nordelta, donde viven los hermanos Goldstein, es otra cosa. A partir de 2001, cuando la ciudad empieza realmente a desmadrarse, una parte de la clase alta comienza a instalarse en estos countries, comunidades ubicadas a una hora u hora y media de Buenos Aires. Allí se construye una especie de mundo aparte, que siempre me recordó mucho a los suburbios estadounidenses; casas perfectas, sin rejas, niños corriendo libres. Tienen todos los servicios pero no tienen una clase baja visible. Les falta esa tensión y esa aspereza que tienen las ciudades, algo que a mí me encanta y que evidentemente a otras personas no.
Los Goldstein crecen ahí y quería jugar con esa idea: una familia que vive en un lugar que se parece a la ciudad, pero del que han sido eliminados muchos de los elementos que la definen. Creo que eso termina volviendo locos a los personajes. Sobre todo son Nina y Jeremías los que sienten la necesidad de escapar.
A partir de esa necesidad de escapar ¿de qué manera impacta el cambio de escenario en el que los hermanos viajan a cuidades lejanas en esa búsqueda constante de identidad?
Creo que tenía que ver con despojarse de los privilegios de clase que tenían en su país de origen. El mundo que yo retrato en Berlín no es necesariamente mi mundo, pero sí es un mundo que tuve muy de cerca, y que observé incluso cuando me mudé a Nueva York. Hay algo de hidalguía, como de rechazar la vida que se te ha propuesto incluso cuando esa vida es una vida muy cómoda, que los obliga a reformular su identidad. Te decía que mis papás son analistas, eso pasa mucho en el psicoanálisis ¿no? Cuando uno finalmente se despoja de sus padres, se empieza a dar cuenta quién es uno mismo, y creo que Nina y Jeremías tenían mucho eso. Cuando se ven despojados de tener que reproducir eternamente el mundo de sus padres se tienen que armar sus propios caminos y la vida se vuelve mucho más áspera, mucho más difícil, y mucho más interesante. También mucho más divertida, ¿no? Cuando la vida es tuya, es más amena.
«Me interesaba explorar esa afiliación inquebrantable que te lleva a amar a alguien incluso cuando hace cosas tremendas»
Julia Kornberg
En cuanto a la relación entre hermanos, tanto en la obra como en general, ¿por qué crees que este vínculo resulta tan jugoso para explorar la condición humana?
Me interesa mucho esa relación. Yo tengo un hermano menor y siempre pensé en que tener un hermano menor está buenísimo porque hay otra persona que comparte la experiencia insana que es habernos criado con nuestros padres, porque nadie más en mi vida entiende lo que fue ser la hija de mi padre y mi madre. En última instancia, no fueron padres terribles, pero sí tenían toda una connotación de neurosis, y no sé, psicodramas familiares puntuales, que solamente mi hermano Félix —a quien está dedicado el libro—, conoce. Ese es un lazo que es medio inquebrantable. A pesar de que hay momentos de la vida donde uno se distancia más o se encuentra más con sus hermanos, siempre está presente como ese microclima, esa pequeña sociedad, que era estar en la casa bajo esas figuras de autoridad.
Creo que en Nina particularmente —el personaje más fuerte o presente en la narración—, eso es importante, porque ella tiene dos hermanos que son muy conflictivos por diferentes razones. Jeremías, el mayor, es quizá más afín a ella ideológica y estéticamente, pero tiene una relación complicada con las mujeres, y eso la perturba, aunque lo quiera profundamente.
Con Mateo ocurre algo distinto. Es muy diferente a ella ideológicamente y hace cosas muy fuertes en el libro. Sin embargo, ella lo sigue queriendo. Me interesaba explorar esa afiliación inquebrantable que te lleva a amar a alguien incluso cuando hace cosas tremendas. Quería indagar en ese lado oscuro del amor que uno puede sentir por los hermanos, y quizás también por los amigos, no sé.
Respecto a la figura de la madre ¿qué te interesaba explorar al convertirla en una fuente de conflicto?
Ellos están completamente solos, y me parece que en el caso de Nina eso ahonda su soledad. Una cosa es ser una de tres hermanas, y otra cosa es ser la única mujer debajo de ese ala maternal. A mí me interesaba que ellos tuvieran una cierta presencia de la madre, pero que fuera medio fantasmagórica, y que los casos en los que la madre estuviera funcionando fuese como algo que le generara tortura. Creo que Nina nunca aprende del todo cómo ser mujer justamente por eso, porque la mamá cuando está ahí es una madre que es muy tirana, y eso le cuesta muchísimo. No puede compartirlo con sus hermanos, porque ellos son varones. Sucede mucho eso en las sociedades occidentales, que las madres tienen cierta relación con los hijos varones que no tienen con las hijas mujeres, como que a ellos los vacunan y los protegen, y con las mujeres son muchas más rudas. Hay más benevolencia para el niño.
¿Qué opinas del panorama actual de la literatura en español, tanto en Latinoamérica como España?
Me encanta leer contemporáneos. Así nombres que me vengan a la cabeza. En España me gustan mucho Xita Rubert y Andrés Barba. En Argentina he leído mucho a Alan Pauls, a Federico Falco. Bueno, me encanta Samanta Schweblin. Me encanta. En México me gusta y escribí bastante sobre Valeria Luiselli. También Daniel Saldaña París.
De Estados Unidos, puedo destacar a Joshua Cohen, que escribió un blurb para mi novela. Me gusta mucho también Clarice Lispector y una escritora que se llama Fleur Jaeggy. Últimamente la leo mucho. E Ingeborg Bachmann.
Julia, ha sido un placer hablar contigo y un placer leer tu libro. Estaremos atentos a tu próxima novela.
Encantadísima.

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