‘Reliquia’: la muerte inacabada

Published by

on

Por Carlos Hidalgo

Asegura Pol Guasch (Tarragona, 1997) que empezó a escribir Reliquia diez años después del nudo, tras lograr desatarlo, cuando acabó el duelo por la muerte de su padre. Lo halló colgado de una viga de la casa de campo familiar cuando acababa de cumplir 15 años: una edad en la que vas a la vida como quien va a la guerra, pero sin pensar en la derrota. Sin embargo, la lectura de esta novela, que en sí es realmente un monólogo hacia el suicida (se mueve en el yo-tú, en un diálogo de 157 páginas en el que la réplica se construye a través de recuerdos propios y de terceros, además de retazos del diario de quien ya no está), habla más de un intento de alivio de luto. La puerta no está cerrada y es probable que permanezca desportillada para siempre. 

Hay tantos tipos de suicidio como víctimas deja tras de él. La valentía no está en quien opta por irse, sino en los que se quedan de la única manera que saben: por inercia humana, que no es otra cosa que volver aprender a vivir. La del joven catalán está en abrir un vaso comunicante con su padre a través de la escritura, que es su manera de respirar.

El texto, bellísimo en fondo y forma, constituye un salto al vacío de Guasch que, según afirma el autor, es fruto del trabajo de “laboratorio” de sus dos novelas anteriores, Napalm en el corazón y En las manos, el paraíso quema. No las he leído ni pienso hacerlo, porque Reliquia es tan sublime, que cualquier trabajo previo se ahogará en el inevitable mar de las comparaciones. En este, la distopía reside en que la desaparición voluntaria de un tercero desdibuja la existencia del heredero. Los apriorismos se truncan. Por eso se pregunta Guasch cómo habría sido su vida si nada de esto hubiese ocurrido. La ficción devora lo más prosaico del día a día, implacable. Ya no hay mundos paralelos, la realidad sucumbe ante la fantasía con la imagen patética del ahorcado. Como un péndulo que deja de mecerse. 

Esta carta al padre desaparecido disecciona la única verdad sobre el suicidio: es la muerte inacabada, por eso el duelo es inquebrantable. Te arrastra (lo arrastras) en cada hito vital: la familia, el amor, el trabajo, las relaciones sociales, la manera de leer el mundo. También es una demostración de que nuestra biografía arranca mucho antes del nacimiento. El padre del narrador, el suicida, es hijo de otro suicida, que acabó de la misma manera. Si tenemos en cuenta que, de los tres hermanos, Pol es el único que no ha sido adoptado, quien crea en la teoría del destino marcado por la genética puede tener razones para la duda de lo que ha de venir.

El autor empezó a escribir esta crónica sentimental en 2023, cuando apenas tenía 25 años. Sorprende su exquisita maestría en la escritura, impregnada del lirismo indisimulado de sus comienzos como poeta, pero que no resulta impostado ni empalaga. Tampoco están presentes el egocentrismo ni el desencanto tan propios de edades tempranas. No hay apenas reproches al padre ausente, y comprende, con generosidad, la raíz mental del problema, el desajuste irracional que supone (no justifica el acto) arrancarte de cuajo lo único que tienes, la vida. Los suicidas no quieren morir, solo desean dejar de sufrir. 

Ni siquiera asoma la veta religiosa, no, que castiga el suicidio con la condena al limbo; sería como condenar al ciego de nacimiento a la absoluta oscuridad. El muerto no sufre las consecuencias de su acción: son los vivos a quienes deja atrás los que malviven la pérdida. Tanto del padre como del círculo familiar secundario, que, si bien durante la vida ya era incómodo, se desata de los que se quedan en su afán de buscar culpables.

No hace falta haber transitado por senderos similares por los que ha caminado el autor para sentirse aludido, para empatizar, que al fin y al cabo es el fin último y más difícil en la relación con los lectores. Son nueve capítulos como nueve elegías, sazonados de experiencias autolíticas de artistas universales, que marcan los únicos instantes de polifonía para oxigenar el relato: Virginia Woolf, Sylvia Plath, Henri Roorda y Anne Sexton, entre otros. Algunos dejaron notas de despedida, otros no. Y el hecho de que el padre de Guasch falleciera ágrafo de ese último acto que es la muerte bien puede ser el desencadenante de que exista Reliquia: el recuerdo fabricado a partir del dolor que sirve como bálsamo de un duelo infinito. 

Deja un comentario