Los años y el agua

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A mis padres, que me devuelven la mirada cuando me miro al espejo.

He sido adulta durante un tiempo breve ya, pero no hace tanto que me he dado cuenta de que la infancia ha terminado. La contratapa está cerrada como la de un libro polvoriento. No quedan más que los posos, pasó hace mucho, historias de otra era, pruebo a intentar saborearla y el gusto se me escapa entre los dientes, saliva azucarada. Ya lo he olvidado. 

No ha habido tiempo de hacer grandes muestras de luto, porque ese pensamiento siempre sorprende en momentos anodinos: en la cola de la farmacia, recogiendo las migas de la encimera, cruzando el subterráneo interminable que conecta una línea de metro con otra. La actividad ni siquiera se detiene, automatizada, mientras la cabeza intenta reconstruir un todo hecho de fragmentos y dobleces, un poco tibio y doloroso, un poco insoportablemente feliz, diciendo ¿dónde queda? ¿estoy en él? Y es una pregunta extraña porque ya se hace desde fuera, no se puede recordar en el recuerdo, es un papel fino rematado por los dos costados, pasas la página, se acabó. 

El pensamiento llega a la garganta como un cuerpo extraño. Se acabó, se acabó. Cae a trompicones, sin disolverse de inmediato como hacen otros, pero aguándose bajo la resignación. De vez en cuando, cuando escuece, querría estar hecha de otra cosa. Como si hubiera un ser alternativo que encarnar, un elemento nuevo para ser otra, para ser una persona de otra especie. Ser la persona menos deseante de la historia: comer insípido tres veces al día, andar decenas de kilómetros sin perder el aliento, manga corta en pleno invierno, la piel rígida y el rostro impávido ante el viento que corta, ante la gente que pasa, ante el tiempo. 

Así no tendría que tragar la memoria a retazos, ni contemplar su inicio y fin, sino que recuerdos y tiempo serían uno y el mismo, sin que el paso de uno devorara a los otros, limitándolos, dejándolos en una caja que se cierra sin previo aviso. Querría estar hecha de otra cosa, poder caminar este tránsito permanente sin inicios ni finales, todos los fragmentos apilados para engañar al tiempo, tiempo tramposo y traidor, para burlarme de sus normas y sus preguntas sin respuesta. ¿De qué estás hecha?

Nuestra memoria se encuentra fuera de nosotros, en una ráfaga de lluvia o en el olor de la primera fogata de otoño, en todos esos elementos de la naturaleza que aseguran, con su retorno, la permanencia de la persona. A mí (…) la memoria no me aporta ninguna prueba de mi permanencia o de mi identidad. Al contrario, me hace sentir y me confirma mi fragmentación e historicidad.

Annie Ernaux 

Ser (en) el tiempo

A veces me imagino el rostro como algo recortado. Recortado de una fotografía espontánea hecha en la cocina de la casa familiar, recortado de la pared de apoyo para leer sobre la cama, recortado de los espejos efímeros en las calles, recortado de quien vino antes y alguna vez lo tuvo. Algo recortado hecho a su vez de otros recortes, todo distinto y a la vez familiar, lo suficiente como para poder mirarse e intuir que lo conoces. 

La cara. Mi cara. Tu cara. ¿De quién es esta cara? ¿Qué refleja?

El cordero carnívoro. Agustín Gómez Arcos

Como acercándose a un lugar fantasmal en el que las cosas se mueven por sí solas y se es capaz de caminar por aceras nuevas teniendo los ojos cerrados, doblando esquinas sin pretenderlo, el rostro se hace de lo que ya existe y de lo que está por venir. Haciendo un cuerpo de otros cuerpos, de sus retales y porciones, cuerpo ensamblado. Tres ataduras en cada miembro para que ninguno pueda librarse de otro y los años tejiéndolo todo, de un cuerpo a otro, su espejo o su reverso, la materia más sólida posible, tiempo en carne y hueso. 

Imagino esa solidez en la que se existe sin que sea algo rígido, sino una solidez que deja entrever el recuerdo, pero no permite volver a abrirlo. El cuerpo ceñido en torno a una espiral, línea continua pero no recta, las edades se topan entre sí como riberas de río enfrentadas, corrientes giratorias que se anudan para obligarte a mirarlas. Los dieciocho años miran a los catorce, los veinte a los dieciséis, los veintitrés a los siete. Años devorados por el tiempo. 

Así sucede, todo como una especie de viaje en torno a una curva permanente, una edad tropezándose con otra, buscando guías, pidiendo ayuda: reglas para articular la vida, preguntando qué comer, cómo vestir, qué pensar sobre las cosas. Preguntando si aún hay años que sobrevivan al tiempo. 

Mom, I’m tired

 Can I sleep in your house tonight?

 Mom, is it alright

 If I stay for a year or two?

(…)

Mom, am I still young?

 Can I dream for a few months more?

Mitski

Querría que fuera diferente. Me muevo a tientas en la espiral y mi hermana me mira desde la orilla. Hermana-puerto. Querría que fuera diferente, no ser solo fruto de la constante deriva, querría moverme, hacer del conducto un lenguaje, de la corriente un movimiento propio. Querría estar hecha de otra cosa, ajena al gobierno del tiempo, fragmentada y plena. Ser el medio. Ser agua. 

Ser y querer ser

Un rizoma no comienza ni acaba, siempre está en medio, entre las cosas, un inter-ser, intermezzo. 

Deleuze & Guattari

Pienso en esa transformación como un instante casi inventado, como la hora de la luz azul, ese momento de la tarde en el que todo se tinta de algo diferente. La noche no se atreve a salir y el día aún resiste a coletazos, el inter-ser del tiempo. Querría encontrar su parecido en el cuerpo, lanzarme al agua sin ahogarme, mimetizándome, para decidir no ser nada siendo, a la vez, todas las cosas. 

El agua debajo de mí, el agua encima de mí, el agua dentro de mí, yo era el agua (…) a su imagen y semejanza, me sentía preciosa y peligrosa, inofensiva y mortal, silenciosa y tumultuosa, odiosa y feliz, dulce y corrosiva, anodina y rara, pura y embargante, insidiosa y paciente, musical y cacofónica, pero, por encima de todo, más que cualquier otra cosa, me sentía invulnerable.

Amèlie Nothomb 

Querría pedir de más, reabrir lo que ha terminado. Mamá, yo quiero ser de agua. 

Mamá. 
Yo quiero ser de agua. 
Hijo, 
tendrás mucho frío.

Federico García Lorca

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