Para escribir este libro, Carrère comenzó una correspondencia con el hombre que mató a toda su familia
Franco Condado (Francia), 9 de enero de 1993, Jean-Claude Romand mata a su mujer, Florence, con un rodillo de repostería, y a sus hijos, Caroline de siete años y Antoine de cinco, con una carabina del calibre 22. Más tarde, acude a casa de sus padres, almuerza con ellos y termina con sus vidas con la misma arma. Esa noche cena con su amante en París y después vuelve de nuevo a su casa, a la que le prende fuego con los cadáveres de su familia dentro y tras haber consumido una contundente dosis de barbitúricos. Romand quería suicidarse. No lo consiguió.
Las autopsias revelaron las causas de las muertes y que estas se habían producido mucho antes del incendio. Mientras tanto, Jean-Claude se debatía entre la vida y la muerte en un coma que duró una semana. Al enterarse de que la familia había sido asesinada, los vecinos y amigos estaban consternados, no podían comprender cuál era la razón de esa tragedia. La hipótesis del robo estaba totalmente descartada y la policía había encontrado una nota de suicidio en el coche de Romand en la que confesaba los crímenes.
Los Romand eran una familia ideal: ella era farmacéutica de profesión, él médico investigador en la Organización Mundial de la Salud (OMS) con dos hijos hermosos y un chalé en esa zona de Francia en la que los habitantes trabajan en Suiza y forman una comunidad cosmopolita de alto nivel económico. ¿Qué podía haber desencadenado un crimen semejante? Las primeras pesquisas policiales dieron resultado: al llamar a la OMS para recabar más datos sobre Jean-Claude Romand les comunicaron que nadie con ese nombre trabajaba allí. Llamaron a la facultad en la que éste había estudiado medicina, tampoco tenían nada de él más allá del segundo curso.
La explicación era que Romand era un mitómano patológico con mucha suerte que llevaba dos décadas engañando a todo el mundo a su alrededor. No había terminado los estudios de medicina, desde luego no trabajaba en la OMS y ni siquiera tenía otro oficio con el que sostener su altísimo tren de vida. ¿Cómo lo hacía entonces? Aprovechando su supuesto trabajo en Ginebra (Suiza), contaba a sus familiares que él podía hacer ingresos a su nombre en bancos suizos con fondos de inversión que garantizaban un 18% de beneficio anual. Con sus artimañas, vació las cuentas bancarias de sus padres, sus suegros, otros familiares y hasta de su amante. Cuando su familia estuvo a punto de descubrir esa insoportable verdad, Jean-Claude Romand decidió asesinarlos, unos hechos por los que fue condenado a cadena perpetua, aunque obtuvo la libertad en 2019.
De tú a tú con un asesino múltiple
Cuando el relato de estos crímenes conmocionó la opinión pública de Francia y nutrió las crónicas negras de sus principales diarios, el escritor Emmanuel Carrère, intrigado por la explicación, escribió una carta a Romand a través de su abogado. No recibió respuesta hasta un año después, cuando la instrucción del caso ya había concluido y estaba a punto de comenzar el juicio. El mitómano asesino estaba emocionado por la propuesta del escritor de realizar un libro sobre él.
Pero la intención de Carrère no era justificar al criminal, expiar sus culpas, darle un espacio para la excusarse. No, el escritor quería comprender, esclarecer las incógnitas que llevaron a un joven a construir una vida ficticia y, cuando el enredo estaba a punto de descubrirse, a asesinar a todos los miembros de su familia. Pero poniendo el foco allí: en la mentira. Quería saber qué había dicho, cómo había tejido una red de farsas tan resistente como para aguantar durante dos décadas sin un solo descuido.
En El adversario, la voz de Romand no articula la trama, sino que es analizada quirúrgicamente por el narrador. Emmanuel Carrère narra el juicio, las incongruencias del acusado, sus numeritos de rabia y llanto, las reacciones de abogados, jueces, fiscales y periodistas, las horas vacías entre aparcamientos y senderos rurales en las que Jean-Claude pretendía estar trabajando, sus razones, su peligroso delirio.
En fin, el escritor francés pretende, como en su día lo hiciera Truman Capote en A sangre fría, escrutar los oscuros territorios de la psique humana, explorar la geografía mental de un hombre tan imbuido en sus propias maquinaciones y afanes como para aniquilar a los suyos con tal de que no descubran la esterilidad de su mitomanía.
Al fin y al cabo, parece ser que el francés concuerda con el periodista español Manuel Marlasca, que sostiene que «la sociedad que no conoce a sus asesinos y que cierra los ojos ante ellos, limitándose a encerrarlos en una celda, está condenada a sufrirlos durante mucho tiempo». He ahí, discusiones a un lado, la razón de ser de este libro.
Este libro de Carrère ha sido invocado en varias de las discusiones sobre la publicación de El odio, una novela de Luisgé Martín en la que éste entrevista a José Bretón, que asesinó en Córdoba a sus hijos, Ruth de seis años y José de dos, y los quemó en una hoguera. La editorial Anagrama tenía pensado distribuir el libro el pasado marzo, pero Ruth Ortiz, la madre de los niños, pidió que se paralizara. Sin saber si en su contenido o en la manera en la que tratan el testimonio de los criminales son parecidos, estos libros reavivan el debate: ¿puede un escritor darle, aunque sea mínimamente, voz a un perverso asesino? ¿Con qué objetivo?
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