mov (i) miento en.com (bate) por 26demarzo
Los cuerpos no hablan son las primeras palabras que irrumpen en nuestro cráneo al ver unos brazos, unas piernas, un tronco y una cabeza que nos llevan a todos los sitios del mundo. Los cuerpos no hablan pensamos cuando nuestros vientres se hinchan y aparecen erupciones por nuestros antebrazos. Los cuerpos no hablan escuchamos cuando tomamos una cápsula de lormetazepam diariamente para dormir y nuestras pulsaciones superan los 100 latidos por minuto en reposo. Los cuerpos no hablan es otra de las tantas mentiras que nos cuentan. Los cuerpos no hablan es una de las premisas que rompe 26demarzo a través de mov (i) miento en.com (bate).
Tania y María, Cuerpo y Texto a partir de ahora, se conocieron estudiando lo que más les apasiona: teatro. En ese primer roce hacia su amistad, se les ocurrió este proyecto que acompaña a muchos otros. Cuanto más hablaban, más ideas surgían, más formas de moldear la premisa y más ganas de llevarlo a cabo, de crearlo y de mostrárselo al mundo, de fusionar sus cerebros y ver qué salía de ahí. Esta es una de las tantas versiones que existen. Cada sesión es diferente, única y visceral; es justo eso lo que hace que esta representación sea tan atractiva: nunca sabes con certeza qué es lo que te vas a encontrar al cruzar la puerta. Solo conoces la idea general: una batalla. Pero no una batalla cualquiera, sino una batalla entre dos de los conceptos más interesantes y complejos: texto y cuerpo.

Antes de que surja la propia batalla, y en esta versión de la obra, tenemos el privilegio de zambullirnos en el primer encuentro entre Cuerpo y Texto, cuando Cuerpo es capaz de ver la forma real de Texto. Por fin es capaz de verlo como algo tangible, algo que realmente existe y que tiene forma, no únicamente como algo que solo se encuentra en su raciocinio… Pero no solo eso. A lo largo de este intenso y breve descubrimiento, también conocerá todo lo demás, todo eso que le perjudica, que le hace daño, que le provoca emociones nocivas… Cómo el texto a veces nos-le maltrata.
Todo empieza cuando presenciamos, a la vez que Cuerpo, el descubrimiento de su propia existencia. Observa sus propias manos con expresión incrédula, siente su propio peso sobre el mundo y descubre que es capaz de tocar. Y de ser tocado. Pero no conoce eso que tiene ante sus ojos y el sustantivo que las nombra: la palabra manos. Por más que las observa, no es capaz de encontrarles un significado, no es capaz de generar una idea… Hasta que Texto se la lanza, como quien te lanza un balón para invitarte a jugar y ofrecerte su amistad. Ahí está, en un fondo blanco, de la m a la o, con tipografía Arial y ocupando gran parte de la pared sin gotelé: mano. Cuerpo se queda petrificado. Si esa palabra desaparece, ¿también desaparecerán sus manos? ¿Por qué no la conocía hasta que no la ha visto escrita? ¿Por qué siente que no tiene el control de la situación? Con todas esas preguntas que bailan por su mente y por si ese segundo descubrimiento se le escapa, decide usar sus propias manos para acariciar la palabra, recorrer la forma de cada letra, pincharse con cada una de ellas, intentar corporeizarla. Con estos pequeños movimientos, es justo cuando es consciente de lo que realmente anhela: una caricia. Busca, ávido, interacción con otro Cuerpo, mira desesperadamente al público-resto de cuerpos, y, cuando ocurre esa fricción, esa caricia, se topa de frente con las emociones. Con la alegría y la tristeza. Con la libido y la anafrodisia. Con el placer y el dolor (¿no es una consecuencia de la otra?). A su misma vez, Texto empieza a ser consciente de sí mismo al descubrir que está lleno de poder. Puede crear sintagmas nominales y verbales. Es dueño del léxico en mayúsculas. Conoce el peso de sus palabras. Sabe qué decir y cuándo hacerlo. Sabe provocar alegría y tristeza. Sabe provocar libido y anafrodisia. Sabe provocar placer y dolor.

Con estos descubrimientos por parte de Cuerpo -su existencia, sus manos, la palabra mano, el contacto físico y otros cuerpos-, Texto escribe nervioso, con léxico ininteligible, con letras que se cuelan entre otras letras, a través de movimientos rápidos y el uso de las mayúsculas. Texto experimenta el enfado (¿puede un texto experimentar emociones?) porque, dentro de su capacidad lingüística, es capaz de comprender que, a pesar de su poder, jamás podrá experimentar algo tan real, somático y cotidiano como una caricia. Se le escapan todas las sensaciones que existen. Tampoco será capaz de tocar a Cuerpo, ese concepto que le tiene tan enloquecido y enamorado por el poder que tiene sobre él, o al menos, no tocarle como a él le gustaría, con unas manos. Por eso mismo, usará sus letras más puntiagudas para intentarlo: la q, la l, la t, la J (esto te provoca algo que a mí se me escapa, ¿verdad?). No podrá experimentar la alegría, ni la tristeza, ni la libido, ni la anafrodisia, ni el placer, ni el dolor, solo provocarlo; pero, ¿de qué sirve provocarlo si no puede experimentarlo? Vive a través de Cuerpo y siempre será así, con sus palabras, con sus ideas, con sus pensamientos. Algo parecido experimenta Cuerpo cuando se siente incompleto al no poder recibir eso que tanto necesita por parte de Texto. Siente tristeza al ver que solo recibe una lluvia de palabras. Se satura al comprender el peso real y significativo de esas palabras. Solo busca escapar. Solo necesita resignificarlas. Solo quiere una caricia.
Debido al enfado de Texto y a la dureza de sus palabras, Cuerpo se retuerce de dolor, como lo harían los animalillos. Y salta. Y grita. Y llora. Y escenifica todo eso que experimenta un cuerpo. Animalillos, otra palabra que produce Texto, pero que jamás podrá corporeizar. Otro Cuerpo que se le escapa. Otro posible raciocinio que habitar. Pero, a pesar de eso, Texto no deja de controlar a Cuerpo mediante su léxico. Lo hace y lo deshace una y otra vez. Cuerpo se infla y se desinfla. Cuerpo se hincha. Cuerpo cae al abismo. Cuerpo llora y ríe nervioso. Cuerpo se somete y Texto sigue enamorado de ese control que tiene sobre Cuerpo. Texto manipula. Texto chincha. Texto incomoda. Texto afila sus letras y las usa. Mientras, Cuerpo obedece. ¿Cómo no hacerlo si está dentro de él? ¿Cómo no hacerlo si es su raciocinio? ¿Cómo no hacerlo si es su propio discurso? ¿Cómo no hacerlo si él produce todas esas palabras? ¿Cómo no hacerlo si son el mismo ser? A pesar de su incorporeidad, Texto está en todas partes. Un texto lo es todo, un texto es para siempre. Creemos que Cuerpo es todo, pero solo es un evento temporal. Cuerpo hace posible la existencia de Texto, es su depósito, pero la verdad infinita la tiene Texto. Claro, ¿cómo iba a no obedecer Cuerpo?

Con el debilitamiento de Cuerpo, Texto empieza a ocupar espacio no solo en su mente, sino que inunda toda una pared de la sala, mostrándoles al público-resto de cuerpos y Cuerpo su amplia capacidad lingüística. Texto se muestra al desnudo, sin tapujos, sin ataduras y sin conocer cuál es el sabor de la vergüenza. Ni siquiera conoce el significado de la emoción vergüenza -aún-. Solo conoce ese poder que adorna sus letras centelleantes y que se apodera de sus palabras. Solo sabe crear ideas. Solo sabe contaminar el discurso de Cuerpo. Solo sabe lanzar dardos lingüísticos. Solo conoce su existencia a través del lenguaje.
Cuando Cuerpo sale del trance, de la hipnosis, cuando despierta y se desprende de todo ese malestar que le ha provocado Texto, deshace sus palabras, las rompe, les da otra forma. Comprende que Texto es estático, mientras que él tiene la capacidad de moverse. Tiene la capacidad de moverse y cambiar, de viajar, de reír, de llorar, de sentir, pero Texto no. Texto solo lanza dardos envenenados en forma de palabras, pero siempre se quedará ahí y solo tiene la opción de cambiar si Cuerpo se lo permite. Y entonces tiene una revelación: Texto no puede coexistir sin Cuerpo y Cuerpo es el recipiente donde depositamos a Texto. Ese recipiente fibroso, lleno de erupciones, órganos y materia que nos hace ser quienes somos, donde dejamos todos esos pensamientos que se pasean por nuestra cabeza y que parecen apoderarse de nuestro juicio. Un juicio que siempre tendremos la opción de cambiar. Y entonces, Cuerpo se va. Desaparece. Con sus manos y sus brazos, abre una puerta, y con sus pies y sus piernas, la atraviesa. Y deja ahí solo a Texto, expuesto, avergonzado. Experimentando esa emoción de la cual antes no conocía su sabor. Y su poder se escapa por esa puerta abierta.
Texto comprende -cognitiva y lingüísticamente- que Cuerpo necesita ser acariciado para poder seguir vivo a la vez que descubre que él necesita ser leído para existir, porque, si no nos leen, si no nos nombran, si no nos ven, no existimos; ya lo dice Texto en la propia obra: «Necesitamos las palabras para entender, recordar, crear, hablar… Poner nombre a lo que te rodea, nombrarte, nombrar qué lugar ocupas en el mundo». Seamos materia o átomo. Seamos órgano o sangre. Seamos animal o aullido. Seamos cuerpo o texto.

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