Cada casa por dentro es un hueso roto – Lana Corujo
Si las casas tuviesen la capacidad de sentir, ¿preferirían estar llenas de gente o vacías y en silencio? Nora (Renate Reinsve), intuye que quizás, su casa de la infancia elegiría el caos y los ruidos propios de la vida familiar, pero también sabe que esa opción es probablemente la que más duele.
Ahí está la chimenea antigua por la que se espían las conversaciones de los adultos, allí los escalones que crujen delatores y aquí la grieta en la pared que atraviesa de arriba abajo la herida. Y en este espacio doméstico que logra ser, de manera simultánea, máquina del tiempo, escenario teatral y refugio hostil; Joachim Trier construye poco a poco Sentimental Value, para, a su vez, destruirnos a todos nosotros.
Sonaba aún la voz de Labi Siffre despidiendo los créditos finales y yo quise tomarme un tiempo en analizar la cara de cada una de las personas que estaban a punto de abandonar conmigo la sala del cine. Acababa de presenciar una historia demasiado real como para que hubiese acabado llegando a mí en forma de película, y quería comprobar que esa gente también lo había sentido. Seguramente sí. Seguramente el recibir nueve nominaciones a los Oscar tenga algo que ver con todo eso que existe ahora en cada uno de nosotros gracias a Sentimental Value.
Con un lenguaje visual que nos invita, como espectadores, a incomodarnos cuando lo que sentimos como casa empieza a dejar de ser un hogar; la sexta película de Trier reflexiona sobre la forma en la que interactuamos con el espacio que nos ha visto crecer, y sobre los objetos y recuerdos que nos permiten seguir reconociéndonos en él. Pero también consigue algo mucho más difícil: indagar en la complejidad de los vínculos familiares a partir de todo aquello que no se ha logrado resolver.
Por eso, a pesar de la belleza y delicadeza que encontramos detrás de cada escena, el sentimiento general que subyace a esta historia y complementa su profundidad es la tristeza. Dentro de una familiaridad que nos va a ser siempre ajena, ¿cuánto tiempo deben esperar unas hijas a que su padre intente reparar años de ausencia? ¿Cuándo se deja de sentir que ese intento puede ser una posibilidad?
Después de ver La peor persona del mundo (2021), tuve la sensación de que la relación entre la protagonista y su figura paterna era un tema que, incluso planteándose de manera muy superficial a partir de un par de escenas, abría una posibilidad narrativa que era interesante. La trama de Sentimental Value nos confirma que la cuestión del padre ausente era algo en lo que Trier pretendía ahondar y, en efecto, lo sitúa esta vez (de una manera magistral), como uno de los elementos centrales del relato. Además, el director noruego ha contado con un casting increíble que ha hecho posible tratar estos asuntos a partir de una precisión absoluta. Elle Fanning, en primer lugar, actúa desde una lucidez tan elegante y consciente que permite que Skarsgård, Reinsve y Lilleaas brillen con más fuerza y naturalidad en sus respectivas interpretaciones. Es como si al encontrarse y saberse tan fuera del idioma y del drama propio de la historia familiar, su personaje, Rebeca, hiciese posible que el foco no se apartase en ningún momento de las dinámicas y matices internos a las relaciones establecidas entre los demás.
En ellas, no atendemos en ningún momento a conflictos explícitos ni confrontaciones directas pero sí a un despliegue de intimidad que se da por medio de la contención gracias a algunos silencios y rituales cotidianos. Y desde ahí, son las hermanas Nora (Renate Reinsve) y Agnes (Inga Ibsdotter Lilleaa) quienes sostienen verdaderamente la carga emocional de esta historia. Son ellas las que, sin saber explicarse, se entienden a través de la fragilidad de lo que juntas han vivido y compartido, evidenciando el enorme espacio que ocupan ciertas carencias.

Muchas cosas se pierden porque se debían cuidar y nadie ha sabido cómo hacerlo. Son cosas que ya no se recuperan, y ni la culpa ni el dolor pueden traerlas de vuelta. Sentimental Value llega para enfrentarnos a esta realidad, y nos sugiere que en la mayoría de los casos, tratar de encontrar una solución no sirve de nada. El propio Joachim Trier demuestra que el cine existe ahí para nosotros como posibilidad artística de reconciliación… y que quizás con eso basta.

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