Madre patria portátil: cuando el cuerpo se vuelve mundo 

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Nunca fue otra cosa más que un cuerpo, un recipiente con una cavidad amplia en su interior, preparada para ser vaciada e inundada. Sus voces describieron sus mentes, sus raíces y sus historias. Territorio animal y salvaje. Nació para parir, una madre naturaleza que siempre es ultrajada. Es el origen, que es la materia, que es la tierra, que es consumible, que es explotable. Su tierra se oscurece con una negrura violenta, porque siempre consiguen introducirse por debajo para extraer la vida. 

Crecía como un hilo de tinta que ensuciaba la ciudad entera y salía rumbo al noroeste del continente, lambiendo ciudades, ríos, dialectos, como una pintada insana y monumental que llegaba al Lago de Maracaibo y se confundía con los derrames de petróleo que ahora parecían noticia diaria y era una rabia que, a pesar de inconmensurable, al llegar allá se volvía apenas una más, una rabia más que se diluía en esas aguas envenenadas. (p. 182 Morán)

El cuerpo se vuelve arena, las cavidades redonditas de la piel almacenan gravilla, pequeñas piedras, y el vientre se amplía como una casa que desaparece. Porque, mientras tanto, los hombres de botas fuertes y pesadas caminan por encima dejando marcas por toda la piel, que es la tierra, que es el todo. Debajo está el oro ese del que tanto hablan, pero sus armas y su ansia de abarcar no quiere ver lo que navega ahí debajo. La madre protege a las crías en su interior, como un almacén corpóreo y calentito de pieles rosadas y entrañas, pero arriba, la capa superior en la que viven el resto de insectos, bichitos y animales ya ha sido invadida. Mis hijos no resucitaron y mi vientre se amojamó. Me resequé como un bejuco y eché raíces en aquella tierra arenosa bajo la que dormían (p.79 Sainz) Y entonces los bebés se mueren también dentro. 

A veces se tiene suerte. A veces los hijos salen del vientre y llegan a la superficie. Entonces aparece la huida, la migración, y, entonces:La única manera de escapar de los yugos de la violencia es a través de una tierra podrida de oro negro que se come a sí misma. Hay que pisar la tierra y, en ocasiones, enterrarse en ella para poder salir. (p.123 Morán)

Además, el aire está sucio, y el silencio no existe, y las granadas y las tormentas resuenan en los oídos de los bebés, y los niños crecen en ese mundo lleno de riqueza subterránea y violencia cotidiana. Y todo se llena de incomprensión, y el ruido no deja espacio para la palabra, el relato, la explicación, la historia. Miraban hacia los lados y hablaban en voz baja, no fueran a robarles también las palabras (p.27 Sainz). El cuerpo, que es una madre, que es un continente, un país, un planeta, intenta hacerse un hueco entre las ficciones. Intenta memorizar el abecedario, se aprieta fuerte contra las palabras para intentar nombrar la tierra que queda. Los verbos rebotan en las cuencas de los ojos, en la barriga y curiosean por debajo de las uñas. Y, como relata de Arianna de Sousa-García: Entonces escribo, recuerdo, hablo, registro, con la esperanza puesta en que en algún momento esto sea una respuesta digna para ti. (p.31).

Pero la palabra es insuficiente, como el hogar, como el alimento, como los padres. Porque no quedan imaginarios, ni recuerdos y la infancia quedó muy lejos. El desamparo surge ahí: entre la tierra (la madre) y el silencio (el padre). Del abandono de Camilo, ella tiene una memoria construida no por momentos, sino por huecos y, aunque el vacío puro y el silencio sean elocuentes y sepan doler, ella necesita de palabras y de sonidos, de imágenes de cuerpos en movimiento, de texturas y de olores. (p.104 Morán) Lo único conocido es esta tierra que se deshace, que se extirpa y exprime, porque: El verdadero territorio extranjero es su padre (p.158 Morán). El padre no ofrece palabra: padre distanciado por culpa de motivos siempre ajenos a él, motivamos con nombre de acontecimientos, como disparo y atentado; nombres de ciudades y trabajos como Caracas y ministerio; motivos con nombres de mujer (p.175 Morán).

Su ausencia se convierte en hueco en la imaginación, que es, a su vez, memoria, que es, a su vez, historia, que es, en última instancia, presente. No existe ningún tiempo que no conozca el dolor, no existe ningún tiempo de ahora. Pero siempre quedará un espacio para la ficción, ese otro mundo que se encuentra al otro lado del mar, que recoge las palabras de otros y que regresa a las paredes calientes del interior de la madre: Porque su allá sería siempre Venezuela, estropeada o rozagante o como estuviera, y su aquí era ahora la sorpresa de un país (…) a la espera de sentir que, bajo la tierra, donde no se conocen aduanas, las raíces de su allá y de su aquí pudieran, un día, años o décadas después confundir raíces; abrazar con ganas y ovarios y neuronas alguna esquinita ventosa de ese aquí que jamás estuvo en sus planes ni en sus sueños ni en sus conocimientos. (p.238 Morán). 

Y ahí está, el encuentro, en las letras que se juntan unas con otras como lo hacen los cuerpos, porque al juntar los labios fabricamos sonidos que se convierten en personas, y en recuerdos, y en hechos. Y las sílabas se saborean con la lengua, y la piel se convierte en un abrazo que nos separa y nos despide. En la piel se refleja un mundo que se desconfigura, con letras que se atragantan y no alcanzan la superficie. El país, el continente, la tierra dejó de existir y ahora está aquí, entre los cuerpos: porque cabían multitudes en ese abrazo, patria portátil, gesto transeúnte de un mundo del que es, al mismo tiempo, creador y criatura (p.239 Morán). 

BIBLIOGRAFÍA

Elena Morán, M. (2023) Volver a cuándo. Ediciones Siruela

de Sousa-García, A. (2024) Atrás queda la tierra. Editorial Seix Barral.

Sainz Borgo, K (2021) El tercer país. Lumen

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