La espera es un encantamiento: recibí la orden de no moverme.
Fragmentos de un discurso amoroso, Roland Barthes
Siempre comienza de la misma manera. Se cierra el estómago, se acelera la respiración. Un cierto enfriamiento del pecho. Y, entonces, llega el presentimiento: la imagen, el escenario creado se resquebraja. Ahora, solo queda engullir sus pedazos y esperar. Una semana, dos; un año, con suerte, un día. Pero siempre esperar; y, luego, reconstruir.
Una mujer se destruye y recompone millones de veces
esperando a un hombre.
Diariamente.
«Me habría gustado no tener nada que hacer salvo esperarle»
Mi primera lectura de estos pocos días que llevamos de 2026 ha sido Pura Pasión de Annie Ernaux. Hay algo en su escritura que siempre me atrae y me provoca aversión simultáneamente, y creo que tiene que ver con esa crudeza y literalidad con la que plasma todo lo que le ocurre o pasa por su mente. Igual que me reconforta encontrarme con ella y sentir que “no solo yo”; hay algo muy humillante, muy abyecto y grotesco en sus palabras. Pero, sigo volviendo a ella, porque en el fondo, hay una especie de fascinación.
Ser tan sincera me duele y emociona al mismo tiempo.
En este libro, la pasión atraviesa todo recoveco personal de la escritora: relaciones, hobbies, su autopercepción y exposición al mundo. Sin embargo, dicha pasión se enarbola desde un lugar plano, blando e inmóvil: la espera. Una mujer se sienta ante el acontecer del mundo, mientras todo pasa por delante de ella como algo insípido e insignificante. Se para a esperar el instante que la retorne a la verdadera vida. Los valores de la vigilia y el sueño se sustituyen, siendo esa vida una suerte de ensoñación, un periodo estático; y el encuentro con A., el lugar de la actividad, del frenesí.

No hay nada que no hayamos visto ya. Esa pasión, tejida desde la imagen del amor romántico o la expectativa del mismo; esa locura que se apodera del cuerpo, –y que en realidad es una ansiedad desbocada–; ese vestirse para el otro, maquillarse para el otro, pensarse por y para el otro. Mujeres esperando ser amadas por hombres que, sin embargo, encauzan su camino sin premeditarlo mucho más. Annie Ernaux materializa lo que se ha venido construyendo desde hace siglos en el discurso cultural: la espera es el lugar de la mujer en la relación amorosa. Y quizá ahí es donde encuentro lo humillante: que yo también he sido ella.
El enamorado se define por lo que padece
«A partir del mes de septiembre del año pasado, lo único que hice fue esperar a un hombre: que me llamara y que viniera a verme». En el enamoramiento, hay una suspensión de la cotidianidad temporal: las horas, los días, no discurren de la misma manera y se miden por las interacciones o el contacto que se tiene con el objeto de deseo. El propio Roland Barthes, en su Fragmentos de un discurso amoroso, define al enamorado como «el que espera»:
¿Estoy enamorado? — Sí, porque espero. El otro, él, no espera nunca. A veces, quiero jugar al que no espera; intento ocuparme de otras cosas, de llegar con retraso. […] La identidad fatal del enamorado no es otra que ésta: yo soy el que espera.”

De esta forma, el enamoramiento –que no el amor– no es una acción recíproca, sino un periodo vacío y caracterizado por la suspensión de la subjetividad. Yo ya no existo, sino que me sirvo al otro. Dice Ernaux, «Todo era una carencia sin fin, salvo en el momento en que estábamos juntos haciendo el amor». La existencia es insulsa y solo la espera es atractiva, incluso, escenificada. Se convierte en una especie de ritual en la que todo minuto puede ser el momento en el que aparezca de nuevo la luz. En el que la esperanza sea nuestra otra vez. Continúa Barthes:
La organizo, la manipulo, destaco un trozo de tiempo en que voy a imitar la pérdida del objeto amado y provocar todos los efectos de un pequeño duelo, lo cual se representa, por tanto, como una pieza de teatro.
Ernaux teme salir de casa por si, en ese instante, se produjera la llamada, o lo que es lo mismo, la salida de la ordinariedad.
Una palabra pronunciada por ellas
Es en este punto donde encontramos lo abyecto. No quiero ser tan taxativa, pero si existen, serán pocos los libros protagonizados por hombres absolutamente carcomidos por la pasión, la ansiedad y la incertidumbre por el amado. Esa histeria es históricamente femenina. O bien por causas estructurales, como por ejemplo, las guerras o el trabajo, que relegaban a la mujer a la casa y a la espera incesante; o bien, por construcciones culturales como las del amor cortés. El lugar de la inacción y la locura ha sido ostentado tradicionalmente por la mujer. Y así, de hecho, lo subraya Barthes en su capítulo La espera:
Históricamente, el discurso de la ausencia lo pronuncia la Mujer: la Mujer es sedentaria, el Hombre es cazador, viajero; la Mujer es fiel (espera), el Hombre es rondador (navega, rúa). Es la Mujer quien da forma a la ausencia, quien elabora su ficción, puesto que tiene el tiempo para ello; teje y canta; las Hilanderas… dicen a la vez la inmovilidad y la ausencia.

Los tejidos hilvanados en silencio por las mujeres son los mismos que Penélope, la esposa de Odiseo, elaboraba, en su eterna espera al amado que prometió volver. Tanto es así que, incluso, el nombre del personaje homérico sirve como denominación para un síndrome, padecido, mayormente, por mujeres en contextos migratorios. Así, John Berger, en su Modos de ver, señala:
Los hombres actúan y las mujeres aparecen. Los hombres miran a las mujeres. Las mujeres se miran a sí mismas siendo miradas.
A Ernaux le parece descortés repetir falda, vestido o abrigo en cada cita que tiene con A. Su cabello, su cintura, su apariencia entera son observadas –o creen serlo– por un vigilante-amante que funciona de manera parecida a la del panóptico de Foucault. El preso-enamorado ha fagocitado la mirada de tal forma, que desconoce ya si, en ese preciso instante está siendo o no supervisado.
Dar forma a la espera: fotografía y existencia
En este sentido, es muy interesante el trabajo de Mónica Alonso Riveiro, Toda tuya, y su reconstrucción de la espera femenina a través de las fotografías de las mujeres de los combatientes republicanos de la Guerra Civil. Para estas jóvenes, –como para otras en su misma situación–, enviar sus imágenes era, en realidad, un gesto de fidelidad, de permanencia y seguridad constantes. Cuando vuelvas, querido, todo estará como cuando te fuiste, yo lo haré imperturbable. Lo estereotipado de esas fotografías encubre lo real: la cotidianidad repetitiva y el dolor extremo porque el amado parta al campo de batalla. Así, Alonso Riveiro se pregunta:
¿Cómo una mujer, adueñándose de su imagen, emprende la tarea de representarse a sí misma en tanto mujer que espera, pero, también, en tanto lugar seguro, al que regresar, donde nada ha cambiado?
La mujer se tumba y queda inmóvil, pero también sufre y se agasaja con la incertidumbre. Cada llamada que no llega de A., es una amenaza, un recordatorio de la fragilidad del vínculo. Solo expectativas rotas y duelos mudos: «Hacia medianoche, al acostarme, desalentada, me daba cuenta de que durante todo el día había creído en esa llamada».

El tiempo de la pasión no es rápido ni frenético, como podríamos pensar; es el tiempo de la quietud, del sigilo y, por ende, nada promisorio, ni esperanzador, ni rico. Solo migajas o resquicios del amor. La des-esperación. Y lo vemos en películas como In the mood for love, Blue Valentine, Historia de un matrimonio… Incluso en canciones pop de los grupos más típicos, como la Oreja de Van Gogh (Por eso esperaba con la carita empapada a que llegaras con rosas, con mil rosas para mí…).
Sucumbir es el enredo
Pura pasión ha sido un reflejo que he llegado a odiar. Ha sido una trampa, un puñal, una espina. Esa mujer que, a priori, experimenta su sexualidad sin reglas, termina subyugada por los mismos mecanismos de siempre. Ernaux acaba representándose en la misma cama estática en la que se nos ha acostado tantas veces. Y lo que más escuece de sus palabras es que yo también las he ocupado; que yo también he esperado, demasiado en ocasiones, y que tampoco ese delirio ha valido la pena. Ese eliminarse a una misma nunca lo vale.
Prefiero acabar, entonces, con la idea de que leer a Ernaux siempre es una especie de exhumación, penosa, pero necesaria. Y, quizá, contrarrestar esa sensación agridulce con las palabras de Damiela Eltit en el El Mercurio de Valparaíso:
No pienso que una mujer sea más proclive al amor que un hombre o que su forma de amor sea más intensa que la de un hombre. Lo que pienso es que son construcciones culturales que subordinan a la mujer a sus propias emociones y eso legitima que se privilegie en la mujer lo emocional sobre lo intelectual. Todas de alguna manera lo sabemos y lo hemos vivido, y en ese sentido estamos un poco presas en esa condición y muchas veces no sabemos salir de esa trampa.
BIBLIOGRAFÍA
Barthes, R. (2014) Fragmentos de un discurso amoroso. Siglo XXI Editores México.
Berger, J. (2023). Modos de ver. Fósforo.
Ernaux, A. (1999) Pura pasión. Tusquets Editores.
La Mura, F. (2019) Ensayo contra el amor. In Palabra pública, Universidad de Chile. Ensayo contra el amor – PALABRA PÚBLICA
Riveiro, M. A. (2019). “Tuya siempre”. Un retrato en femenino de la espera. In Fotografía (femenino; plural): visiones, ensayos y otros escritos sobre mujeres fotógrafas (pp. 41-64). Fragua.

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