Apuntes sobre ser mujer y dejar de serlo
Déjame ser otra cosa que no sea un cuerpo.
Gata Cattana
Hay una especie de rigidez insoportable en la identidad categorizada. Esta frase, por sí sola, no es ninguna revolución. Más del último medio siglo ha estado protagonizado por figuras intelectuales que se han centrado, entre otros temas, en cuestionar la naturaleza y límites de las categorías sociales, en el famoso problema identitario con todas sus complejidades individuales y colectivas. A día de hoy, señalar que existen categorías sociales rígidas que pretenden (y consiguen) homogeneizar individuos no es algo llamativo. Como tampoco lo es argumentar que la asignación de roles sociales estrictos y el encierro en una identidad preasignada es algo profundamente dañino.
En el año 1977, en la España de la Transición, retratar a la mujer y hablar de su identidad como una categoría social injustamente limitada a ciertos roles y características era demasiado atrevido incluso para muchos que se decían progresistas. Fue en ese año en el que la fotógrafa Isabel Steva Hernández, más conocida por su sobrenombre “Colita” y la escritora Maria Aurèlia Capmany se unieron para crear algo que en ese momento no tenía precedentes: un libro gráfico con una marcada perspectiva feminista que titularon Antifémina. Las palabras de Capmany acompañaban a las excelentes fotografías de Colita, que retrataba a las mujeres del momento en sus diferentes contextos, capturando a recién casadas, mujeres mayores, religiosas, mujeres en exclusión social o prostitutas.
Como una especie de escáner social, la cámara de Colita apuntaba a los ángulos oscuros, desgranando los roles femeninos de la época, asfixiantes e inescapables como eran, y trayendo al frente la pregunta que nacía de sus retratos: ¿Qué es ser mujer? ¿Qué es lo que nos hace mujeres? ¿El encaje blanco del velo nupcial, las manos ásperas que trabajan, cuidan y alimentan, el cabello largo, el cuerpo estratégicamente tapado o destapado?

Ahí lo tienes mujer: el ritual, el espectáculo es tuyo. Un ritual minucioso con ropaje, pintura y música.
Antifémina
Sus fotografías reproducen realidades y ritos de paso tan ordinarios como opresivos. Este retrato fiel de las categorías de lo femenino en la sociedad solo puede llevar a cuestionar los fundamentos de la identidad, del “ser mujer” tal y como se conocía. El foco particular de Antifémina yace en la perniciosa relación entre la identidad y el cuerpo, queriendo destacar cómo la apariencia y sus alteraciones producto del paso del tiempo, del contexto vital o de la mera genética condicionan la adhesión a la identidad femenina o un forzado distanciamiento con la misma.
Los retratos de esta obra gráfica iluminan la disección social del cuerpo femenino, que determina la categoría de mujer que se es con una implacabilidad que no utiliza con el hombre. El cuerpo femenino se captura, se examina, se reproduce en publicidad, se califica y se usa precisamente en el tiempo y en la medida en la que se considera útil, es decir, deseable. Para quien lo encarna, el cuerpo se convierte en un eterno campo de batalla, algo que identifica y que puede simultáneamente hacerte destacar o hacerte invisible. La incansable exposición y el minucioso análisis de la apariencia (las fotos, las modelos, las medidas, los retoques, los mil y un espejos) tiene su reverso en la irremediable invisibilidad, ese no-ser de alguien en los márgenes de la identidad. Tiene su reverso, uno de tantos, en la vejez.
Pero un hombre viejo es todavía un hombre aunque sea viejo; una mujer vieja no es nada. Ha de ser un cuerpo apetecible, un cuerpo fecundable, ha dejado de ser lo genérico que ha sido aceptado como la esencia de la Feminidad. La fémina se ha convertido en antifémina. No es ni mujer ni hombre; es otra cosa.
Antifémina
Este retrato honesto del hecho de ser mujer, que rechazaba abiertamente la rigidez social de la época, le valió al libro una rápida retirada del mercado tras su publicación. Pese a ello, se convirtió en una obra de culto, y fue reeditada y publicada de nuevo en 2021, reivindicando la vigencia de sus observaciones. Los pasos de gigante dados desde el tardofranquismo en el ámbito de los derechos y libertades de las mujeres, pese a que han abierto todo un nuevo espectro del ser que en el pasado ni siquiera se planteaba, no han conseguido derribar los inflexibles cánones de la apariencia deseable, que se presenta como la única forma válida de apariencia.
Desde la vejez hasta la androginia, pasando por la indiferencia respecto a requisitos estéticos, la disidencia del canon no es solo disidencia, sino alteridad.
Mujeres y no-mujeres
En la aclamada novela El cuento de la criada, la sociedad americana ha mutado en un sistema de castas que categoriza a sus ciudadanos en diferentes estratos sociales, cada uno con un propósito determinado, siguiendo una interpretación literal del Antiguo Testamento. Las categorías de mujeres son las Esposas (consortes de los hombres más influyentes), las Marthas (dedicadas al trabajo doméstico), las Econoesposas (mujeres casadas de menor rango social) y, por último, las famosas Criadas, mujeres que son entregadas a hombres prominentes como esclavas sexuales y máquinas reproductivas, ya que en este futuro distópico son el único grupo de mujeres que aún es capaz de concebir. Cada categoría es inalterable, eterna y rígida hasta el extremo: tienen vestimenta asignada, actividades prohibidas y hasta nombres específicos.
Pese a que a nivel social las Criadas parecen ser el estrato más bajo, a lo largo de la novela se revela que esta categorización de mujeres en distintas castas ya implica que todas sus integrantes son mujeres, es decir, que pese a tener funciones diferenciadas cumplen los requisitos particulares de su identidad. La sociedad totalitaria de Gilead reserva el apelativo de unwoman (en español, no-mujer) para aquellas mujeres que no han podido integrar forzosamente en la división social de género y trabajo. No están, como tal, en la base de la jerarquía, es que ni siquiera pertenecen a ella. Son todo lo que esa sociedad encuentra abominable: mujeres divorciadas, lesbianas, adúlteras, “traidoras de género”, disidentes políticas, etcétera. Su destino es la reclusión en campos de trabajo forzado y la muerte.
Esta brutal organización política y social que Margaret Atwood retrata en su distopía lleva las premisas del esencialismo biológico al mayor extremo posible, construyendo una sociedad clasificada por identidades inmutables que se conciben como biológicamente determinadas por orden divina. Pese a que, por suerte, no es esa nuestra realidad, el actual pánico moral estratégicamente provocado por una ola reaccionaria contra las personas trans pone sobre la mesa precisamente la omnipresencia de la categorización binaria y excluyente del género. El cuestionamiento de esta atribución intrínseca de cualidades y apariencias distintivas a un género y a otro mediante identidades mutables o el rechazo al canon estético supone una amenaza a su supervivencia, amenaza que es respondida con un intento de reforzar una normativa y unos roles rígidos que parecían haber perdido fuerza.
Cada vez son más comunes en las redes sociales las llamadas transinvestigations, es decir, el desarrollo de teorías de la conspiración en torno a la auténtica identidad de género de una determinada persona. Quienes las llevan a cabo afirman que pueden discernir el “auténtico sexo” de una persona a través de fotografías o vídeos y demostrar que ha “engañado” a la sociedad identificándose como cisgénero, ya que es en realidad una persona trans. Estas conspiraciones, además de constituir una campaña de acoso, sirven un doble propósito para sus promotores: explicitan su rechazo hacia las personas trans al tiempo que refuerzan normas estrictas de apariencia y roles para cada género. El blanco de estas conspiraciones es, normalmente, una mujer famosa que los conspiranoicos no consideran lo “suficientemente femenina” como para merecer la etiqueta de mujer. La etnia, las facciones, el cuerpo e incluso la personalidad y la voz de la persona se utilizan como “pruebas en contra” de la mujer en cuestión.
No sorprende que algunos ejemplos recientes de víctimas de estas campañas de odio hayan sido Michelle Obama, una de las mujeres afroamericanas más conocidas del mundo, e Imane Khelif y Lin Yu-ting, dos boxeadoras profesionales cuya apariencia no es la canónicamente femenina. Esta clase de reacciones coordinadas y agresivas contra cualquier disidencia, el constante empuje hacia la invisibilización, hacia el no-ser de todas aquellas que no conformen su identidad y apariencia a las expectativas solo evidencia la fragilidad de la propia categoría. Al concebir la apariencia de cada género como una predestinación calvinista a la que amoldarse a la fuerza se demuestra que dicha clasificación no puede ser tan “natural” como se presenta, sino que es susceptible de transformación e históricamente conformada.
El intento constante de borrar la existencia de mujeres alejadas del canon estético femenino, su calificación como no-mujeres, es un esfuerzo consciente de disciplina. Recuerda que, si eres así, en realidad no eres.

Ser guapa/ser vista
En su estupendo artículo Ser o no ser guapa, mi querida Irea habla sobre la tiranía impuesta por los estándares de belleza y la constante vigilancia y sacrificio que conllevan por parte de quienes están sometidas a ellos. Este sacrificio del cuerpo nace del miedo. El ¿qué tal me queda? tras haberse maquillado, el ¿cómo estoy? cuando te recoges el pelo o cuando te lo cortas y, sobre todo, el ¿me queda muy mal? cuando se quiere estar preparada para la crítica. Es miedo. Miedo a no gustar, por supuesto, pero aún más pernicioso que eso. Sabemos que la normativa es inflexible, que disecciona y califica el cuerpo, lo divide en ser o no-ser, útil o inútil, en esencia, en visible o invisible.
Y de repente la pregunta ha cambiado. La pregunta ya no es ¿me verá guapa?, sino ¿me verá? Porque dejar de un lado la belleza y la convención parece imposible, es como una condena al ostracismo, a la invisibilidad. Simplemente no se conoce otra manera de ser vista. Sylvia Plath escribía sobre su deseo de ser parte de la escena y no una mera espectadora (to be a part of a scene, anonymous, listening, recording—), de la etiqueta limitante de “mujer” tradicionalmente concebida, la eterna observada cuyo destino está sellado (all this is spoiled by the fact that I am a girl).
La reivindicación de la identidad propia, de que se es alguien, visible y viva, algo más que piel lisa o arrugada, es el rechazo a la rigidez. No hay manera auténtica de ser mujer. Simplemente hay mujeres.
I am no mother
I am no bride
I am king
Florence + The Machine

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