Una carta de amor a quienes me sostienen
Miércoles. Recojo con prisa porque sé que me esperan. Durante meses he ido perfeccionando una rutina con Paula y Blanca. Pese a las guardias interminables, las jornadas laborales de dudosa legalidad y las emergencias familiares tratamos de encontrar un momento de la semana en el que juntarnos, desahogarnos, reírnos hasta perder la respiración y confesarnos nuestras más recientes derrotas. Algunos meses estas reuniones han sido lo que me ha permitido sobrellevar los baches y fracasos, el saber que al final del día iba a encontrar un lugar seguro donde ser escuchada.
Mis amigas son de muchos tipos. Algunas forman parte de mí desde la primera infancia, otras desde hace apenas un año. Algunas viven en la misma ciudad que yo, otras a cientos o, incluso, miles de kilómetros. Con algunas comparto ideología, con otras vemos la vida de maneras muy distintas. A algunas las conocí en el trabajo, a otras mientras vivíamos bajo el mismo techo en un país extranjero. Con unas hablo a diario, con otras pueden pasar meses sin saber nada de ellas, pero sé que el día que nos volvamos a ver la conversación fluirá igual que siempre.
Sin embargo, todas ellas tienen en común el lugar central que ocupan en mi vida.
“Quiero formar una comuna, vivir todas juntas en una casa, seríamos muy felices”. He repetido este mantra hasta desgastar la idea durante meses, mientras mis amigas ríen ante mi insistencia. Pero mi empeño no es una fantasía abstracta que surge ante el hartazgo por las relaciones sexoafectivas con hombres, sino un anhelo de construir comunidad con aquellas personas que me sostienen en el día a día.
Y es que soy plenamente consciente de que no sería la mujer que soy sin la influencia de todas aquellas que han transitado por mi vida, impregnando con sus esencias la mía. No sabría hablar el lenguaje de la ternura, el coraje y la escucha, pero también de la rabia y el abandono, si ellas no me lo hubiesen enseñado. Me gusta pensar que yo también he sido relevante en su educación sentimental.
Así pues, ¿qué nos impediría retirarnos a sobrellevar el peso de la vida moderna juntas? La respuesta es triste y simple: las expectativas. A pesar de mi proyecto utópico de sororidad, yo misma he caído presa del modelo social impuesto y ensayado durante generaciones que tiene como eje nuclear a la pareja. Cuando me imagino a mí misma dentro de veinte años, con la existencia “amueblada”, lo hago junto a un vínculo romántico. No hay lugar para la comuna de amigas en este sistema.
Creo que todas hemos asumido que la vida con amigas es un paso previo a la de pareja. Podemos compartir un apartamento con nuestras allegadas un tiempo, pero ese no es el objetivo último. Nos acompañamos durante la juventud, incluso los primeros años de la adultez, para luego dar paso a la convivencia de verdad junto a un compañero sentimental. Y me decepciono con el mundo, pero también conmigo misma por haber aceptado estas tesis.
Nosotras nunca llegamos a vivir la amistad como un territorio esencial para la construcción de nuestra identidad y de nuestro proyecto de vida. Y no me refiero ahora a la amistad entre las dos, sino al lugar que ocupan las amigas en el relato vital de una mujer casada heterosexual. Son fundamentales, sí, pero no son centrales.
(…)
Muchas, puede que todas, hemos escuchado hablar a nuestras madres o abuelas de todo lo que han tenido que aguantar a los hombres a lo largo de sus vidas, y diría que la mayoría hemos aguantado después de ellas a nuestras parejas (sean hombres o mujeres) mucho más de lo que consentimos o toleramos a nuestras amigas. En cambio, pocas historias de dedicación o sacrificio amistoso a lo largo de la vida hemos conocido.
Nuria Labari, La amiga que me dejó
Yo os elijo
Varios meses atrás, sentada en una terraza con una cerveza en mano, narraba el reciente final de una relación y escuchaba las historias similares de mis compañeros de tertulia. “Sin embargo, ninguna ruptura amorosa duele más que la pérdida de una amiga”, añadí. Algunas personas en la mesa me dieron la razón, pero otras rebatieron con vehemencia mi afirmación.
Podía ver en su mirada la incredulidad que les provocaba lo que acababa de decir: “¿Cómo te va a afectar más perder a una amiga que un novio?”
“¿Y por qué no?”, me continúo preguntando.
Nos obsesionamos con jerarquizar nuestras relaciones, y siempre ponemos en el podio los vínculos amorosos. Pero todas aquellas que hayan sufrido la pérdida de una amiga, de una amiga de verdad, saben que el vacío que deja su ausencia es, en muchas ocasiones, mayor que el que provoca el abandono de una pareja romántica. Y, aun así, nos seguimos empeñando en dar una posición privilegiada a los novios.
Frente a esta constatación, elijo poner a mis amigas en el centro. Priorizar a las personas que eligen de forma activa ser parte de mi día a día, verme crecer y, cuando lo necesito, me avisan de que por ahí no es, que me estoy equivocando.
Ahora más que nunca es necesario encontrar refugio en aquellas que nos sostienen. Una ola reaccionaria se expande por el mundo y muchos hombres han decidido declararle la batalla a las mujeres porque se sienten amenazados por su libertad. Frente a esta amenaza, esos vínculos femeninos en los que sí nos reconocemos como iguales pueden suponer un ancla en este mundo hostil que nos empuja a estar separadas a pesar de que, en el fondo, somos conscientes de que nuestro salvavidas son las amigas.
Por ello, abogo por rebelarnos contra un sistema que nos dice que no lo podemos ser todo las unas para las otras. Quizás así, dentro de unos cuantos años, mi comuna de amigas ya no sea una fantasía abstracta relegada al plano de las ideas irrealizables, sino que es una aspiración real para otras muchas mujeres que eligen priorizar a sus compañeras de travesía.

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