Todas mis amigas quieren ser Annie Hall

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He participado en debates interminables sobre quién, de entre todas mis amigas, se parecería más a Carrie Bradshaw. 

La protagonista de Sexo en Nueva York resulta, en muchas ocasiones, completamente insoportable, egocéntrica y superficial. Pero su armario, su trabajo, su vida romántica, su pelo… La imperiosa necesidad de ser la “Carrie” del grupo parte de un lugar de fascinación e idealización colectiva aunque, con el tiempo, la idea de ser ella ha ido perdiendo su atractivo. Hemos cambiado de opinión y, de pronto, nos vemos tratando de encontrar a otra chica de Manhattan a la que admirar (una que sea algo más coherente y real, y sobre la cual poder proyectar nuestras aspiraciones sin sentirnos ridículas). 

Me propuse tomarme en serio esta búsqueda y no tardé demasiado en llegar a la conclusión de que sí que existía alguien que, mucho antes que Carrie, había conseguido imponerse como referente absoluto de estilo y autenticidad. Alguien por quien no nos atreveríamos a pelearnos nunca debido a cuestiones de respeto e idolatría…

Hablo, evidentemente, de Annie Hall. 

Sombrero de ala ancha, chaleco, pantalón de traje y una corbata grande de cualquier estampado aleatorio. Podemos intentar recrear algunos de sus looks más icónicos, esos que marcaron un antes y un después en la moda y redefinieron los cánones de lo que, hasta entonces, se consideraba femenino, pero Annie Hall no se discute ni se pretende emular. No hay conflicto posible sobre quién es “más Annie”, porque no es una mujer reinterpretable, y eso es algo que, de manera unánime, nadie cuestiona ni pone en duda.

A veces cuesta creer que la Annie que recordamos esté escrita por un hombre y que ese hombre resulte ser Woody Allen, pero lo cierto es que esto nunca fue así. Annie no es un personaje, solo uno de los muchos apodos de Diane Keaton, o, mejor dicho, Diane Hall (sí, Hall era su primer apellido). O sea, que el director no inventó una Annie de cero; más bien dejó que Diane fuese Diane y decidió que ella sería la película.

Hoy hará exactamente un mes desde que se fue, y no se me ocurre mejor manera de recordarla que a través de este papel, ya que ser Annie le permitió abrir un espacio simbólico para que nos reconciliáramos con el desorden, la vulnerabilidad y la contradicción de ser nosotras mismas en un mundo saturado de clean girls y pulcritud impuesta.

Aunque, realmente, poco importaba el personaje que estuviese interpretando. Diane entraba en una habitación y, al instante, ese espacio dejaba de ser el mismo. El ritmo del diálogo cobraba vida e incluso los que la rodeaban parecían recibir otra luz y otra energía. Todo recuperaba un punto cómico sin perder nada de esa reflexión introspectiva que también la caracterizaba.

Annie Hall (1977) dirigida por Woody Allen

Habitar la indecisión, intentar lo que no funciona solo por si acaso, desear a pesar de la pérdida o el cambio con la misma ilusión e inocencia…Diane Keaton nos habla con sinceridad de todas estas cosas y nos invita a reconocernos en ella para sentirnos menos solas. Quizás por eso, ahora que no está, nos tocará recordarla como la amiga que todas hubiésemos querido tener a nuestro lado.

Espontánea, divertida, ingeniosa, salvaje y auténtica.

Diane Keaton es para siempre.



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