Ciudad y palabra en La sangre está cayendo al patio de Elvira Navarro
En La sangre está cayendo al patio, Elvira Navarro no crea ningún mundo: se sumerge en las profundidades del cemento y el asfalto de ciudades laberínticas de pisos, ascensores que no ascienden y túneles que te invitan a entrar, aunque sepamos que no hay una salida. Busca en las respiraciones hediondas de personas sangrantes, animales muertos y grietas que atraviesan los cuerpos desde atrás, y entonces nos invita a explorar la fealdad, los sueños incestuosos, la muerte de la madre, las aristas del capitalismo y qué supone tener una casa-proyecto cuando todo se derrumba y las ciudades se comen a sí mismas.
Penguin Random House nos trae la primera edición de esta colección conformada por nueve relatos en octubre de 2025. En ellos, las historias de sus protagonistas no son narradas por nadie. Están atravesados por la sangre y la herida, y las palabras que podrían expresar el dolor y el pensamiento, están acalladas por grava, arena, arcilla y materia orgánica descompuesta. La animalidad cede paso porque está atrapada en los patios. Todos sueñan con salir y la sangre lo inunda todo.
La pesadilla surge en una enorme urbanización, que imagino de edificios blancos, con cristaleras en sus terrazas, y una enorme y azul piscina en el centro. Hay árboles, colocados estratégicamente ahí, alrededor de la piscina, para que imaginemos el paraíso del que venimos huyendo. Emigramos del campo hacia esos núcleos urbanos, que no llegan a ser capitales, y que tampoco llegan a ser la modernidad prometida (la ilusión, el sueño, la paz). Esos no-lugares suponen un alejamiento de la vida para poder habitar una realidad ficticia: sin árboles, sin animales. El cemento blanco, el asfalto que rompe la tierra y los cristales que invitan a tirarse han destrozado el mundo. Los pájaros anidan en sistemas de salidas de humo, y confunden el calor y el metal con la maternidad y la naturaleza. Una pareja habita una casa-proyecto gigante de varias plantas. Inmensa, inhumana, perfecta. Los pájaros se estrellan contra sus paredes. Caen por el filtro del extractor de la cocina, la comida se llena de plumas, pequeños cuerpos de aves caen sobre artificiales churros de carne domesticada, triturada y amoldada en forma de salchichas. El horror: carne muerta sobre carne muerta. Carne que muere sin nuestro permiso sobre nuestra comida. Mientras, las máquinas que trabajan para nosotros se revelan y sangran. Como la instalación robótica Can’t Help Myself (China, 2016) de Sun Yuan y Peng Yu, ese enorme robot industrial de acero inoxidable, gigante y eterno. Cuanta pena. Sentimos empatía por la máquina que sangra. No la podemos liberar. La hemos hecho sangrar. Porque la máquina sólo estaba para hacer sus tareas y ahora hace algo que sólo estaba reservado para nosotros: sangrar, morir. Los animales y las máquinas mueren sin nuestro permiso. Intentamos alejarnos de la vida en nuestra industrialización de paredes blancas y la muerte se atreve a entrometerse sin nuestro permiso. Todos sangramos, por delante y por detrás.
Y mientras el mundo mira. Los vecinos miran, los amigos, la policía, el poder, nuestra pareja. Ese enemigo seleccionado y, en ocasiones, elegido con detenimiento. Nos miran desde una distancia que comparece y asiste a nuestro propio horror. La empatía no cabe en un cuerpo, ni en una lavadora, ni en el hormigón. Ni siquiera en los gestos que nacen en nuestras pieles, en las erecciones, en las canciones, en las pantallas. La animalidad gana terreno a la vida. Y nosotros mismos nos convertimos en esos animales. La comunidad se enfrenta. Los animales están acorralados en jaulas de cemento, se aparean y matan entre sí. Intentamos domesticarnos los unos a los otros porque la maldad es el motor de nuestra urbanización gigante de piscina y árboles. Pero tenemos una piscina. Y una lavadora. Y una casa, normalmente. Una habitación, en algunos casos. Un trabajo, donde sangrar. Y aún así nos morimos. Se mueren todos a nuestro alrededor, y nosotros con ellos. Y nos sangra el culo, y las tripas, y no tenemos tumbas porque no queda espacio en las ciudades para morir.
Algunos personajes de Navarro pretenden llevar su duelo (que a veces sólo es incomprensión y no sentir hambre) de la mejor manera posible. Hacer todas esas cosas que se hacen cuando algo duele. Llevar flores a una tumba, recogerlas previamente y defender su sitio sobre la roca. Pero algo lleva roto mucho tiempo. El duelo no tiene espacio en la vida, porque la muerte nunca lo tuvo. Un coágulo de sangre que es casi de color negro cae en un patio lleno de niños, pequeños cuerpos de animales se aplastan en bolsas de plástico. Lo que es nuestro es suyo también. Porque tenemos un patio de césped artificial, con árboles falsos, y toallas de colores verdes, amarillos y rosas sobre ellas.
Sobre la falsedad hay una comunidad ficticia y observadora. Movida por los propios prejuicios de ese panóptico que hemos elegido habitar. Podríamos vivir alejados –y lo estamos– pero nos gusta estar alejados juntos, y formar parte de algo, incluso cuando ese algo es sangriento y vacío. ¿Y qué pasaría si estuviéramos vivos? Cómo podríamos contarlo. Somos animales. No nos conocemos en absoluto, y caminamos por ciudades laberínticas de edificios que se extienden de manera vertical hacia el cielo –porque el suelo no es suficiente, y el mundo tampoco–. Pero en definitiva, lo único que queremos es comprender algo, cualquier cosa; ya sea la muerte, la sangre o la vida. Nos alejamos los unos de los otros porque no entendemos el dolor. Habitamos casas vacías, sin armarios. Los cuerpos que nos acompañan nunca son tan satisfactorios como las sombras de nuestras mentes. No conocemos el lenguaje. Ninguna habitación podrá corresponderse con las paredes huesudas que acogen a nuestra masa viscosa, rosada, grisácea.
No sabemos vivir sin las ciudades desérticas que nos aterran, o los habitantes que se esconden en ellas. En medio de edificios tristes que se agolpan, el único refugio serán las paredes blancas brillantes, las cristaleras, los edificios comerciales, las máquinas, las lavadoras. Aquí no existe la temporalidad. Las carreteras funcionan como los únicos espacios sin tiempo donde la animalidad acecha sin temor. Los bichos cruzan el asfalto a oscuras, con la confianza de quien no conoce al hombre. La periferia no es humana, pero nos pertenece y la ensuciamos, y nos la follamos y la matamos. Ahí fuera podemos buscar nuestro sentido, nuestro sueño, aquello que seremos algún día. Porque si no estamos en la ciudad, tendremos que estar en ese asfalto que nos une con lo otro. Si te mato es para que no sufras más. Quédate ahí quieto mirando los faros, mientras mis ruedas cruzan por tu pequeño cráneo de animal.
Y de pronto, la empatía nos sorprende, no sabíamos que nos cabía en el cuerpo. Y realmente podría ser cualquier otra cosa. Otro nombre que confundimos porque nadie nos enseñó la palabra. Podríamos huir lejos, a la periferia. Allí donde las palabras no son necesarias, porque no sabemos usarlas. No sabemos qué es la adultez, y por eso ansiamos volver a ser un niño que recoge gorriones que se caen de un nido, o que nuestra pareja cuide a nuestro hijo y que nosotros seamos ese hijo. Porque cómo es posible que aquello que somos se rebele contra nosotros. Al final tendremos que matarlo. Porque ante la docilidad de los tiempos actuales, el único refugio posible es la animalidad. La carne retorcida, el sexo triturado, la putrefacción que compadece. Comer para no ser comido. Matar para poder morir después.

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