Una reflexión sobre el elitismo cultural y en defensa de la literatura infantil
Todos los mayores han sido primero niños.
(Pero pocos lo recuerdan).
Hace poco, ante un gravísimo bloqueo lector, volví a leerme la saga de Manolito Gafotas, de la autora Elvira Lindo, que el año pasado cumplió su 30º aniversario. Para quienes crecisteis leyendo las aventuras del niño de ocho años más famoso de Carabanchel y del mundo mundial, poco puedo añadir; fuisteis muy afortunados. Para quienes no lo conozcáis, no os preocupéis: aun estáis a tiempo.
Puede que os sorprenda que yo, una adulta seria, con un trabajo serio, escribiendo en una revista seria (o eso pretendemos) se atreva a recomendaros una obra infantil. Puede que incluso lo encontréis ofensivo, o creáis que se trata de una tomadura de pelo, y no os culpo. Se nos ha enseñado que las cosas de niños solo pueden disfrutarse en la infancia. Desde juguetes hasta películas, videojuegos o cómics, todos los entretenimientos que nos acercan al mundo que estamos empezando a conocer se quedan estancadas y relegadas a la categoría de la niñez, calificándolos de simplista, banal, de baja calidad, inmaduro y, en definitiva, infantil.
En la definición de la palabra infantil en la RAE, si obviamos las primeras acepciones, referentes a su utilización para designar lo relativo a la infancia, nos encontramos con que el significado del adjetivo se asocia con aquello «que semeja a un niño por su ingenuidad o inmadurez» o al comportamiento «propio de un niño», tomando como sinónimos las palabras ‘pueril’, ‘inocente’, ‘ingenuo’, ‘cándido’ o ‘simple’.

Pareciera que el ocio tuviera edad, y el deseo de divertirse fecha de caducidad. Cuando crecemos, se espera que nuestros gustos evolucionen con nosotros. Abandonamos las muñecas, los legos, los dibujos animados y las canciones infantiles y los sustituimos por ‘hobbies’ más apropiados, como la decoración de interior, la jardinería, pilates, la cata de vinos, el cine de autor y la novela histórica.
Una cultura jerarquizada
Cuando se trata del ámbito cultural, esta diferenciación se acentúa. A lo largo del tiempo, los productos culturales de toda índole se han visto clasificados, canonizados y calificados mediante una serie de valores y criterios intelectuales. Estas valoraciones, establecidas principalmente a través de los movimientos intelectuales y las élites académicas, ha instaurado la creencia de que ciertas obras, estilos y géneros son intrínsecamente superiores a otros, mereciendo por tanto mayor prestigio y legitimidad.
Se constituye así una élite cultural, históricamente ligada a las estructuras de poder y las altas clases sociales, que jerarquiza los gustos y distingue los públicos. En este proceso, algunos productos se han asociado al consumo de masas, a lo popular y a la ‘baja cultura’ con condescendencia, tachándolos de sensacionalistas, ‘naif’, vulgar o mediocre. Y, por supuesto, en esta jerarquización intelectual no hay cabida para la literatura infantil, que jamás podría hacerse un hueco en el Canon de Harold Bloom.
La problemática del elitismo cultural no es nueva. Ya en 1984, Bourdieu sentenciaba en su obra La distinción. Criterio y bases sociales del gusto esta práctica:
«La negación de los placeres inferiores, groseros, vulgares, venales, serviles —en una palabra, naturales— que constituye la esfera sagrada de la cultura, implica una afirmación de la superioridad de aquellos que pueden sentirse satisfechos con los placeres sublimados, refinados, desinteresados, gratuitos, distinguidos, que permanecen para siempre cerrados a los profanos. Por eso el arte y el consumo cultural están predispuestos, consciente o inconscientemente, a cumplir una función social de legitimación de las diferencias sociales.»
Esto llevaba al sociólogo a concluir que «a la jerarquía socialmente reconocida de las artes y, dentro de cada una de ellas, de los géneros, escuelas o períodos, corresponde una jerarquía social de los consumidores», algo que «predispone a que los gustos funcionen como marcadores de clase».
Manolito Gafotas es tan solo uno más de los muchos otros grandes personajes controversiales que lo precedieron: Alicia en el País de las Maravillas, Matilda, Charlie y la Fábrica de Chocolate o Peter Pan sufrieron su misma suerte. Y, pese a ello, autores como Lewis Carroll, J.M. Berrie o Roald Dahl son hoy figuras ampliamente reconocidas de la literatura universal.
Está claro que existe una preconcepción de la literatura infantil como literatura fácil. Creo que esta premisa parte de dos asunciones erróneas, en la que se subestima, por un lado, los libros infantiles; y, por otro, se subestima a los niños.
En defensa de la literatura infantil
La propia Elvira Lindo ha salido en defensa de la literatura infantil en numerosas entrevistas:
«He escuchado comentarios llenos de desprecio con respecto a la literatura infantil y juvenil, a la que se tiende a infravalorar. Pero dentro de la literatura infantil y juvenil hay verdaderas obras de arte y no solo por las ilustraciones, sino por el texto; son obras donde la palabra tiene su peso e importancia».

Dar voz a un protagonista infantil requiere más habilidad de la que se aprecia en una lectura externa, porque emular el registro, las tendencias de comportamiento y las capacidades narrativas desde la perspectiva de un niño conlleva un gran conocimiento psicológico, lingüístico y literario para construir un relato verosímil a la vez que atractivo. Porque hablar como un niño cuando se es niño es obviamente fácil. Hablar como un niño cuando se es adulto presenta cierta complicación. Pero pensar como un niño cuando se es mayor es una tarea de una dificultad inimaginable.
Tampoco resulta sencillo dirigirse a un sector como la infancia, puesto que hay que adaptar el relato a la comprensión e interés de un niño. Sin embargo, la literatura infantil ofrece un margen de actuación que enriquece enormemente la escritura, a través de las dobles interpretaciones y las capas de lectura. Frecuentemente, este género se dirige a dos lectores implícitos simultáneamente, con referencias y niveles de comprensión que apelan al niño y al adulto a la vez.
Elvira Lindo explicaba en una entrevista que los libros de Manolito Gafotas poseen «varias lecturas» en las que «los adultos entienden unas referencias, ironías, frases, y los niños otras, y las interpretan de manera disparatada». Este recurso, propio de otros formatos como las películas infantiles del calibre de Shrek o Buscando a Nemo, permiten condensar distintos grados de humor, crítica o reflexión en una misma narrativa, de forma que ambos públicos puedan disfrutarlo por igual.
Además, mediante este registro de inocencia de la niñez, Lindo aborda temas complejos que tampoco pueden separarse de la experiencia de los más pequeños, por mucho que nos empeñemos en intentar protegerlos del mundo real, como, en este caso, la dimensión social. La autora explica que, en la época de publicación de la saga, no eran frecuentes los libros protagonizados por «una familia con tantas precariedades económicas, sonaba raro que en un libro infantil se hablara tantísimo de dinero».
Por último, como declaraba el premiado escritor Alejandro Zambra en su libro Literatura infantil, que poco tiene que ver con este género, «la expresión literatura infantil es condescendiente, ofensiva y redundante porque toda la literatura es, en el fondo, infantil».
En la obra, le escribe a su hijo pequeño:
«Se me hace tan absurda la existencia de una literatura no infantil, de una literatura para adultos, para no-niños, una literatura-literatura, una literatura de verdad; la idea de que hago y leo una literatura de verdad y que los libros que leemos juntos son una especie de sustituto o de sucedáneo o de imitación o de preparación para la literatura verdadera me parece tan injusta como falsa».

Porque el acto de escribir en sí implica jugar con el lenguaje y las historias, equivocarse, imaginar, mentir, divertirse, aprender y crear. Y todas esas son actividades propias de la infancia. Por eso Zambra señala este adultocentrismo que supone un «desprecio por lo que esas vidas significan, la sensación de que los niños son borradores de adultos», ante lo que defiende que «si es así, los adultos somos lo que quedó de los niños».
En defensa de los niños
La literatura ejerce un papel de suma importancia en el desarrollo de los niños. Así lo expone la profesora y autora Mª Carmen Morón Macías en un artículo:
«Desde que nace, el niño/a recibe formas poéticas y de ficción -contenidas fundamentalmente en canciones y narraciones- a través de los adultos, los libros infantiles y los medios audiovisuales. Este contacto, continuo y prolongado, le permite –gradualmente- formar expectativas sobre qué es el texto escrito, dominar las convenciones literarias y aprender a interrelacionar su experiencia vital propia con la cultural transmitida por la palabra».
Sumada a esta idea, Elvira Lindo observa que se menosprecia el humor y la comprensión de los niños, cuando «ellos entienden mucho más de lo que creemos», y que a través de obras como Manolito Gafotas, «los niños comienzan a comprender el doble sentido, el humor, la ironía…elementos fundamentales para construir el mundo imaginario de una persona». El personaje de Manolito tiene así una riqueza humorística que no se aleja tanto de los recursos que Cervantes empleó en el Quijote. De hecho, el académico Emilio de Lorenzo definía a Gafotas como «un pícaro sin hambre» que compartía incluso un punto de incorreción política y más rasgos de este arquetipo, subvirtiendo otros.
Pero lo verdaderamente importante de estas novelas es la mirada de Manolito sobre las cosas, porque es la mirada de un niño, una mirada que tiende a subestimarse cuando, en realidad, hay mundos que no se pueden observar con los ojos de un adulto. Como exponía el autor Antoine de Saint-Exupéry con ternura, «las personas mayores nunca pueden comprender algo por sí solas y es muy aburrido para los niños tener que darles una y otra vez explicaciones» de esas realidades invisibles para los más grandes. Porque «únicamente los niños aplastan su nariz contra los vidrios» y, como dijo el Principito, «únicamente los niños saben lo que buscan».

En otras palabras
Por supuesto, Elvira Lindo es mucho más que Manolito Gafotas y literatura infantil. Es también sus prestigiosas novelas, como Una palabra tuya (2005) y Lo que me queda por vivir (2010); sus artículos en El País y en revistas como Babelia; sus guiones de televisión y cine, entre ellos Plenilunio (2000), adaptación de la novela de Antonio Muñoz Molina; sus textos teatrales, como La ley de la selva (1996) o Llamadme Alejandra (2017); y sus recordadas narraciones y colaboraciones en la radio, especialmente en la Cadena SER; y su trayectoria sobrepasa con creces cualquier pretensión de encasillamiento.
Pero la saga del famoso niño de Carabanchel está a la misma altura y calidad que cualquier otra obra de la autora, que jamás ha desprestigiado el valor de Manolito Gafotas ni del género. Por eso, cuando ganó el Premio Nacional en 1998 por uno de los libros de la colección, Los trapos sucios, dedicó el premio «a esos adultos que son capaces de llevar bajo el brazo un libro con tapas infantiles sin avergonzarse». Porque no hay vergüenza, ni ingenuidad ni ignorancia en revisitar la infancia y comprenderla de nuevo. Porque todos fuimos niños primero, aunque a veces nos cueste recordarlo.
Probablemente, si yo les dijera «Manolito Gafotas es una novela costumbrista de crítica social en el contexto de Madrid de finales del siglo XX que rescata la tradición de Mark Twain», las personas mayores quedarían satisfechas y los intelectualoides de turno podrían devorar la saga sin remordimiento, abriendo debates sobre posibles interpretaciones y significados subyacentes, y no estaría mintiendo.
En cambio, si les dijera que a Manuel García Moreno le pusieron Manolito por el camión de su padre, camión al que llamaron así por su padre, Manolo; que es también apodado en su casa «el último mono» cuando su madre está a punto de darle una de sus míticas collejas; pero al que nadie reconoce en Carabanchel Alto por su nombre, ni siquiera su hermano, el Imbécil, ni su mejor amigo, el Orejones López; y que, sin embargo, es conocido en todo el mundo mundial como Manolito Gafotas, la reacción de los intelectuales y los mayores sería decepcionante, cuanto menos.
Para cuando dijera que Manolito Gafotas es un niño que posee la honestidad que solo da la inocencia y la observación de quien sabe más de lo que en realidad cree, que tiene una voz única para narrar historias que nadie parece querer escuchar, pero que cuenta con la misma ilusión, muchos ya habrían perdido el interés. Pero sería igual de cierto.
Vosotros elegid la explicación que prefiráis. Yo sé con cuál me quedo.
Bibliografía:
- Manolito Gafotas – Elvira Lindo
- Literatura infantil – Alejandro Zambra
- El Principito – Antoine de Saint-Exupéry
- La distinción. Criterio y bases sociales del gusto – Pierre Bordieu
- Los beneficios de la literatura infantil (Revista digital para profesionales de la enseñanza) – Mª Carmen Morón Macías

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