Cartas a los vivos

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El día que lo iban a matar, José María de Torrijos solo quiso despedirse. Él y sus compañeros, que habían encabezado un ataque heroico en defensa de la lucha liberal contra la represión del rey Fernando VII, habían cumplido ya siete días como prisioneros en el convento de los Carmelitas Descalzos de San Andrés, en Málaga. Habían resistido los ataques de las formaciones monárquicas que salieron a cortarles el paso, pero finalmente fueron superados en número y rodeados, lo que terminó forzando a su líder, un mártir de la causa contra el absolutismo, a rendirse. El tiempo en prisión tocó a su fin el 11 de diciembre de 1831, cuando Torrijos y sus cuarenta y ocho compañeros fueron fusilados sin juicio previo en la playa de San Andrés de Málaga. El pintor Antonio Gisbert dio vida a la terrible escena en su cuadro más famoso, pintado en 1888, en el que Torrijos, como un héroe romántico, afronta la muerte con la serenidad que pocas horas antes había expresado en la que sería su última carta. 

La víspera de su ejecución, Torrijos quiso decir adiós a su mujer, Luisa Sáenz de Viniegra, que continuaría siendo una liberal convencida, dedicando el resto de su vida a la memoria y publicación de la biografía de su esposo asesinado. Esa madrugada fatídica, el militar se despidió con estas palabras: 

Amadísima Luisa mía:

Voy a morir, pero voy a morir como mueren los valientes. Sabes mis principios, conoces cuán firme he sido en ellos, y al ir a perecer pongo mi suerte en la misericordia de Dios y estimo en poco los juicios que hagan las gentes (…) quise ser víctima por salvar a los demás. Temo no haberlo alcanzado; pero no por eso me arrepiento (…) Ten la satisfacción de que hasta mi último aliento te he amado con todo mi corazón (…) nos volveremos a juntar en la mansión de los justos, adonde pronto espera ir y donde sin duda te volverá a ver, tu siempre, hasta la muerte,

José María Torrijos

Muero como mueren los valientes y muero con tu nombre en los labios. Ése es el consuelo que Torrijos ofrece a quien ha sido su más leal compañera, su confidente, la única destinataria de sus últimos pensamientos. Promete afrontar su final con la entereza que le otorga su recuerdo, pero no se resigna ante la injusticia de morir sin poder acariciarla y le asegura que este final no es más que el abrupto desenlace de su existencia terrenal. Volverán a verse, volverán a hablarse. Esta despedida, estas últimas voluntades, son temporales, son la promesa de una continuación. La muerte no es el final. 

No sabemos con exactitud cuándo leyó Luisa estas líneas, pero con toda certeza fue después de que su marido fuera asesinado. Su mensaje fue una despedida, sí, pero para cuando su destinataria pudo recibirlo, era más que eso. Era un mensaje de quien ya no puede hablar, de quien ya no puede expresar más que lo que dejó escrito en vida, que a su vez solo será leído cuando ya no sea posible responderlo. Esa última declaración de amor se sitúa, por tanto, en un extraño limbo entre dos mundos completamente separados que constantemente anhelan poder rozarse. Las palabras escritas por quien se fue antes de poder decirlas, ¿a cuál de los dos mundos pertenecen?

El Otro Lugar

Los seres humanos nunca hemos estado satisfechos con la injusticia de tener que morir, o de tener que ser testigos de cómo otros lo hacen. La obsesión por conocer qué existe al otro lado es tan antigua como nuestra propia especie. No se trata sólo de querer saber cómo es ese otro plano de la existencia, si es que lo hay, sino de lograr tocarlo, comunicarse, recibir respuesta a alguna de las preguntas milenarias. ¿Hay alguien ahí? Esa pregunta temblorosa, el cliché de todas las películas de terror, cobra otro significado cuando la duda no surge del miedo, sino de la esperanza ¿Puedes escucharme? Las palabras rebotan contra las paredes y vuelven a su emisor, que no va a resignarse al mero silencio. Durante el siglo XIX, en un contexto de transformaciones sociales y económicas que hicieron tambalear el orden establecido, ganó gran popularidad la figura del médium, el mediador entre los vivos y los espíritus. El médium era la persona que, a través de diferentes rituales y utilizando sus extraordinarias capacidades psíquicas, era capaz de establecer contacto con los muertos y traer su mensaje de vuelta al mundo que abandonaron. 

Las sesiones espiritistas se convirtieron en un pasatiempo para los miembros de la clase alta, que utilizaban especialmente el método de la ouija para intentar comunicarse y frecuentaban espectáculos de médiums que afirmaban poseer el don de la clarividencia. Las investigaciones llevadas a cabo a posteriori revelaron un fraude generalizado, confirmando que muchos supuestos médiums empleaban técnicas propias de magos o ilusionistas para fingir que había existido alguna manifestación de la presencia de un alma errante que pretendía enviar algún mensaje a los presentes. Pese a que las situaciones de evidente fraude por parte de muchos espiritistas han continuado hasta hoy en día, esta no es, en absoluto, una práctica en extinción, y no lo será nunca, porque su objetivo es un anhelo tan elemental como respirar: ser escuchado. 

Ser escuchado por quien ya no está, a quien no se pudo contestar tras su despedida, desear recibir una respuesta, una señal, un signo desde el Otro Lugar. Extender la mano y parece que casi se toca algo, no puede saberse cómo tocar o siquiera si se puede, no se sabe cuáles son las reglas en la muerte, en vida las conversaciones y las caricias siempre saben a poco. Quizá al otro lado se pueda ver a todos los suplicantes, con sus ojos húmedos y acariciando una carta con las manos. Quizá el Otro Lugar es mudo, pero no sordo. 

Xosé Humberto Baena no permitió que la muerte lo enmudeciera. Fue una de las últimas personas condenadas a muerte por la justicia militar en España y fusilado por el régimen franquista el 27 de septiembre de 1975 en Hoyo del Manzanares. Estudiante de filosofía, militante del FRAP e incansablemente comprometido con la causa antifascista, a raíz de su participación en distintas protestas y organizaciones, fue reprimido por la dictadura y finalmente acusado de matar a un policía. Su proceso judicial, igual que el de sus compañeros de militancia, fue una farsa en la que ni siquiera pudo defender su inocencia. A los veinticuatro años, horas antes de ser asesinado, escribió a sus padres la que sería su última carta, desde la prisión de Carabanchel. 

Papá, mamá: Me ejecutarán mañana de mañana. Quiero daros ánimos. Pensad que yo muero pero que la vida sigue (…) Recuerdo que, en tu última visita, papá, me habías dicho que fuese valiente, como un buen gallego. Lo he sido, te lo aseguro. Cuando me fusilen mañana pediré que no me tapen los ojos, para ver la muerte de frente. (…) ¡Cuánto siento morir sin poder daros ni siquiera mi último abrazo! (…) yo estaré siempre con vosotros, os lo aseguro.

Cada vez que leo su despedida, la despedida de quien murió con los ojos abiertos, mirando a la muerte a la cara, solo puedo desear que, del otro lado, mucho más allá de las armas humeantes y del aliento pútrido de un régimen despiadado y agonizante, aquello que le devolviera la mirada le permita oír. Oír que le leyeron. Oír que le recuerdan. Oír que, cada día, le responden. 

Antígona

Siempre hay que escribir. Incluso cuando se ve el inevitable final, cuando lo escrito no va a ser más que una forma de decir todo lo que no ha podido llorarse, siempre hay que escribir. Incluso cuando el oscuro pulgar del destino busca aniquilar, aplastar tu cabeza contra el suelo, cuando muestra el abismo que yace al otro lado, uno debe arrastrarse como sea, gatear hacia la tinta y el papel, y escribir. Escribir sobre el suelo, dejar sello y marca. Presentarse como un igual, mostrarse preparado pese a la desesperación, como Antígona. Retar a Dios de tú a tú, lo decía Gata Cattana. 

La muerte y la doncella. Marianne Stokes (1900)

Espero que el Otro Lugar extienda la mano, que no lo haga difícil. Que me deje ver y oír, que la luz tarde mucho en apagarse al lado de mi cama. Espero poder verlo antes de que me vea. 

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