El niño perdido de Wolfe

Published by

on

La noche tiembla en la ventana. Un hombre mira el límpido cristal, mas, pese a la nocturna claridad, una lágrima y una niebla atraviesan su mirada. Al otro lado no hay nada y, de algún modo, nuestro hombre lo ve todo. No es la calle sucia y gastada lo que ven sus ojos. Perdidos están en otras calles que hace mucho que desanda. Hay una plaza y un niño que mira detenidamente las tiendas. Como en el cumplimiento de un ritual, sus pasos son solemnes y pausados. Contempla los escaparates predilectos y desdeña los no escogidos. La ferretería y el estanco, con sus objetos brillantes, le seducen, pero la farmacia muestra la Muerte a un niño, y el niño, instintivamente, la elude. Su paseo le conduce a la tienda de dulces donde dos rancios ancianos, el señor y la señora Crocker, custodian las delicias de chocolate como celosos guardianes. El niño se dirige con sus estampillas, y el hombre ve cómo se acerca tímido, lleno de deseo, pero a la vez temeroso de aquellos viejos ávaros, y pide quince centavos de gelatina tendiendo en sus pequeños dedos las estampillas que había honradamente ganado, y el viejo calcula bizqueando, calcula cada una de las fibras de las estampillas, su valor y las equivalencias con cada miligramo de gelatina, y se cuestiona de dónde habrán salido, si acaso aquel pillo no las habrá robado y amenaza con llamar a la policía y el niño corre llorando a decirle al padre que él no las ha robado, que las ganó trabajando para el señor Reed cuando el otro niño enfermó, y la figura paterna entra en la tienda y restablece la Justicia, y en el pedestal el ángel lánguido con sus manos amorosas en duro mármol prefigura esta Justicia, y el hombre recuerda todo esto y también se echa a temblar llorando.

¿Quién es el tercero que camina siempre a tu lado?
Si cuento, solo estamos tú y yo juntos,
pero si miro hacia delante por el camino blanco
siempre hay otro caminando junto a ti.
¿Quién es aquel al otro lado de ti?

Una presencia acompaña a Thomas Wolfe en la noche. El niño perdido, su hermano, está a su lado cuando contempla su reflejo. La luz vino y se fue y vino de nuevo dejando al descubierto los recuerdos. Los alumbra, momentánea, con el breve fulgor de la irrealidad. ¿Fueron un sueño aquellos años, vanas nuestras esperanzas? ¿O acaso queda en el río del Tiempo algo que podamos rescatar? Oh, extraño y amargo milagro del Tiempo si pudiésemos desentrañarte, anudarte en el pulso de nuestra sangre fluyendo… Pero todo cambia para poder seguir igual y todo sigue igual porque ha cambiado totalmente. El escritor se da cuenta de esto, pero su mano se mueve inconsciente, coloca en la mesa la máquina,  apura un cigarro, y entonces, con aire cansado, comienza a escribir: 

Y a través de la maraña de recuerdos de un hombre, desde el bosque encantado, el pobre niño de ojos oscuros y rostro sereno, extranjero en la vida, exiliado de la vida, hace mucho tiempo perdido, como todos nosotros, una cifra de los laberintos ciegos, mi pariente, mi hermano y mi amigo, el niño perdido, se había marchado para siempre.

Con este solemne párrafo concluye el relato El niño perdido de Thomas Wolfe. Es uno de los más bellos textos de la literatura norteamericana. Incomparable en su poder de evocación, está lleno de una poesía de la melancolía que anega al lector conforme avanzan las páginas. La historia narra el recuerdo de Grover Wolfe desde la memoria de su hermana, su padre y el propio Thomas, muchos años después de su muerte, aunque el verdadero protagonista es el Tiempo; todos los personajes al narrar sus recuerdos sobre Grover se dan cuenta de su liquidez momentánea, de la nitidez con la que la memoria vuelve al pasado presente cuando lo nombra y como se borra después. De este modo, el padre es incapaz de pronunciar Saint Louis porque con el nombre de aquel lugar todo vuelve a él y todo es como siempre había sido. Y la hermana reflexiona sobre cómo todas las cosas se pierden hasta parecer que no han ocurrido nunca… como si las hubiéramos soñado. ¿Hay algo más estremecedor que la increpación desesperada de la hermana hacia Thomas buscando respuestas?

¿Sabes a qué me refiero?…. Tú has ido a la universidad y yo quiero saber… Quiero que me digas si conoces la respuesta… Me refiero a esa mirada que tienen, esa extraña mirada en los ojos… ¿Sabes a qué me refiero?… ¿Has notado ese aspecto que tienen?… ¿Alguna vez te fijaste en eso cuando eras niño?… Dios mío, ojalá tuviera las respuestas a todas estas preguntas… Me gustaría saber qué salió mal… qué ha cambiado desde entonces… Y si nosotros también les parecemos raros a los demás… Y si nosotros también hemos cambiado… Y si nosotros también tenemos esa mirada extraña en los ojos… Y si nos pasa a todos, a todos y cada uno de…

El Tiempo transcurre y algo se va perdiendo. La luz vino y se fue y vino de nuevo, pero cada vez que regresa vemos algo menos. La memoria se apaga como el pequeño fósforo encendido en la noche o como el solitario lucero hundido en las siderales tinieblas. Por eso existe el Arte. Para prolongar el fósforo con otros fósforos, para arder junto a otras estrellas. Todos nosotros vamos desperdigando poco a poco nuestra esencia. El tiempo nos araña el ser y las partículas las arrastra el viento sin que nadie haga nada con ellas. ¿Fueron realidad acaso? Esa es la pregunta de la hermana de Wolfe al examinar sus propios recuerdos. Una pregunta que podríamos responder con el famoso verso shakesperiano: Estamos hechos de la misma materia que los sueños. Pues estamos hechos de recuerdos que fueron y que hay que retomar del pasado para traerlos al presente y darles consistencia. ¿No es el sueño realidad si el soñador sueña todo el rato? Ese es el secreto del arte de Wolfe y su mayor obsesión artística: capturar el recuerdo. El Arte es un ansia de trascendencia que busca encender un fuego con las cenizas que el tiempo deja. Su fin es impedir que se desperdiguen y se pierdan en la nada, como los sueños olvidados al despertar, como los niños perdidos a los que nadie recuerda. En este sentido, el triunfo de Wolfe es, dentro de lo posible, total. Mientras haya un lector que encuentre al niño perdido habrá algo, si no alguien, que regresa.

Deja un comentario