Exploramos la escritura como método de preservación de los recuerdos en los artículos de Leila Guerriero
«¿Qué, de todo esto, será pantano, recuerdo,
gajo desvaído de lo que alguna vez fue?»
Teoría de la gravedad, Leila Guerriero
Confieso que padezco la obsesiva enfermedad de la escritura. Para salvaguardar la memoria de los naufragios del tiempo, para refugiar la esencia de lo que he sido. No puedo eludir la necesidad imperiosa de transcribir lo vivido, una urgencia tras la que se aloja el temor ferviente a olvidar, a que la efimeridad arrase con cosas que tal vez debiera esforzarme en preservar, que quizás algún día me hagan falta. Escribo como forma de recuperar lo que todavía no he perdido porque, quién sabe, todo puede ser y es susceptible de perderse. Cristina Peri Rossi escribió este poema:
La memoria es una sobrevida.
Mientras me inclino para besarte
sé que vivo dos veces
la vez de esta noche tibia de otoño
en la que te acaricio con las manos
con los dedos con el pensamiento y con la voz
y la sobrevida de tu memoria
donde nos amamos
más allá del tiempoVivir dos veces, Cristina Peri Rossi
Porque me gusta pensar que vivir es recordar. Escribo de manera preventiva, para sobrevivir, comprendiendo el prefijo sobre- en el sentido de repetición e intensificación. Para sobrevivir, para volver a vivir, para no olvidar.
La escritora y periodista argentina Leila Guerriero (1967), o como la describe el periodista Juan Cruz, «la mujer que escribe mirando» es una experta en la transcripción de la experiencia. Sus artículos, concisos y certeros, capturan las memorias con la destreza de una red cazamariposas, atrapando las monarcas que sobrevuelan nuestras cabezas. En su libro Teoría de la gravedad, publicado en 2019, recopila algunos de sus mejores escritos para su columna en El País.

Con esta obra, cabalgando entre las difusas fronteras de la ficción y lo autobiográfico, Guerriero explora los recovecos de la Historia que verdaderamente importa: la que nos es propia. «Recuerdo de esos años tantas cosas» – afirma en el artículo Mi Derry – «pero es tanto más lo que olvidé». Y para combatir el olvido, no tiene más herramienta que su palabra, de la que se sirve con ahínco para reflexionar sobre la niñez, el amor, la amistad, la madurez o la muerte a través de una minuciosa examinación del recuerdo. Por ello, sus artículos nos trasladan a la experiencia de toda una vida. Guerriero narra una infancia que es suya, y algo mía, y un poco de todos:
Y entonces me vi. En esa misma casa, a los diez años, acomodando jazmines sobre la mesa, caminando descalza sobre el piso de madera, el calor, la luz, la hora de la siesta. Y Serrat, en el tocadiscos, cantando esa canción mientras mi madre lavaba la ropa. El olor del jabón y de las flores. La casa navegando como un barco hacia el verano. Y yo, en medio de todo, feliz de una manera perfecta y peligrosa. Con la única clase de felicidad que iba a salvarme. Con la clase de felicidad que iba a matarme cuando me faltara.
Volver a la infancia consiste en la inocencia de las nimiedades. Cuando estemos al borde de la muerte, no evocaremos los grandes rasgos de nuestra niñez, los remarcados hitos del desarrollo que fuimos alcanzando, las cosas importantes que aprendimos en la escuela, que para entonces ya no tendrán nada de importantes. Sin embargo, perseguiremos con desesperación el aroma de pan recién hecho que inundaba nuestra casa por las mañanas, nos vendrá a la mente el ruido mecánico del frigorífico viejo que nos hacía imaginar que la cocina era una nave espacial, volveremos a la bronca que nos echaron por romper cierta botella o rayar aquella mesa y a la vergüenza que sentimos, indagaremos en esa conversación de mayores que nos marcó porque no deberíamos haberla oído, pensaremos en la camiseta de rayas que nos encantaba y que en algún momento se nos quedó pequeña, escarbaremos en la memoria para recuperar la atípica risa de aquel amigo que sonaba como un delfín. Porque la infancia no se trata de las grandes cosas, sino todo lo contrario; es el territorio de lo desapercibido, lo ridículo, lo trivial, lo pequeño, lo indiferente, que sólo podría adquirir tal valor incalculable a los ojos de un niño.

Verse a uno mismo de niño o niña implica, a su vez, verse a uno mismo en el papel de hijo o hija, y en consecuencia, ver a nuestros padres, como un reflejo esencial de quienes fuimos, de quienes queríamos ser:
Tu niña con olor a cloro de piscina («Ese traje de baño te queda preciosa, hija, hijita»), tu niña con olor a pólvora («Qué puntería, hija, hijita»), tu niña con vestido blanco y pelo tirante y aros de perlas en el desfile del kínder (me llevabas de la mano por la pasarela mirándome como si me quisieras, me estuvieras queriendo, me querías), tu niña loca («¡Pa, voy a tener un barco, voy a vivir en una isla!», «Ah, hija, hijita, no sueñes, todo es fracaso, polvo, nada»).
Los primeros vínculos que nos enseñan a querer, a soñar, a ser; o a cómo no hacerlo. En la mirada de Guerriero a la infancia hay siempre algo de hostilidad y algo de ternura. Rose Brick dice en un poema: «Como mujer, siento mucha empatía por mi madre // pero como hija estoy tan enfadada». Porque resulta complicado ser hijos igual que lo es ser padres, sobre todo al principio, cuando aún somos pequeñas larvas en la fase inicial de nuestro ciclo, cuando no somos nada por nosotros mismos:
«Mi madre como soy tu madre y sos mío, mía, de mí, para mí, por mí, mi pequeño juguete de carne, mi insecto, mi muñón, mi pedazo de nada” (…) “¿Para qué sirve un padre? ¿Para hacer qué con la carne que parió?»

Pero la vida continúa, y los niños-larvas tenemos que convertirnos en pupas y eclosionar. Y lo peor de hacerse mayor, lo peor de tener que mirar nuestra infancia desde el tiempo y la distancia, es darnos cuenta de que nunca hemos dejado de ser esos niños. Que jamás abandonamos la infancia, y si lo hicimos fue porque se nos expulsó de ella, porque la vida nos obligó a mudar de cuerpo, a salir del huevo. De niña, jugaba a ser una mujer mayor, médico, profesora, madre, presidenta, banquera, secretaria. Han pasado décadas desde entonces, y tengo que admitir que, en el fondo, nada ha cambiado; que sigo jugando a ser adulta, fingiendo que sé lo que estoy haciendo, participando en esta mentira colectiva en la que todos acordamos que nos gustan cosas como buscar un buen trabajo, hacer reformas en el piso o el sabor de la cerveza. «¿Verdad que no parezco una mujer que esté preguntándose, a cada paso, todo esto para qué?», cuestiona la periodista.

Rechazo creer que estamos hechos para esto, que crecer consiste en esta experiencia artificial, inorgánica. Ser adultos es un acto performativo. ¿No estamos todos disfrazados de personas que no somos, escondidos detrás de una máscara? ¿Quién dice que no soy yo una columna de varias niñas pequeñas apiladas unas sobre otras, envueltas en una gabardina? ¿Y no estamos todos, en secreto, condicionados por el mismo inconfesable deseo de recuperar lo que perdimos en ese camino? De pequeña jugaba a ser adulta, y lo sigo haciendo, cuando, en realidad, sólo quiero ser una niña que juega. No una niña que juega a ser mayor, ni siquiera una niña que juega a ser una niña. Sólo una niña que juega. A secas. Pero cada vez que pienso en esa niña, la siento más y más lejos. «Por la mañana despierto en la cama de mi infancia», escribe la autora, «porque todo lo que pasó se ha ido».
Nuestra única consciencia de la vida que experimentamos, la única prueba que poseemos de nuestro paso, es la memoria que podamos preservar de ello. Vivir es recordar, y recordar es, al mismo tiempo, una constante reedición del relato de nuestras vidas, una reescritura de lo vivido.
Antes, mucho antes: hay que vivir. Pero ¿cómo? ¿Cómo? «Qué admirable/ el que no piensa “la vida huye”/ cuando ve un relámpago».
Leo a Guerriero y pienso en lo que es hacerse adulto, lo que concedemos, lo que renunciamos. Pienso en los hijos que serán padres de otros hijos y los padres que fueron hijos de otros padres. Me pregunto qué encontrarán cada uno de ellos cuando, mucho después de haber aprendido a volar, echen la vista atrás hacia sus cascarones de seda rotos, si se aferrarán a las grandes cuestiones o extrañarán las pequeñas nimiedades como yo. Leo a Guerriero y pienso que todas las vidas podrían ser la mía y que mi vida podría ser la de cualquiera, que no es lo mismo, aunque lo parezca. Leo a Guerriero y pienso que no fui tan mala hija, que no seré tan mala madre, que no soy tan mala joven ni tan mala adulta. Que no soy tan mala humana, a fin de cuentas. Leo a Guerriero y hago las paces con la dilución de la memoria, con la efervescencia de los recuerdos. Si vivir es una inevitable metamorfosis, tal vez escribir sea la piel que dejas.

Ante mi indefensión frente a lo efímero, me quedo con el consuelo del artículo Lo que se pierde, en el que la autora concluye: «No es verdad que todo permanezca dentro de nosotros. Hay cosas que se pierden para siempre. Hay, en el coraje de saberlo, una belleza helada». Es necesaria la muerte sucedánea de lo vivido para la aparición de un nuevo, infinito, presente. Forma parte del orden de la naturaleza.
Si vivir es una inevitable metamorfosis, tal vez escribir sirva de crisálida.

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