Vocabulario amoroso según Roland Barthes II: adorable

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Si decíamos que el amor no puede verosímilmente describirse o comprenderse, lo mismo sucede con el ser amado. Las características de esa persona responden tan perfecta y específicamente a mis deseos que, ante tal fuerza arrolladora, no consigo determinar con eficacia cuáles son las razones por las que lo hace. Encontrándonos en esa incapacidad para encontrar la palabra precisa que nos permita englobar todo lo que sentimos hacia él, no podemos hacer más que quedarnos con la más superficial, la que más fácilmente puede darnos la sensación de habernos explicado: adorable.

«ADORABLE. Al no conseguir nombrar la singularidad de su deseo por el ser amado, el sujeto amoroso desemboca en esta palabra un poco tonta: ¡adorable!»

Al contemplar la belleza del amado, llega hasta nuestra alma un fortísimo impacto, tal es el deleite que sentimos ante su hermosura que quedamos totalmente inmóviles y al lenguaje, que no es más que el vehículo que utilizamos para expresar todo cuanto nos acontece, le pasa lo mismo. El amor es tan deseable, tan adorable y significativo porque nos supera, su efecto es ampliamente más fuerte de lo que podríamos llegar a esperar y, entonces, quedamos a su merced, no podemos revelarnos. Ese instante, la primera vez que su belleza llega hasta nosotros y nos inunda, tiene vocación de reincidente, es un brillo potentísimo y sucede, como cuando somos deslumbrados por un faro o por la luz del sol, que, ni aun cerrando los ojos, podemos desprendernos de los estragos de su destello luminoso, trata de repetirse una y otra vez para seguir emanando su energía erótica. Es la gracia:

«lo que los Griegos llamaban la charis (Xaris): «el brillo de los ojos, la belleza luminosa del cuerpo, el resplandor del ser deseable»; quizás incluso, exactamente como en la charis antigua, añado aquí la idea —la esperanza—de que el objeto amado se entregue a mi deseo.»

Si ya sabemos que en el abrazo amoroso nos vemos completamente colmados, en el caso del amado, aplicamos una lógica semejante y lo percibimos como una totalidad, un todo. Todo cuanto yo podría desear, todo cuanto podría admirar y admiro, todo lo que adoro está adherido a la persona amada, la constituye y da entidad. Sería capaz de ir enumerando cada uno de los aspectos que me llenan tanto de esa persona (sus redondos ojos ambarinos, su tierna nariz respingona, la mueca que hace cuando me mira y zarandea su cabeza en expresión infantil, etc.), pero hay algo más, existe un componente más que desconozco e impide que pueda expresarme correctamente. Además, en el caso de hacer una lista de todo cuanto adoro del otro, no hago otra cosa que reducirle; no te amo por cada una de estas cosas, sino por todas ellas, por la manera en la que se mezclan en tu ser y te convierten en ese «Todo» que yo amo.

«el sujeto amoroso percibe al otro como un Todo y, al mismo tiempo, ese Todo le parece aportar un remanente, que él no puede expresar. Es todo el otro quien produce en él una visión estética: le loa su perfección; se vanagloria de haberlo elegido perfecto; imagina que el otro quiere ser amado, como él mismo querría serlo, no por tal o cual de sus cualidades, sino por todo, y este todo se lo concede bajo la forma de una palabra vacía, puesto que Todo no podría inventariarse sin disminuirse: en ¡Adorable! ninguna cualidad cabe, sino solamente el todo del afecto.»

Ya durante el siglo I de nuestra era, en los textos de Suetonio, se comienza a utilizar el verbo adorar (adorare) con el sentido de venerar y rendir culto a los dioses. No podría haber sido escogido mejor, nuevamente incidimos en dos aspectos que ya hemos tratado: el amado – que en este contexto sustituye a la divinidad – me supera, la fascinación me lleva a situarlo en un escalón por encima del mío, se merece mi adoración, mi admiración, su belleza llega a mí como una irradiación luminosa que me maravilla. No es casualidad que, al proceder de la raíz indoeuropea «dyeu-«, la palabra latina Deus, que da lugar a nuestro Dios, también pueda significar «ser de luz, luz diurna», que no es más que la razón de la existencia. Esa luz que el otro proyecta hacia mí le hace convertirse en un Dios. Y, por otra parte, el amado representa la totalidad, es todo cuanto yo deseo y, entonces, contiene todo lo que el mundo tiene que ofrecerme. Dejando dependencias amorosas insanas aparte y centrándonos en lo poético de la reflexión, podríamos decir que, en cuanto considero adorable a mi amado, abandono el politeísmo del desconocimiento y me convierto en fiel de esa religión en la que el único Dios al que adoro es él. Pero esto no acaba aquí, nuestro lenguaje tirita y queda indefenso cuando tratamos de hablar fundamentalmente de dos cosas: del amor y de Dios.

«al mismo tiempo que adorable dice todo, dice también lo que le falta al todo; quiere designar ese lugar del otro al que quiere aferrarse especialmente mi deseo, pero tal lugar no es designable; de él no sabré jamás nada; mi lenguaje tanteará, balbucirá siempre en su intento de decirlo, pero no podré nunca producir más que una palabra vacía, que es como el grado cero de todos los lugares donde se forma el deseo muy especial que yo tengo de ese otro (y no de un otro cualquiera).»

El término «adorable» es la frontera en la que el lenguaje se tambalea y no nos deja avanzar más, en ese momento nos deja lugar a la acción, abre una puerta a través de la cual sólo nos queda decidirnos por cumplir su significado. Antes de volver a la última residencia de la palabra, tenemos que darnos cuenta de algo: ese «y no de un otro cualquiera». Si nos ponemos a analizar, somos capaces de reconocer qué es lo que llamaríamos nuestro «tipo». Esto da para mucho más de lo que hablaremos en este artículo. Son una serie de características, de gestos, de expresiones o actitudes que nos parecen deseables y, cuando las vemos especificadas en una persona, ese ser nos resulta deseable. Tal vez sea el color de unos ojos, la manera de pronunciar una palabra o la postura que adopta un brazo al rodearnos, hay cosas que despiertan nuestro deseo dormido. Pero ahí hablamos de deseo y, como Barthes o Bauman o, incluso Milan Kundera reconoce al decir que «El amor no se manifiesta en el deseo de acostarse con alguien, sino en el deseo de dormir junto a alguien (este deseo se produce en relación con una única mujer)», debemos encontrar esa originalidad que reside en la palabra «adorable».

«Encuentro en mi vida millones de cuerpos; de esos millones puedo desear centenares; pero, de esos centenares, no amo sino uno. El otro del que estoy enamorado me designa la especificidad de mi deseo. Esta elección, tan rigurosa que no retiene más que lo único, constituye, digamos, la diferencia entre la transferencia analítica y la transferencia amorosa; una es universal, la otra específica. Han sido necesarias muchas casualidades, muchas coincidencias sorprendentes (y tal vez muchas búsquedas), para que encuentre la Imagen que, entre mil, conviene a mi deseo.»

Amparándonos nuevamente en Kundera: «Si el amor debe ser inolvidable, las casualidades deben volar hacia él desde el primer momento, como los pájaros hacia los hombros de San Francisco de Asís.» Hay cierta originalidad, cierta continuidad de relato que termina por hacernos sentir que debe ser esa persona, que hay mil deseables pero sólo una adorable, que es quien ha sido creada para colmar cada uno de mis deseos. Es esa unicidad la que nos hace ser superados, el repentino hallazgo de un ser que ha sido diseñado perfectamente para mi individualidad. Volvemos a vernos inmersos en el mismo adverbio, así nos lo cuenta Barthes: «Adorable quiere decir: éste es mi deseo, en tanto que es único: «¡Es eso! ¡Es exactamente eso (lo que yo amo)!».» No podemos salir de allí porque, como nos cuenta este libro, en el momento en el que el amor aparece, el lenguaje no puede hacer más que fracasar.

«De este fracaso del lenguaje no queda más que un rastro: la palabra «adorable» (la correcta traducción de «adorable» sería el ipse latino: es él, es precisamente él en persona).»

Al proclamar que el otro es adorable, lo que realmente manifiesto es que, así como en el mito de su unión con Psique, el amor, el deseo, el propio Eros es quien se vuelve humano para encontrarme, esa persona es mi deseo en sí mismo, no forma parte de él, lo conforma por completo. Es una necesidad: tiene que ser él. El simple hecho de que lleve tantas palabras para llegar a definir lo que sucede en el amor no es más que una evidencia de esa fatiga del lenguaje, de esa imposibilidad, de la certeza de que, a este punto, no puede ser más que tautología, repetición inútil e infinita de una misma palabra, no consigue aportar nada más:

«Es adorable lo que es adorable. O también: te adoro porque eres adorable, te amo porque te amo. Lo que clausura así el lenguaje amoroso es aquello mismo que lo ha instituido: la fascinación.»

Pero, para concluir de una vez por todas, no deberíamos entristecernos por este fracaso lingüístico. La fascinación es la última frontera – y es, a su vez, el inicio del amor -, nada es descriptible a partir de su efecto, es el final del lenguaje, al alcanzarlo sólo podemos repetir una y otra vez la misma sentencia, como un disco rayado, pero en una repetición que me deja disfrutar de lo sublime del amor, del vuelo sin motor al que me lleva desembarazarme del lenguaje, dejar de necesitarlo. No es que la lógica, el pensamiento racional y el poder de las palabras hayan claudicado y no sirvan para nada, es que yo he conseguido superarlos, es el amor la victoria definitiva, superamos cualquiera de nuestras limitaciones.

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Bibliografía mencionada:

Fragmentos de un discurso amoroso – Roland Barthes

La insoportable levedad del ser – Milan Kundera

3 respuestas a «Vocabulario amoroso según Roland Barthes II: adorable»

  1. Avatar de Vocabulario amoroso según Roland Barthes III: átopos – CAPÍTULO 73

    […] habíamos aprendido que aquello que es adorable lo es porque es lo único capaz de alinearse con todos nuestros deseos y ahora, en relación con esa […]

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  2. Avatar de Hemos sustituido el erotismo por el narcisismo – CAPÍTULO 73

    […] ese liberarse de las ataduras del ego y no dedicarse a nada más que al otro; esa cualidad de adorable, de átopos, de unicidad transformadora en los ojos del otro es lo que engendra al amor, lo que […]

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  3. Avatar de Vocabulario amoroso según Roland Barthes VII: obsceno – CAPÍTULO 73

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