Duras y la construcción de la identidad femenina mediante el deseo

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«No se trataba de atraer al deseo. Estaba en quien lo provocaba o no existía. Existía ya desde la primera mirada o no había existido nunca»

Marguerite Duras, El amante

Hasta hace relativamente poco, la expresión literaria del deseo estaba relegada a los hombres. Por eso, que las mujeres hallaran una grieta en el canon dominante para infiltrar sus voces en el panorama literario del romance supuso una gran victoria, tanto para el feminismo como para la propia literatura. Grandes escritoras emergieron y reclamaron el protagonismo femenino en las nuevas narrativas románticas, dando lugar a magníficas obras en las que las autoras rompieron con los tabúes obsoletos y se permitieron escribir; ya no sólo del amor ortodoxo, purista y tradicional al que tanto tiempo estuvieron sometidas, sino que ocuparían roles alternativos desde los que también hablarían de sexo, placer, identidad y deseo. Sin embargo, tal vez se trate de un triunfo parcial. Las mujeres ya pueden poseer la escritura sobre el deseo. ¿Pero ha logrado lo femenino poseer el deseo en sí mismo?

La escritora Anaïs Nin expresaba en algunos de sus ensayos la idea de que el hombre realiza su deseo a través de la mujer, y la mujer realiza su deseo a través del deseo del hombre. ¿Qué quiere decir esto? Que, si bien las escritoras hablan del deseo, no lo poseen. Actualmente, la construcción de la identidad femenina sigue, en gran medida, arraigada a una serie de preceptivas patriarcales en los que el valor de la mujer se encuentra intrínsecamente vinculado a su condición como objeto de deseo del hombre. Por este motivo, hallamos numerosas obras en las que la figura femenina, pese a ser protagónica, se construye a sí misma a través de dos ejes inseparables: amor y placer, ambos siempre supeditados a la cuestión existencial de ser deseadas o no.

Un excelso manifiesto de la escritura del deseo femenino es la obra El amante, de Marguerite Duras. El erotismo cobra una vital importancia en este libro, debido a que constituye las vértebras desde las que la protagonista se crea a sí misma. La esencia de su personaje se erige en función del deseo. Duras nos presenta a una joven que se mira a sí misma desde fuera, a través de los ojos de otros. Esto lo hace la protagonista primero en su infancia, mediante el reflejo de ella que le ofrece su madre, con la que comparte una mala relación y una notable separación emocional. Sumado a la ausencia de un padre difunto, lleva al segundo lugar de encuentro consigo misma: la mirada masculina como método de autodeterminación de su ser.

La epidemia de observarnos desde los ojos del deseo

La escritora Margaret Atwood describió a la perfección este efecto de autopercepción femenina: “Eres una mujer con un hombre dentro observando a una mujer. Eres tu propio voyeur», y El amante condensa una altísima dosis de este ‘voyeurismo’ interno en su personaje principal. La protagonista existe en la medida en la que es deseada. Ansía experimentar, descubrirse a sí misma y reconocerse a través de la vivencia del amor, del placer, del deseo. La importancia de ser mirada o no, de ser atractiva o no para el género masculino supone la resolución de sí misma, como si la joven fuera una serie de piezas de un puzle y el deseo pudiera encajarlas para convertirla en una unidad. En la novela, cuando mantiene sus primeras relaciones sexuales con su amante chino, se observa:

“Pienso con frecuencia en esta imagen que sólo yo sigo viendo y de la que nunca he hablado. Siempre está ahí en el mismo silencio, deslumbrante. Es la que más me gusta de mí misma, aquélla en la que me reconozco, en la que me fascino.”

La búsqueda del placer se desarrolla como un acto contemplativo, ajeno, performativo. El deseo se convierte en una actuación, una representación artificial, puramente escénica. El anhelo del placer y la sexualidad se ve así desprovisto de su carácter natural e instintivo, de su cualidad como esencia inherente al impulso del sentimiento humano.

En las limitaciones de la sociedad moderna, el deseo de la mujer deja de ocupar el utópico espacio que debiera corresponderle como sentimiento del que ellas gocen, para transformarse en una necesidad obsesiva, un requisito sine qua non para existir. Ellas no poseen su anhelo, éste es un ente propio que las engulle y se apodera de ellas, que solo pueden sucumbir y dejarse dominar por su religiosa doctrina. Kate Millet afirmaría: “el amor ha sido el opio de las mujeres, como la religión el de las masas”. Puede que, más que el amor, sea el deseo el nuevo opio al que nos sometemos.

Tanto hombres como mujeres estamos inmersos en una sociedad desigual y machista, de cuyos aprendizajes resulta muy difícil desprenderse. La mirada patriarcal se ha apropiado de las propias mentalidades femeninas, alterando la percepción de las mujeres sobre sí mismas e insertando en ellas el criterio de la perspectiva masculina. Ellas no pueden verse con sus propios ojos: siempre será una mirada prestada, enseñada, impuesta. Aprendida desde la infancia e interiorizada con firmeza. Observan sus cuerpos, sus gestos, sus actitudes y sus pensamientos bajo el prisma de la visión del hombre, como en un espejo cóncavo que les devuelve una imagen deformada.

La reflexión como único antídoto

¿Cómo defenderse de esta ilusión óptica, cómo desprenderse de esta perspectiva adquirida que nos expulsa de nuestro propio deseo? No existe una respuesta acertada. El feminismo más contemporáneo y vanguardista sigue explorando las formas de hacer frente a las imposiciones socioculturales asociadas al género que determinan los roles y valores que habitan las mujeres en sus vínculos. Esto se refleja, a su vez, en nuevas narrativas literarias incipientes, que buscan exponer estas realidades y apropiarse del deseo desde nuevas formas y conductas desvinculadas del pensamiento patriarcal. Un campo apenas explorado que aún precisa de tiempo y avance para lograr su objetivo.

Sin embargo, el primer paso de este incierto camino ya fue dado, hace mucho, en novelas como El amante. Y es que lo más importante para transformar algo es tener la capacidad de identificar la necesidad de dicho cambio. En la obra de Duras no bastaba con ser deseada. Ella quería ser el propio deseo, en toda su abstracción. Lo enriquecedor de su narrativa radica en cómo su protagonista, si bien vive la experiencia del deseo de la manera descrita, es consciente de ello. No se trata de un sujeto pasivo que asume la realidad, sino que persigue constantemente esa búsqueda más allá, esa reflexión, esa obstinación por encontrar lo que se esconde detrás de cada pensamiento. Es una narradora que se cuestiona esas ideas preconcebidas, que se preocupa por repensar sus creencias, que trasciende y se pregunta por la raíz de las cosas:

Podría engañarme, creer que soy hermosa como las mujeres hermosas, como las mujeres miradas, porque realmente me miran mucho. Pero sé que no es cuestión de belleza sino de otra cosa, por ejemplo, sí, de otra cosa, por ejemplo, de carácter (..) Parezco lo que quiero parecer, incluso hermosa si es eso lo que quieren que sea, hermosa, o bonita, bonita por ejemplo para la familia, solamente para la familia no, puedo convertirme en lo que quieran que sea. Y creerlo. Creer, además, que soy encantadora. En cuanto lo creo, se convierte en realidad.”

Comentaba una de las representantes de Historia de la Psiquiatría de la AEN en una conferencia que “en los escritos de Duras no hay resolución para el deseo”. En El amante el deseo nunca termina de satisfacerse ni alcanza su plenitud, pero he ahí su singularidad y atractivo. Esta novela es una obra que, tras su aparente temática erótica y romántica, trata entre sus líneas una cuestión mucho más valiosa: la consciencia de la construcción y percepción de la identidad femenina. Su narrativa apela a la (de)construcción de la subjetividad femenina deseante.

Puede que el amor sea el opio de las mujeres, o quizás el deseo. Pero voces como la de Duras abren una vía a la rehabilitación de nuestras ideas y asientan la posibilidad de un nuevo consumo en el que las mujeres escriban sobre el deseo, pero también descubran, experimenten y creen el deseo; y, sobre todo, en el que se apropien de su deseo, con la libertad de saber que siempre les perteneció.

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