‘Tengo miedo torero’: disidencia en el Chile de la dictadura

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Pedro Lemebel (1952-2015) era un escritor, un gran escritor, sí, pero no de novelas. Su propia personalidad y la manera en la que definía su arte – performativo, irreverente y contestatario – parecerían angustiosamente encorsetadas en los límites de la ficción. Es por eso que Tengo miedo torero es su única novela y, además, su reconocimiento lo debe en mayor medida a sus crónicas urbanas. Unos escritos que, con la poética y adornada prosa del autor, luchan contra la denigración, en favor de aquellos individuos territorializados en los márgenes y fronteras de su sociedad. Él los rescata y se rescata a sí mismo con ellos, dignificando a los artísticos travestis, las mariconas convencidas y el lenguaje en el que todos se congregan. No por casualidad decía Roberto Bolaño que: «Nadie llega más hondo que Lemebel. Y encima, por si fuera poco, Lemebel es valiente, es decir sabe abrir los ojos en la oscuridad, en esos territorios en los que nadie se atreve a entrar.» Por ello, en esta novela uno puede reconocerle, disfrutar de su depurado y personalísimo estilo, puede congraciarse con su genio.

En sus obras, el brillo, las puntadas de bellos hilos y el maquillaje se van colocando con delicadeza por encima de las rasgaduras, de las heridas supurantes, de los vacíos insalvables. A la manera en la que su personaje en la novela, La loca del Frente, teje, con la dedicación de una Aracne enamorada y trémula, sus tiernas creaciones; sus manteles, sus adornos, las fantasías evocadoras de todos los colores, por su parte, Lemebel, hace lo mismo con su escritura. Se trata de una narrativa de rouge, medias de cristal, boleros y purpurina que, no por ello, abandona su implicación con los desastres y los sufrimientos. La voz del autor, presente durante todo el relato, da pespuntes sutiles y gráciles, añade brocados áureos y certeros. La lectura de este libro termina dejando la sensación de contemplar un recargado y soberbio tapiz de querubines, alondras y una pureza singular.  

Tengo miedo torero

La novela nos enclava en la primavera de 1986 en Santiago de Chile, en un septiembre caldeado de protestas, bombas lacrimógenas y guanacos desafiantes, que espera el decimotercer aniversario del Golpe de estado del 73. Aquel fatídico día 11 en el que los militares, al mando del General Augusto Pinochet, atacaron el Palacio de la Moneda y derrocaron el gobierno de la Unidad Popular. En ese contexto, el presidente, Salvador Allende – el primer líder marxista en la historia en ser elegido democráticamente –, pronunció sus últimas y legendarias palabras en un discurso retransmitido por Radio Magallanes:

“Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor. ¡Viva Chile! ¡Viva el pueblo! ¡Vivan los trabajadores!”

El libro de Pedro Lemebel – aunque sin haber abierto sus lomos pueda parecerlo – no es una novela de proclamas políticas, o al menos no lo es de una manera manifiesta, gritona y explicita. El juego en el que nos embarcamos con nuestro autor está dotado de una sutileza y un cierto nivel de erotismo intelectual más estimulante para el lector. El activismo político se va desarrollando durante toda la novela desde una perspectiva individual e íntima que termina fluyendo hasta resonar en la colectividad. Estos septiembres de revueltas, tan conocidos por el autor, se han cronificado en el país de la cordillera ante la injusticia que lo abrasa y tiene, aún hoy, una pervivencia urgente y cotidiana. Así lo define Lemebel:

“La primavera había llegado a Santiago como todos los años, pero esta se venía con vibrantes colores chorreando los muros de grafitis violentos, consignas libertarias, movilizaciones sindicales y marchas estudiantiles dispersas a puro guanaco. A todo peñasco los cabros de la universidad resistían el chorro mugriento de los pacos. Y una y otra vez volvían a la carga tomándose la calle con su ternura molotov inflamada de rabia. A bombazo limpio cortaban la luz y todo el mundo comprando velas, acaparando velas y más velas para encender las calles y cunetas, para regar de brasas la memoria, para trizar de chispas el olvido. Como si bajaran la cola de un cometa rozando la tierra en homenaje a tanto desaparecido.”

El argumento de la obra nos presenta la relación entre La loca del Frente, un homosexual y travesti – de momento lo reduciremos a esto – y el hombre de quien se enamora, Carlos, un joven y delicioso estudiante universitario de clase media que se transforma en guerrillero urbano del Frente Patriótico Manuel Rodríguez. El activismo político del chico terminará por inundar la vida de La loca, convirtiendo su casa-palomar en una base de operaciones clandestina, atrapándola y cambiándola al verse inmersa en el atentado al dictador, Augusto Pinochet.

Otro de los aspectos clave de la novela es la inclusión del mandatario y de su esposa, Lucía Hiriart, como personajes. La irreverencia de Lemebel queda más que clara. En sus diálogos – mucho más extensos los de ella – se dibuja la caricatura de un Pinochet profundamente traumado, acomplejado y atormentado por sus recuerdos de la infancia. En un momento, asistimos al cumpleaños del pequeño Augusto; su madre le obliga a invitar a todos sus compañeritos de la escuela y, al final, ninguno acude. El niño-dictador sólo es capaz de pensar en cómo hacerle daño al resto de niños. Es el retrato de un pequeño cruel e inadaptado. Incluso, en el atentado que el FPMR acomete contra su vida en El Cajón del Maipo, Lemebel nos cuenta del dictador que está aterrorizado en el asiento trasero de su coche blindado y:

«no quería moverse, sentado en la tibia plasta de su mierda que lentamente corría por su pierna, dejando escapar el hedor putrefacto del miedo.»

Por su parte, la figura de su esposa es la de una ruda provinciana obsesionada con la moda europea para diferenciarse de todo el populacho chileno, acomplejada tanto como él, por su procedencia ordinaria. Se la muestra como una charlatana voraz que tan solo consigue causarle a su marido dolores de cabeza. Para resumirlo de la mejor manera, podemos englobar todas sus apariciones bajo esta premisa:

“El dictador de gafas oscuras estaba tirado en el lecho como un elefante somnoliento, escuchando entre nubes la verborrea hostigosa de su mujer.»

La Loca del Frente

La vida de la Loca del Frente puede ser considerada un melodrama. Por lo menos en lo que respecta a su significado como drama seguido de música. A modo de pastiche o collage Lemebel introduce en la acción numerosas letras de boleros – como el que le da nombre a la novela – vertidas al aire por la apasionada boca de su protagonista. Sus vivencias y reflexiones se van entremezclando con el aroma melancólico y borracho de sus canciones; llenándolo todo de una ternura performativa, triste, pero categóricamente digna de travesti solitaria.

El cuerpo de la Loca es el cuerpo de Chile

Podemos entender que, su cuerpo y la relación que ella mantiene con él, es una imagen del cuerpo de la nación chilena. La Loca del frente vive arrastrando una serie de dolencias incomparables, su cuerpo – en esa ambivalencia entre el hombre y la mujer – es un territorio violentado, violado y maltratado; su trémula carne es una concreción oscura del dolor. Lo mismo con el Chile de la dictadura, una tierra a la que le ha sido impuesto un gobierno militar, a la que se le han arrebatado y desaparecido padres, hijos y hermanos, una nación violentada.

Ya entrando en la figura de La loca. Tal es el nivel de identificación y naturalización con el daño que, como tristemente le puede ocurrir a muchas personas, confunde el amor y el dolor, habiéndole sido tan a menudo negada la sana frontera entre ambos. Al narrarnos una escena de su deseo por Carlos, Lemebel apunta:

“ella lo único que quería era que él le faltara el famoso respeto. Que se le tirara encima con su tufo de macho en celo. Que le arrancara la ropa a tirones, desnudándola, dejándola en cueros como una virgen vejada. Porque ese era el único respeto que ella había conocido en su vida, el único aletazo paterno que le desrajó en hemorragia su culito de niño mariflor.”

La brutalidad era, para ella, la única forma de explicitación del amor; su deseo, su sexo, su posesión del cariño tendría que vehicularse por medio de la agresión, de la vejación, de la violación. Su psique había interiorizado la idea más horrenda que puede albergar un alma humana, la certeza de que, el amor, sin importar las circunstancias, tiene que materializarse en un insoportable dolor. Todo esto tiene, como todos los traumas, una raíz muy profunda:

“Y con esa costra de respeto había aprendido a vivir, como quien convive con una garra, entibiándola, domesticando su fiereza, amasando la uña de la agresión, acostumbrándose a su roce violento, aprendiendo a gozar su rasguño sexual como única forma de afecto. Por eso la educación de Carlos la violentaba con su afelpada suavidad. Cabro pituco, murmuró divertida.”

La delicadeza con la que Carlos la trata es, para ella, una desagradable formalidad. En su manera de verlo, el hecho de tratarla de acuerdo a unos códigos de respeto y suavidad era una bofetada de indiferencia. Sin embargo, La Loca, deseaba algo más, ansiaba la distinción del amor, que la tratase como sólo podría tratarla a ella, y para ello había de rechazar sus comportamientos tiernos de “Cabro pituco”, tendría que adoptar la única rutina de amor que ella reconocía: la de las fieras.

El posicionamiento sexual en la frontera

El hecho de que el activismo político de la Loca no sea explicito y activo, como es el de Carlos, no lo reduce ni simplifica; significa, por el contrario, que su movimiento es distinto. En su caso, el compromiso social parte de la intimidad, del posicionamiento vital – de libertad individual y disidencia sexual -, para adscribir su efecto en la colectividad. Su cualidad de travesti, de sexualidad ambivalente, pero sincera, funciona para edificar una postura política más cercana al amor y la ternura que a la violencia.

La teatralidad, el adorno y lo performático de su identidad – “Es que tengo el alma de actriz. En realidad, no soy así, actúo solamente” nos dice la Loca – posibilita una suerte de ardid en el que es capaz de sobrevivir y resistir ante una realidad de sufrimiento, represión y odio. Parece enseñarle a Carlos que, la revolución que él busca por servicio a Chile, ella puede llevarla a cabo por el simple hecho de ser y de tener lo más importante de todo: el más sincero y desinteresado amor, casi un ágape griego.

Lemebel nos deja claro que, en un contexto de sometimiento violento de la subjetividad y la identidad, la sexualidad y el amor, la escenificación de lo cotidiano, la elevación de todo lo mundano que acontece, es equivalente a la acción clandestina, a las pancartas o a los cócteles molotov. El maquillaje, la pluma, las medias de rejilla son, al fin y sobre todo en esos años ochenta, tan necesarias como las acciones explicitas de resistencia. El erotismo, la sensualidad y el amor también permiten descerrajar los altos muros de la dictadura de Pinochet.

Al final ella se queda sola, es verdad, pero es su decisión. Esta temporada con Carlos le ha cambiado, su forma de ser y de ver el mundo es completamente distinta, irreconocible. Aún así, lo fundamental permanece, lo irreductible se mantiene, es la misma y diferente a la vez. Es capaz de guardar dentro de sí todo aquello que él le ha dado, toda la dulce metamorfosis que con él ha experimentado. Pero, no va más, decide quedarse sola, quedarse en su Chile. Ha crecido y quiere guardar todo ese aprendizaje en el lugar más importante: su propio cuerpo, su refugio, su última trinchera. También a nosotros nos ha enseñado algo. Propongámosle un último bolero a nuestra Loca:

«Si negaras mi presencia en tu vivir
Bastaría con abrazarte y conversar
Tanta vida yo te di
Que por fuerza tienes ya
Sabor a mí.»

Ajuste de cuentas

Si bien decíamos que Pedro Lemebel no se encontraba cómodo en la novela, que prefería la performance y la crónica urbana, eso no desmerece su labor con Tengo miedo torero. Más aún, sabemos que, en esta novela, lo único ficticio son los nombres. El compromiso vital es real, el dolor vivido es real, la disidencia y la pasión son reales, todo lo que aquí se cuenta es real y está vivo, aún a día de hoy, está vivo. Además de conmovernos y hacernos disfrutar, esta novela nos enseña la importancia de la identidad, la absoluta necesidad de abrazar nuestra intimidad como un refugio contra toda la voracidad de las circunstancias externas.

Una respuesta a «‘Tengo miedo torero’: disidencia en el Chile de la dictadura»

  1. Avatar de A Roberto Bolaño lo hizo famoso la Literatura Nazi – CAPÍTULO 73

    […] oficial». Esa literatura que propuso el chileno, pero en la que también encontramos a su querido Pedro Lemebel, Ricardo Piglia, Manuel Puig, Juan Villoro o Mario Santiago […]

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