Un análisis de la artista y su creación a partir del disco que reúne los tres absolutos
Pedro Cepedal
Quién pudiera venir de esta tierra
Y entrar en el cielo y volver a la tierra
Que entre la tierra, la tierra y el cielo
Nunca hubiera suelo
El suelo es un páramo de rocas punzantes, arbustos y turba. Acoplado a fuerza de hondonada y terraplén. El cielo es espejo de su zafiedad, un laberinto pétreo de nubarrones. Insondable desde abajo. Ni siquiera penetrable. En este escenario comienza siempre la Historia de la humanidad. Con el corte del hilo tempore que la unía a la divinidad. En los Vedas, esa ruptura se da cuando los hombres caen en la ilusión y olvidan que son los fragmentos desmembrados de Purusha, el Uno. En Grecia, la Edad de Oro termina cuando Zeus se levanta para siempre de la mesa del convite con los mortales como castigo a su soberbia. El Génesis lo sitúa en la expulsión de Adán y Eva del Edén. El mismo acontecimiento, inevitable, quiebra la Unidad original de la belleza, la verdad y el bien, determinando el sentido trágico de la vida mortal: perversión, falacia, monstruosidad. El tiempo mítico termina, el cielo está cerrado, la Historia es oscuridad.
Desde que nace, el hombre siente fascinación por el numen. Incluso sin saberlo, anhela regresar a ese estado primordial de comunión con lo divino. A lo largo de su existencia, ha concebido distintos simulacros de acercamiento. El rito –sea iniciático, sacrificial, nupcial o funerario– es su forma más solemne. Posee un cierto carácter admonitorio, una rigidez simbólica que, a base de repetición, se fosiliza en alegoría.
El pensamiento racional ha sido otro sendero concurrido para buscar lo sagrado. Fue la filosofía, en un sobrio trabajo arqueológico, la que reconoció las piezas de la Unidad entre las piedras del páramo. La kalokagathía clásica identifica el bien moral y la verdad divina. Este absoluto sólo es perceptible para el alma humana por medio de la belleza, única forma de contemplación. Tomando el relevo de la filosofía, la teología clasificó las tres piezas y las colocó en vitrinas separadas. Pese a ello, San Agustín, en un rapto de inspiración, las pudo ver juntas por un instante: «Quien conoce la verdad, conoce esta luz, y quien la conoce, conoce la eternidad.» Sin luz interior no es posible alcanzar el conocimiento supremo que es la verdad de Dios, todo lo bueno y lo bello. A esa luz se acercará posteriormente Santa Teresa, no así Santo Tomás. Sin el rapto, la razón humana sólo emite luz artificial, proyectada desde el suelo, impotente para atravesar el cielo oscuro. Esta frustración lleva finalmente a la ciencia a renegar. Por más datos que procese a velocidad inabarcable, por más sondas que mande al espacio, sigue sin comprender la luz celeste porque no la ve.
Yo quisiera renegar
De este mundo por entero
Por ver si en un mundo nuevo
Yo encontrara la verdad
El yermo sigue sumido en la tiniebla. El alma ha celebrado los ritos, ha ahondado en el pensamiento y continúa apagada. Mira hacia arriba, sueña el cielo impenetrable. Del laberinto de nubarrones se desliza un hilo de luz. El espíritu, siempre tendente a elevarse, le dirige la mano hasta aferrarlo. Entonces se produce el rapto. El mismo de San Agustín y Santa Teresa. El mismo de Homero y Hölderlin. Y el de Miguel Ángel y Leonardo. El de Velázquez y Turner. De Bach, Mozart y Beethoven. De Ford y Bergman. El mismo rapto de los Beatles y Michael Jackson. También el de Pigmalión y Fëanor. Mientras dura el arrebato, el alma contempla develada la verdad del bien supremo de la creación. Mientras sostiene el hilo con una mano, con la otra reproduce el acto de crear. Cuando la luz se vuelve demasiado intensa, la mano se quema y el hilo se desvanece. El cielo permanece cerrado, el páramo es el mismo a la vista. Queda un cuerpo agotado que soporta el alma extasiada. Tiene una herida en la mano. Junto a él, un pequeño artefacto emite una luz que opaca todas las luces artificiales desperdigadas por el suelo. Es la obra de arte.
El acto de creación artística es el simulacro más perfecto que el hombre es capaz de realizar para acercarse a su origen sagrado. El artista persigue la luz como manifestación perceptible de la belleza que lo hace trascender al absoluto. La obra de arte es el prodigio que permanece de esa experiencia. Que se transmite de una generación a otra de mortales como vestigio de un sentido mayor de la existencia. Y la Lux de Rosalía se ha concentrado en una obra de arte en toda la plenitud de su significado. Desde el primer movimiento emite destellos que se intensifican progresivamente hasta esplender en «Mio Cristo». Con la misma potencia abre «Berghain» el segundo, que después titila por varias canciones para evitar la abrasión. Se estabiliza y condensa muy intensamente en torno a «La Yugular» y «Sauvignon Blanc» en el tercero, y finalmente estalla en el cuarto con «Memória» y «Magnolias» para convertirse en luz celeste. La luz de las estrellas. Durante toda la reproducción del disco, la orquesta sinfónica arropa un timbre que se eleva con un vibrato renacido. Las letras, de las más profundas a las más coloquiales, son las que tienen que ser. Cada verso refleja su acorde. La iconografía es deslumbrante. El continente integra a la perfección el contenido y lo restaura, devolviendo a esta palabra el pleno sentido que la corrosión de las redes le ha arrebatado.
Yo quepo en el mundo
Y el mundo cabe en mí
Yo ocupo el mundo
Y el mundo me ocupa a mí
Pigmalión esculpió una mujer tan hermosa que la quiso solamente para sí. Afrodita concedió su deseo y dio vida a la estatua, privando al resto del mundo de su belleza. En los Silmarils, Fëanor fue capaz de capturar la luz de los Dos Árboles que alumbraba la tierra. Las joyas maravillaron tanto a su pueblo como a los propios dioses. Incluso al corrupto Melkor, quien las codició para sí. Pero no fue su sombra, sino la del propio Fëanor, la que causaría la ruina del elfo y toda su estirpe. Cautivado por el resplandor que había logrado reproducir, el artífice se sumió en el delirio. Escondió los Silmarils para que nadie más pudiera contemplarlos, los perdió y renegó de los dioses. Murió tratando de recuperarlos, arrastrando a su raza a la destrucción. Como parte del bien divino, la belleza es un regalo para el mortal, ha sido dada para ser percibida. Cuando el artista confunde este don con el suyo propio, cuando se convence de que es él quien crea la belleza y no quien la reproduce, ocurre la hybris. El creador se enamora de su creación y pretende poseerla para sí, apartarla de los que también desean verla y, eventualmente, poseerla. La obra de arte no les pertenece ni a uno ni a otros. Es un regalo divino para el mundo y como tal ha de ser devuelta. La divinidad intervendrá castigando al soberbio y restableciendo el equilibrio.
Más allá de la técnica publicitaria, existe el riesgo real de que la verdad de la obra que Rosalía ha creado se olvide sepultada bajo capas de fango. Cuando cientos, miles de personas –la mayoría de ellas autodenominadas creadoras de contenido– tratan de apropiarse del arte que el disco contiene, este se hunde un poco más. Entrevistadores, analistas, críticos, opinadores y falsos creadores a la caza de un destello de Lux para poseerlo, moldearlo toscamente y ofrecerlo a sus seguidores. Para alimentarse juntos del mismo. Para mitigar sus propias sombras. Quienes se complacen en la contemplación de la obra tienen el deber de abstenerse del deseo de apropiarse de ella. El deber de liberarla para que irradie más alto. El mismo deber tiene la creadora. Su premio es también la contemplación de lo hermoso que ha originado. Sólo así la obra de arte perdurará, y el nombre de la artífice con ella.
Porque Lux es una epifanía sucedida de un modo tan natural como inevitable. Rosalía ha asimilado una catarsis. Ha tocado la luz que prendía en ella desde Los ángeles. La misma que ya había mirado fijamente en El mal querer y Motomami. Es artista porque hace lo que el artista debe hacer: buscar. Buscar la luz a partir de una intuición estética. Rosalía transgrede con respeto. Se cultiva en la tradición y la transmite. Lo irrespetuoso es la ignorancia, el olvido de los prodigios que brillaron antes. En la búsqueda, el artista debe inmolarse para vislumbrar. Rosalía ha perdido sus ojos en Roma como Stendhal en Florencia. Ha perdido el tiempo, la fe y la lengua. Se ha quemado y ha renacido. El corazón no lo ha perdido porque nunca le ha pertenecido. Eligió entregárselo al arte, a la búsqueda incansable. El arte lo ha depositado en este disco. Lux es bueno porque es hermoso y, por tanto, verdadero. La luz desencadena el movimiento del alma. Le da esperanza al embellecer el yermo con su resplandor. Lo Único es aquello que reúne los tres absolutos. Lux lo hace. Rosalía puede mirarlo a lo lejos para alumbrar su camino infatigable.
Promete que me protegerás
A mí y a mi nombre en mi ausencia
Yo que vengo de las estrellas
Hoy me convierto en polvo
Pa’ volver con ellas
Bibliografía
Aristóteles. (2014). Retórica. Gredos.
Calasso, R. (2019). Las bodas de Cadmo y Harmonía. Anagrama.
Eliade, M. (2014). Lo sagrado y lo profano. Paidós.
Heidegger, M. (2016). El origen de la obra de arte. La Oficina.
Heidegger, M. (2021). La pregunta por la técnica. Herder.
Hesíodo. (s. f.). Trabajos y días.
Otto, R. (2016). Lo santo. Alianza Editorial.
Ovidio. (2019). Metamorfosis. Gredos.
Platón. (2014). El Banquete. Gredos.
Platón. (s. f.). Fedro.
Platón. (s. f.). Ion.
Platón. (s. f.). República.
Rosalía. (2025). LUX [Álbum]. Sony Music. Pistas citadas: «Sexo, Violencia y Llantas»; «Mundo Nuevo»; «La Yugular»; «Magnolias».
Agustín, S. (s. f.). Confesiones (Libro VII, cap. 10, §16). Ed. dominio público.
Stendhal, H. (1998). Roma, Nápoles y Florencia (J. Bergua Cavero, Trad.). Pre-Textos.
Tolkien, J. R. R. (1977). El Silmarillion. Minotauro.
Rig Veda. (s. f.). Himno del Purusha (RV 10.90).
La Biblia. Vulgata. Génesis 3:23–24.

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