Volver y siempre volver al lugar donde una fue feliz.
Volver a los clásicos, volver a la dulzura del verso renacentista; a lo bucólico, a los pastores, a los prados verdes y al amor transparente.
Volver, de nuevo, a Pepita Jiménez.
Este libro de Luis Valera es un gran remanso de paz para mí. Es pensar en agua fresca y frescos pastos en un día de verano; es pensar en la posibilidad de que las almas a veces se encuentran y algunas sí están destinadas. Por eso recuerdo esta obra con gran cariño, porque fue de las primeras que estudié a fondo en la universidad, de las primeras que me emocionaron realmente y que ponían de manifiesto la fuerza del afecto y el poder transformador del amor.
Pero, si hay algo que me emocionó aún más, fue el diálogo entre Luis Valera y Garcilaso de la Vega. Dos obras que, separadas por siglos, guardan similitudes, paisajes y horizontes comunes. El joven sacerdote, Don Luis, pronunciaba una prosa poética muy similar a la de los pastores de las églogas de Virgilio y del autor renacentista. Su belleza, su lirismo, su claridad y su hipérbole son compartidas y alabadas en la obra del siglo XIX.
En tiempos donde la autoficción predomina la esfera literaria, donde no queremos imaginar mundos mejores, donde deseamos tumbarnos en la más cruda realidad, recupero, hoy, el locus amoenus, los huertos y los lares donde Don Luis se enamoró de la vida. Recupero y vuelvo a las palabras de la humilde y letrada Pepita, a los prolegómenos del amor, a la comparación con el verso renacentista.
«No era sueño, no era locura; era realidad. Ella me mira a veces con la ardiente mirada de que ya he hablado a Vd. Sus ojos están dotados de una atracción magnética, inexplicable. Me atrae, me seduce y se fijan en ella los míos […] Al mirarnos así, hasta de Dios me olvido».
Estos son los relatos que, en una secuencia epistolar, Don Luis envía a su tío, el capellán, al que va narrando lo que sucede en su pueblo. Desde el inicio, ha caído rendido a los encantos de Pepita y, aunque intenta escudarse en extravagantes excusas, sus letras hablan por él. En sus cartas, se entremezclan descripciones del espíritu y maneras de Pepita, junto con su físico angelical y canónico, que revoca la donna angelicata renacentista.
Así, nos habla de sus ojos: «Los tiene grandes, verdes como los de Circe, hermosos y rasgados; [… ] los ojos de Pepita […] están llenos de caridad y de dulzura». El espejo del alma, los ojos; el lugar del amor, de la conquista. Garcilaso también lo pensaba cuando escribía en el Soneto VIII, «aquella vista pura y excelente». En ellos se ve la verdad, en ellos se atisba el grado del sentimiento. Sin embargo, al final, es en la voz donde se materializa el afecto: «Sus palabras suenan en mis oídos como la música de las esferas», indica Don Luis. Una armonía celestial, de hecho, muy aclamada en los siglos XV y XVI. Por ello, Garcilaso, de la boca del pastor Bembo, en el Soneto XIII, describe a la amada y dice, «Voz, que parece armonía divina».

Probar el cuerpo de la joven es quizá el mayor pecado, pero observarlo, admirarlo, podría ser una vía alterna por la que venerar a Dios… ¿No? ¿Y qué cosa malvada puede haber en mirar unas manos, unas simples manos de largas y suaves falanges? ¿Qué malvado puede ser imaginar tocarlas, imaginar sus cuidados? Señala el sacerdote: «Se conoce que cuida mucho sus manos y que tal vez pone alguna vanidad en tenerlas muy blancas y bonitas, con unas uñas lustrosas y sonrosadas». Fragilidad, pulcritud, belleza. Aunque pretenda recriminar esa vanidad que puede ostentar la joven, en el fondo, destacar tanto detalle no hace otra cosa que delatarle.
De hecho, si hay amor, será por las manos. Será en ese lugar donde comience la imaginación, donde vuele el deseo. Decía Han Kang en La clase de griego: «Tomé conciencia de que el cuerpo humano es triste, de que está lleno de zonas cóncavas, suaves y vulnerables […]; de que es un cuerpo nacido para abrazar y desear el abrazo de alguien». Asir la mano, introducirla en la tuya, unir el cuerpo hasta el último centímetro de la piel. Don Luis dice:
«Tomé la mano que Pepita cariñosamente me alargaba y la estreché en la mía. La suavidad de aquella mano me hizo comprender mejor su delicadeza y primor. […] Dada la mano una vez, la debe uno dar siempre, cuando llega y cuando se despide».
El amor se ha culminado en los sentidos, en la vista, en el tacto, en el perfume. Fue la mano la que selló el pacto, y algo que se promete, no puede dejarse de cumplir. Por eso, prosigue el joven:
«Cuando Pepita y yo nos damos la mano, no es ya como al principio. […] Se diría que, por arte diabólico, obramos una transfusión y mezcla de lo más sutil de nuestra sangre. Ella debe de sentir mi vida por sus venas, como yo siento en las mías la suya».
La sangre, que es el líquido de la vida, puede ser también el líquido de la muerte. Y qué más puro sentimiento es aquel que asemeja su amor con lo que necesita, irremediablemente, para vivir y morir a la vez.

Entonces, aquello que nunca ocurriría, sucedió. ¿Es tan fácil negar a Dios? En el fondo, no. Don Luis se enamora de Pepita desde el momento en el que pisó su tierra natal, pero su batalla interna es humana y sincera. Aunque desearamos su unión, comprender y empatizar con el chico es inevitable. No obstante, poner palabras a lo que se siente es entrar ya en el máximo delirio. Por ello, reflexiona, en un imitatio del Soneto I de Garcilaso de la Vega, sobre esta falta que ha cometido: «Cuando me sustraigo a la fascinación, […] quiero mirar con frialdad el estado en el que me hallo». Garcilaso, por su parte, escribía, «cuando me paro a contemplar mi estado».
La confusión de Don Luis tiñe todas sus reflexiones y pensamientos: «Mi vida, desde algunos días, es una lucha constante». Luchar entre las demandas de la religión y lo que uno ansía en realidad es una tarea muy ardua. A veces, elegimos caminos que creemos para nosotros pero, no siempre estamos en lo cierto. Esa confusión y pesadumbre las mencionaba también Garcilaso de la Vega en el Soneto XII, en el que se pregunta cómo parar lo ineludible sin sufrir daños: «Si para refrenar este deseo//loco, imposible, vano, temeroso//y guarecer de un mal tan peligroso,//que es darme a entender yo lo que no creo».
Pero, más allá de los versos que recibe Pepita, el paisaje donde transcurre la historia de amor también cuenta con una influencia renacentista. No puede ser otro lugar que ese paraje, agradable y deleitoso, donde se desarrolle un vínculo como aquel:
«Mil plantas silvestres olorosas crecen allí de un modo espontáneo, y por cierto que es difícil imaginar nada más esquivo, agreste y verdaderamente solitario, apacible y silencioso que aquellos lugares».
Casi podemos tocar la vegetación, oler los perfumes, sentir el silencio de ese espacio en nuestro interior. En su Égloga III, Garcilaso observaba cómo la ninfa se sumergía en el agua y escuchábamos el discurrir del río con la métrica de la estrofa. Bajo la misma mirada, Don Luis describía así el vergel:
«La cascada, de agua limpia y transparente, se derrama en el fondo, formando espuma, y luego sigue su curso tortuoso por un cauce que la naturaleza misma ha abierto, esmaltando sus orillas de mil yerbas y flores, y cubriéndolas ahora con multitud de violetas».
Pienso en un cuadro de E.A. Rowe, pienso en un cuadro de Monet, pienso en la villa italiana en la que se enamoran los protagonistas de Call me by your name. Pienso en un halo amarillento que recubre las manos de Pepita y Luis; en que el amor, a veces, tiene sentido; pienso en que sus palabras dicen más de lo que pretenden, que los silencios también hablan. Que, quizá, esas manos, nunca volverán a separarse.

En un instante de la historia en el que el Realismo y Naturalismo colmaban el horizonte literario, Juan Valera rescataba la idealización, el verde pistacho, las magnolias y la flor del Renacimiento. En estos tiempos de incertidumbre, un realismo catastrófico y algo de pesimismo, a mi también me apetecía retornar a este “yugo dulcísimo” –como decía Don Luis–, a este amor brillante e ingenuo. Retornar a los clásicos, al canon, no siempre sale bien; pero, en ocasiones, algunos, despiertan aquello que llevaba tiempo dormido.
«Nada le he dicho, y sin embargo, nos lo hemos dicho todo».

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