El reino mágico de Marosa di Giorgio

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Existe un mundo intermedio entre el corporal y el espiritual en el que habitan las imágenes y los mitos que nos hemos inventado a lo largo de la historia. Así lo considera el sufismo, línea de pensamiento musulmán que busca el amor divino y la unión con Dios a través de la purificación del corazón. De un lugar muy similar hablaron los neoplatónicos cuando propusieron que entre el plano físico y el de las ideas había otro en el que se encontraban las imágenes. 

Es ahí, en el mundo imaginal, en el que ocurren los poemas de Los papeles salvajes de Marosa di Giorgio. A cargo de Adriana Hidalgo editora, el volumen contiene los 14 libros y cuadernillos que escribió la poeta uruguaya. Y al reunirlos se ha consolidado un libro lleno de imágenes vívidas y fantásticas —magnolias, campos labrados, zorros, gansos, ocas, hadas, duendes, ángeles, santos, nieblas, fuego, fantasmas, demonios e infiernos— que puede leerse como la epopeya de una niña rural que se enfrenta a la inevitable y traumática madurez, como una serie de microrrelatos sobre las familias que viven y trabajan el campo en compañía de las supersticiones y los temores religiosos, o como los sueños febriles de una poeta de Suramérica que ha leído los cuentos de Las mil y una noches. Esta no es, entonces, una antología, sino más bien un enorme poema fragmentado que tomó más de 50 años en escribirse y que necesitó de las manos de la autora, los editores y los lectores. 

Di Giorgio creó un mundo en el que la naturaleza y la fantasía no son opuestas, sino que hacen parte de un ecosistema que se armoniza con un yo lírico en las experiencias vitales del ser humano: el amor a los padres, el miedo a la noche y el paso hacia la juventud y la adultez. Un fragmento del segundo poema de la segunda parte del libro podría servir como resumen o tesis poética: 

«Pero, el tiempo dulce había pasado. Ahora, estaba de pie en la cabaña, recordándolo. Intentó hacer memoria de otras cosas; pero, su vida mirada hacia atrás, casi no tenía hechos; era viajar por un país de humo. En un tiempo ya remoto la madre se había juntado a la ronda de los ángeles. Volvió alguna vez, de noche, a prender las lámparas, sonriendo, pero sin responderle y sin mirarla. Después, eso también pasó».

Marosa Di Gorgio

La infancia y la naturaleza

En los poemas de Di Giorgio, muchos de ellos en prosa y narrativos, hay una estructura en común: el paso del tiempo y la transformación del mundo exterior y el proceso de maduración al que se enfrenta el yo lírico. Mientras que los árboles sacuden sus hojas, las pequeñas crías de conejos y corderos crecen en los corrales y el río nace y llega a su final, la niña que protagoniza los poemas, y que es a la vez quien los cuenta, se va haciendo más adulta. Cuando ella era joven, la naturaleza también lo era. 

En esa atmósfera, que en primer lugar pareciera amable, con imágenes de hadas, ángeles y magnolias, se encierra algo tan hostil como lo es la pérdida de la niñez. Así, los poemas que comienzan con un lenguaje inocente y amable, acaban con hechos e imágenes violentas:

«Miré el dibujo que hacían las hojas amarillas al caer.

En un mal libro se leía: «El alma sensitiva..

Pero, en ese instante entró el Cielo. Y estaba allí sentado entre los muebles vetustos y las jarras grandes como criaturas. Al paso y al caer de la tarde según su costumbre, se colmó de margaritas.

Yo, también, me puse el vestido más vistoso, las cuentas con luces, y me peiné de un modo rebuscado.

(…)

El cielo me atrapó.

Yo le dije: Te odio. Vas a devorar a todos mis congéneres. Y, a todo, tornas invisible.

Él me hablaba y no se entendía.

Desplegó todas las alas.

Y con sus testículos numerosos y celestes me amaba y me hacía trizas»

Marosa Di Gorgio

«Abuela» no solo es uno de los poquísimos poemas que está titulado en Los papeles salvajes, sino que hace parte de la minoría de los que son completamente en verso. En él, el yo lírico le habla al fantasma de su abuela y, a medida que avanza el texto, como si estuviera en un descenso, las imágenes pasan de tiernas y familiares a oscuras y terroríficas:

«Desde que te fuiste

siento que me llaman desde el trasmundo.

Sé que prendes lamparillas para mí

 y haces rodar planetas silenciosos

 por las casuarinas.

Anoche me desveló tu cabellera

 golpeándome en la cara 

(…)

sé que un gran corazón ha partido su almendrario 

y acuden pájaros ansiosos, 

entre las altas yerbas, oh, muerta deliciosa,

te descompones en siete aromas, en siete colores, 

voy a probar de ti.

Cadáver errante,

vas con las lejanas espigas mirando el cielo 

y estremeces levemente las caderas 

cuando llegan a poseerte los diablos del campo»

Marosa Di Gorgio

En  Los papeles salvajes, Di Giorgio ha construido un reino mágico en el que sus yo líricos y personajes intentan aferrarse a su niñez a través de las imágenes de la inocencia que solo la naturaleza puede manifestar. Pero al igual que la hoja cae y se marchita, y las cosechas del campo se llenan de gusanos y se echan a perder, la adultez es inevitable y todos somos víctimas del salvajismo del tiempo. Lo único que se puede hacer entonces es cantarle al ángel que se ha ido con nuestra inocencia: 


Mi ángel ángel, 

mi país y mi ángel, 

mi ánfora y mi estrella,

compañero de porcelana, 

reloj de miel,

te has quedado lejos,

te has ido lejos,

allá posado,

allá perdido,

allá volado,

sobre las torres de mi niñez

Marosa Di Gorgio

Di Giorgio, M. (2025). Los papeles salvajes. Adriana Hidalgo editora.

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