“En literatura, el egoísmo más absoluto es una delicia.”
“Lo que justifica a un personaje de novela no es que otras personas sean como son, sino que el autor sea como es. De otro modo la novela no es una obra de arte.”
Óscar Wilde.
Ha habido bastante debate sobre el tipo de literatura que produce Carrère y si, en efecto, podemos hablar de literatura en el caso de su obra. La pregunta no es baladí. Wilde, cuando Daudet confesó que había tomado sus personajes directamente de la realidad, comentó que había cometido un “suicidio literario”, que nadie podía interesarse ya por sus personajes y que, si acaso un autor tenía la vileza de tomarlos de la vida, que al menos tuviese la decencia de no hacer alarde de que eran copias. Leyendo esto pienso en Carrère (quien es por otro lado un gran admirador de Daudet) y en qué pensaríamos de un libro como Koljós si no supiésemos que el autor es Carrère, si creyésemos que Carrère es en realidad una invención, un narrador inventado que aparenta ser real. ¿Sería entonces mayor su valor artístico? ¿Depende entonces, paradójicamente, el objeto artístico del contexto, de la realidad? Parece evidente que el contexto y la realidad modifican el objeto textual. Cuando leemos un libro, ya sabemos qué esperar de él, y ello condiciona nuestra lectura. Normalmente nuestra lectura no es virginal, se nos ha dicho cómo debemos leer un libro y no podemos escapar de esa lectura que se nos impone. ¿Acaso no está haciendo Carrère una suerte de lectura borgeana sobre su realidad? ¿No escribe para aprender a leer su vida? Yo pienso que una lectura interesante de su obra consistiría en analizarla como se analizan los textos de Borges o como Pálido fuego de Nabokov en donde la literatura o el subjetivismo destruyen el objeto que tratan de preservar con tanto celo. Carrère nos dice que busca la verdad, que le obsesiona, pero en el fondo quiere convencernos de un juego de poder y de influencias. Esto se ve muy bien en el triángulo que forman su madre, su tío y él. La literatura surge de la contaminación del objeto por la visión del sujeto: la mirada que transforma. No es el arte el espejo puro que muestra la realidad, sino un espejo en donde la realidad se deforma porque actúa sobre ella el recuerdo, la memoria. Qué interesante resulta aplicarle a Carrère la teoría literaria de Bloom sobre la angustia de la influencia que sufre un artista respecto de sus predecesores y cómo trata de escapar de esa influencia. Carrère parece llevar a cabo en este libro un expurgo, un exorcismo de fantasmas artísticos, no solo personales. En Carrère parece claro que existe una cierta angustia respecto a la figura intelectual de su madre y que en esta carta de amor hay también una lucha silenciosa que se disfraza de honestidad y equidistancia. No dudo de la pureza de intenciones de su autor, pero en el arte las intenciones no importan casi nada. Es el inconsciente, en su mayor parte, el responsable de lo artístico y lo genuino.
En Koljós, Carrère consigue un retrato conmovedor de los miembros de su familia. El libro comienza con el funeral de Estado de su madre, Hélène Carrère d’Encausse, figura intelectual de gran importancia en Francia, Secretaria Vitalicia de la Academia Francesa y tal vez la mayor experta soviética-francesa del siglo anterior. A partir de este hecho, Carrère cuenta la historia de su familia, que es también la historia de la migración rusa, pues todo lo grande se refleja en lo pequeño y viceversa. Igual que Foucault, Carrère aborda lo histórico desde lo atómico, de tal modo que a través de las diversas generaciones vemos transcurrir el siglo XX hasta nuestros días. Carrère, pródigo en anécdotas, consigue amenizar las casi 450 páginas con una prosa hipnótica de una sencillez nada sencilla. Me gustó particularmente una fórmula atribuida a una ucraniana francófila que describe perfectamente tanto a los personajes de Dostoievski como a Rusia (Crimen sin castigo y castigo sin crimen), una anécdota de Malraux y una frase de Françoise Sagan que transcribo para reflejar el talento, nada fácil, de Carrère para la anécdota y la cita:
Una vez que Malraux preguntó a un viejo sacerdote qué había aprendido en cincuenta años en el confesionario, este respondió: «Dos cosas: primero, que la gente es mucho más infeliz de lo que creemos; y luego, que no hay grandes personas». Durante mucho tiempo pensé que mi madre era una gran persona terrible, y seguro que me equivocaba. Pero me cuesta imaginármela haciendo una larga confesión, un balance detallado, lleno de escrúpulos y justificaciones, bajo la mirada del Señor. La veo más bien resumiendo ese balance en unas pocas frases: me he equivocado en algunas cosas, a veces me ha faltado corazón, pero he hecho lo que he podido, estoy preparada.
Françoise Sagan, en la que nadie pensaría espontáneamente como una filósofa política, dijo una vez que la diferencia entre la derecha y la izquierda es que la derecha dice: «Hay injusticia, y es inevitable», y la izquierda: «Hay injusticia, y es insoportable».
El autor comenta en varios momentos lo problemático que resulta un escritor en sus relaciones personales, y más un autor como él, en donde su obra confluye con su vida. Una novela rusa, en donde Carrère exploraba la figura de su abuelo, provocó una profunda grieta en su relación con su madre, quien temía verse afectada por la posible colaboración de su padre con el régimen nazi. También Yoga, donde hablaba de su exmujer, le procuró diversos problemas legales. Cuando leía esto pensaba en una cita de Vollmann en su gran Europa Central que define a Carrère a la perfección: “A lo mejor la única persona a la que puede ser fiel un artista es a sí mismo. A lo mejor tiene que traicionar a todos los demás.” ¡Triste destino!
Me conmovió especialmente la figura paterna. Su padre era uno de esos seres de lo que hablaba Thomas Wolfe, una cifra perdida en los laberintos ciegos o, como decía Shakespeare, un espía de Dios. Siempre en la sombra de Hélène durante toda su vida, cobra luz en estas páginas escritas por su hijo, ya que gran parte del libro se basa en los documentos preparados por su padre, quien fue un genealogista incansable de la familia de su esposa. Carrère rastrea una investigación histórica realizada en secreto por su padre y que conlleva el descubrimiento de una coincidencia genealógica entre su familia y la de su esposa. Ante ello, su padre apuntó la siguiente frase: “Curioso guiño del destino a una pareja del siglo XX”. Hélène, la gran intelectual, la tan respetada autoridad, cuya vida fue un desfile de reconocimientos y distinciones, de gloria y fama y de las vanidades que las acompañan, y quizás jamás logró un hallazgo tan sublime, quizás nunca estuvo tan cerca de los hilos inescrutables del tiempo como aquel insignificante empleado de una compañía de seguros. Lo eterno, lo sagrado, sucede en la anonimidad.
Otra historia que me conmovió fue la de su prima, Salomé Zurabishvili, diplomática francesa en Georgia que terminó siendo Presidenta de la República de Georgia plantando cara a las fuerzas putinistas que actuaban mafiosamente en el país. Carrère dice que al principio ella era un títere de estas fuerzas, dominadas por un importante empresario industrial que controlaba de facto el país y que apoyaba a Rusia y a Putin. Pero en un punto clave donde se plantea el acercamiento de Georgia a Europa, Salomé se desvincula heroicamente del paraguas de dicho empresario y Carrère define hermosamente su postura diciendo que ella había comenzado a considerar que su vida era un destino, es decir, que su vida estaba por encima de sí misma, que ella era la canalizadora de unas fuerzas históricas de la colectividad que debía ejercer y representar hasta sus últimas consecuencias.
Para concluir la reseña, diré que, si el lector está interesado en la historia europea y rusa del siglo XX, en sus intersecciones, en cómo la historia se refleja en la familia, en las tensiones entre padres e hijos, y en la postura o la impostura que la muerte y la vejez descubren o imponen, este es un gran libro para todo ello.
Antaño, en tiempos que ahora nos resultan poco menos que incomprensibles, se decía que, al llegar a las puertas del paraíso, cada cual debía mostrar a San Pedro qué le hacía merecedor de entrar. Se decía: bueno, he sido una madeja de secretos, vilezas, remordimientos y pesares, como todo el mundo. No amé lo suficiente, o amé muy mal.
Pero no olvides, San Pedro, que yo también fui eso. Que hubo un tiempo en que tuve ese rostro cándido que merece que me salves. Y eso, en el caso de mi madre, eso que la salvó y a lo que tuvo que aferrarse cuando la angustia la atenazaba, en el corazón de la noche, en aquella camita rosa, absurda y heroica, creo que fue habernos tenido en brazos, a mis hermanas y a mí, cuando éramos muy pequeños, y habernos amado con un amor tan confiado y tan grande, más grande que cualquier otra cosa en el mundo.

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