Narrar el terror, heredar la violencia. Entre la ficción y la experiencia: un recorrido literario y etnográfico.
“La dictadura creó los fantasmas, porque un fantasma es eso, no tener el cuerpo. Es alguien que aparece y dice “mi cuerpo no está acá, está allá, quiero que lo saquen y lo pongan en un buen lugar y le pongan una cruz”. Y eso en Argentina no se puede hacer porque los tiraron todos al agua.” Mariana Enríquez
Los muertos no siempre desaparecen, aunque sus cuerpos lo hagan. A veces habitan las casas, están detrás de los armarios, modifican la vida cotidiana y, en definitiva, su presencia, física o no, no se deshace en el olvido. Eso nos recuerda la novela Nuestra parte de noche de Mariana Enríquez (mi amiga Elisa escribió un maravilloso artículo sobre ella: lo podéis leer aquí) y Carcoma, de Layla Martínez.
Carcoma: heredar la maldición
“Desde aquella noche en que colocó los ladrillos y la argamasa, mi madre supo que las sombras se le habían metido dentro. Ya no las oía solo detrás de las cortinas o al otro lado de las puertas, sino también dentro del pecho, en lo hondo de las tripas. Cuando acercaba el oído a mi vientre, también las escuchaba dentro de mí. Supo que aquello crecería dentro de nosotras, que se nos enredaría en las entrañas y no podríamos arrancárnoslo. Todo tiene un precio y aquel era el que tenía que pagar mi madre.”
Carcoma, Layla Martínez
La novela Carcoma, de Layla Martínez, se sitúa en la zona de Cuenca, que fue una de las últimas en caer en manos franquistas y donde la represión, precisamente por ello, fue especialmente dura. En ella se narra la historia de una casa donde habitan varias generaciones de mujeres, tanto en cuerpo como en alma, que heredan una historia de sombras, rabia y violencia (política, patriarcal y de clase). Situando la narración en un contexto de posguerra, teje mediante la ficción y lo sobrenatural un relato no tan inverosímil.
Y es que en la zona de origen de la autora, construida sobre tumbas anónimas, hay una cultura de los aparecidos muy arraigada. Ella afirma: “La gente cree que las licencias que me he tomado son lo sobrenatural pero no es así, mi abuela realmente cree en ello. (…) Los familiares muertos que se te aparecen, la relación con la muerte, las sombras… Todo eso es un trasfondo real, una creencia que existe en esas zonas.” De hecho, cuenta que decidió quitar cosas que eran reales porque parecían demasiado cliché. Por ejemplo, que se encontraron huesos humanos en el lugar donde se construyó la casa, al igual que también sacaron huesos de otros corrales cercanos. Afirma: “Incluir eso le hubiese restado credibilidad a la novela, pero es real.” De esta manera el género del terror es una gran herramienta para hablar de los traumas colectivos, de los miedos y las heridas sociales, sin necesidad de hablar explícitamente sobre ellos. Para Layla, los fantasmas de la dictadura siguen en las cunetas, y ante la ausencia de un cierre adecuado, su presencia se va heredando.
La casa que construye la autora, con su presencia fantasmagórica y sobrenatural, logra abrirle un espacio en la ficción a la historia de las víctimas de una violencia patriarcal y de clase endémica, que se te mete en los huesos, que se aparece en las sombras una y otra vez y sobre la cual se construye el propio hogar. Un duelo que, precisamente por su imposibilidad, se queda habitando las paredes. Las casas están llenas de memoria, y hay algunas que han visto demasiados muertos.
Mariana Enríquez y la represión en Argentina
“Mi infancia transcurre durante la dictadura. Y la dictadura no se termina cuando se termina, porque después vienen todos los años de enterarse de lo que pasó, la historia de las víctimas. El trauma de las víctimas tampoco termina en ellas, sino en los hijos de la víctima, y se expande y queda una sociedad que es complicada. En Argentina a los fantasmas se les dice “aparecidos”, es casi una especie de regalo del lenguaje. En mis primeros años creativos era una ausencia muy evidente, porque había un montón de gente que no tenía a sus padres”
Mariana Enríquez
Por supuesto, otra de las autoras fundamentales para pensar este tema es sin duda la argentina Mariana Enríquez. Referente del género del terror en español, ha ido generando unos códigos y un lenguaje únicos para ello, que la alejan del tan manido terror anglosajón. A la hora de tratar de desarrollar su literatura, cuenta: «Pensé: ¿cuáles habían sido los primeros textos de horror que había leído en mi idioma? Y eran los testimonios periodísticos de la dictadura.”
Su novela Nuestra parte de noche se sitúa precisamente en el contexto de la dictadura en Argentina -aunque no sea el tema principal de la misma- y en ella, la aparición de fantasmas de los represaliados es un tema recurrente, así como en la mayoría de su producción literaria. Esto no es casual, ya que como afirma Sara Barberán Abad:
“El género fantástico se ha erigido como un género especialmente productivo a la hora de representar el horror de la dictadura, no solo por cuestiones como su cercanía al terror, sino también por una cierta semejanza estructural que tanto esta literatura como el terrible episodio de la represión dictatorial comparten: el vacío, el silencio, la ausencia de explicaciones, la ambigüedad en los hechos, el secretismo, lo incognoscible”.
Sara Barberán Abad. Silencios fantásticos, relato truncado: la memoria de la dictadura y sus vacíos en Mariana Enriquez.
Y es que los contextos dictatoriales están marcados por los silencios, por las verdades a media voz, por cosas que se sospechan pero no se saben o, si se saben, no se pueden decir. Esto se hace precisamente más significativo en contextos como el argentino, donde una de las principales de castigo y represión se trataba de hacer a la gente “desaparecer”, palabra que lejos de ser eufemística remite a una realidad literal: una persona que a partir de determinado momento desaparece, se esfuma, sin que quede constancia de su vida o de su muerte. No hay cuerpo de la víctima ni del delito, (Calveiro 2004: 26), constituyéndose como una “incógnita”, un ser que “no tiene entidad, no está ni muerto ni vivo, está desaparecido” (Reati, 2019: 107).
La desaparición, por tanto, dificulta enormemente poder llevar a cabo un duelo reparador, porque lo que encontramos es un duelo sin cuerpo, sin tumba, sin respuestas ni final (y, muchas veces, sin reparación estructural). Todos estos elementos apuntan de nuevo a los vacíos de sentido, a la falta de piezas con las que completar el puzzle y la cantidad de fantasmas, tanto metafóricos como literales, que esta situación genera. Por ello, como se afirma en el artículo Decir desaparecido(s). Formas e ideologías de la narración de la ausencia forzada (2019) frente a lo inexplicable, frente a ese “vacío inenarrable que deja la figura de los detenidos-desaparecidos”, la producción en torno a ellos ha sido abundante, pero, sobre todo, muy variada y plural en cuanto a sus formas y formatos, entre los que se encuentra con gran fuerza el género fantástico.
Narrar la imposibilidad
“¿Cómo se narra lo no narrado, pero que habita aún el cuerpo como cicatriz visible o invisible y que también parece habitar el mundo que nos rodea, dislocado por la fisura que ha abierto un vendaval sucesivo de violencias impunes?”
Ana Forcinito (2023)
La escritura aséptica de la crónica periodística o de la investigación científica se queda, muchas veces, desajustada ante la experiencia de horrores difíciles de decir, difíciles incluso de pensar. En esta línea Silvana Mandolessi explica que hay “algo sobre la experiencia de la dictadura y sus efectos en la cultura argentina que no puede ser captado adecuadamente por el paradigma realista”; y ese núcleo de resistencia al realismo se expresa a través de una “espectralidad” que está producida por la figura del desaparecido (2012).
La narrativa fantástica se erige, precisamente sobre silencios en los relatos, ausencias de explicaciones y vacíos en los que nace lo inexplicable, o, mejor dicho, lo inexplicado. También, como hemos visto, lo fantástico es vía para la expresión de lo innombrable y de aquellas cosas que la razón no es capaz de comprender. Como afirma Mariana Enríquez, “A veces el realismo o lo testimonial no alcanza para dar cuenta de lo sensible”.
“Lo fantástico se manifiesta tanto en las literaturas española como argentina como modo de narrar la desaparición, debido a la analogía estructural que se establece entre el trauma y lo fantástico. Ambos conceptos cuentan con un estado paradójico: la condición de los desaparecidos está en el estar y no estar al mismo tiempo, en la incertidumbre entre dos estados ontológicos perpetuada por la ausencia de los cuerpos. (…) algo que no se supone posible, impensable e insólito, tiene lugar, se convierte en acontecimiento.”
Frauke Brode
Por ello, los cuentos de Mariana Enríquez están plagados de hostelerías donde se aparecen fantasmas porque fueron Centros de Detención, Tortura y Exterminio -de manera que el pasado siempre vuelve, encerrado en el sitio donde tuvo lugar-, de apariciones que no cuentan con una resolución final explicativa, de silencios y tabúes. Relatos donde aparecen voces de ultratumba que, al haber sido desaparecidos, no saben qué fue de ellos mismos, desconocen los detalles de su propia muerte, unos fantasmas que ni siquiera saben contestar a la pregunta de “¿donde están?”.
“La cuestión era que todos sabían que los viejos de Julita no se habían muerto en un accidente: los viejos de Julita habían desaparecido. Estaban desaparecidos. Eran desaparecidos. (…) Julita los quería encontrar con la tabla, o preguntarle a algún otro espíritu si los había visto. Además de tener ganas de hablar con ellos, quería saber dónde estaban los cuerpos. Porque eso tenía locos a sus abuelos, su abuela lloraba todos los días por no tener dónde llevar una flor.”
Cuando hablábamos con los muertos, Mariana Enríquez
Más allá del relato ficcional: la experiencia vivida.
«El dolor aplicado en la tortura recae sobre el cuerpo del prisionero, pero también resuena desde el mismo a toda la sociedad de un modo inimaginable y aterrador.«
Mariana Tello Waiss. Historias de los (des)aparecidos. Un abordaje antropológico sobre los fantasmas en torno a los lugares donde se ejerció la represión política.
Los fantasmas son un pasado que vuelve, que nos exige hacer algo con él. Aunque hayamos hablado cómo se puede tratar en la ficción, no es el único lugar donde esta presencia se aparece. Mariana Tello Waiss ha dedicado gran parte de su trabajo a analizar etnográficamente el suceso de los aparecidos en lugares donde se ejerció la represión de la dictadura argentina. Y es que entre el no saber nada o el saberlo todo, la mayoría de población se encontraba en un punto intermedio, donde lo oculto no era necesariamente invisible. Tello Waiss cuenta que las historias de fantasmas se cuentan principalmente entre dos grupos: los vecinos de los centros clandestinos de detención y las personas que llevaron a cabo represión política de forma esporádica, pero que no eran necesariamente parte de los cuerpos de represión. Lo que tienen estos dos grupos en común es esta situación a medio camino entre el saberlo todo y no saber nada, esa posición liminar en el borde del interior o del exterior, lo que da lugar a un recuerdo impreciso y emocionalmente aterrador de lo sucedido. En su diario de campo, ella relata:
“Los vecinos del predio donde funcionó el centro clandestino de detención conocido como “Guerrero” (…) relatan haber escuchado y escuchar gritos provenientes de los sótanos de las tres casas que componen lo que fue el centro clandestino de detención, hoy camping. Dicen que son las almas de los que allí torturaron, cautivas en el lugar desde que el sótano fue tapiado”
Estas apariciones están enormemente vinculadas a la percepción de “gritos de dolor”, y normalmente se dan cerca de los lugares donde tuvo lugar la represión. Para Mariana, esto tiene que ver con el efecto aterrador del medio camino entre saber y no saber, pero también con el choque emocional de que una violencia tan desgarradora la estén administrando en cuarteles y comisarías. Para Agamben, cuando son las propias fuerzas del Estado los que le infligen tal daño a otros seres humanos, convocan lo que parece imposible. Y es esto que es imposible de comprender que encuentra en las historias de fantasmas un espacio para ser dicho y escuchado.
Estos espacios de represión, que son espacios de muerte, acaban por estar insertados en la vida cotidiana, pero se resisten a ello: al no haber un cuerpo físico el sufrimiento se ancla al lugar al que ha sucedido. De esta forma, se convierte en marco social de la memoria. En su etnografía, la autora nos cuenta que muchas veces a los policías que guardan los Espacios de Memoria se les aparecen fantasmas, ya que aunque no hayan participado en las acciones de represión, cargan su herencia. Al realizar su ronda cotidiana, sienten un alarido proveniente de un lugar donde una mujer fue salvajemente torturada y abandonada a morir. Mariana relata:
“Uno de los policías, aterrado, me pide que le muestren su retrato, lo contempla, murmura algo incomprensible que sin embargo suena a un rezo. Luego me dice ‘gracias, necesitaba conocer su cara… y decirle que lo siento mucho’”
En este sentido el fantasma es el pasado que, anclado en el lugar de los hechos, vuelve una y otra vez, porque es la potestad de los vivos hacer justicia. Y, como hemos visto, durante mucho tiempo, hablar de fantasmas era la única manera de hablar de la represión y de la experiencia de vivir cerca de un centro clandestino de detención. En este sentido, Mariana problematiza la idea de que las únicas víctimas de la dictadura fueron los reprimidos y sus familiares de sangre, ya que como vemos la proximidad a esta violencia genera gran trauma y terror incluso si no es vivido en primera persona.
De hecho muchas veces, al descubrir y exhumar fosas comunes, distintos mitos del folklore del lugar se constituyen como testimonios de lo sucedido, ya que se comprueba que efectivamente en ese lugar había cuerpos. Esto, en ocasiones, hace que la presencia fantasmagórica vaya a menos, lo cual llama de nuevo a la necesidad de llevar a cabo una reparación estructural del dolor.
“Un sargento de la zona, que comenta el terror de sus hombres ya que de noche escucha unas chicas que ríen, dice que tranquiliza a la tropa diciendo que “las chicas” están contentas porque algunos cuerpos van siendo encontrados. Otro vecino de la zona asiente y dice “ahora van a poder descansar en paz, y yo también”.
Bibliografía principal:
- Carcoma, de Layla Martínez
- Nuestra parte de noche, Mariana Enríquez
- Silencios fantásticos, relato truncado: la memoria de la dictadura y sus vacíos en Mariana Enríquez de Sara Barberán Abad
- Historias de los (des)aparecidos. Un abordaje antropológico sobre los fantasmas en torno a los lugares donde se ejerció la represión política de Mariana Tello Waiss.
- Decir desaparecido(s). Formas e ideologías de la narración de la ausencia forzada. Albrecht Buschmann y Luz C. Souto

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