Una conversación con Ángel Martínez Roger, director cultural de la Biblioteca Nacional de España (2019-2022)
Este título hace referencia a la exposición permanente, un espacio museístico en la Biblioteca Nacional de España (BNE), gestado y modificado durante el mandato de Ana Santos como directora de la institución. Su creación no fue un proceso sencillo, comenta Martínez Roger, ya que, inicialmente, no existía un consenso claro sobre si una biblioteca debía tener un museo, aunque siempre habían existido espacios dedicados a la difusión de la historia del libro y la escritura.
Ángel Martínez Roger es doctor en Historia del Arte por la Universidad Complutense y profesor titular de Historia de las Artes del Espectáculo y Escenografía desde 1996. Combina la gestión de instituciones culturales, la investigación académica y el comisariado artístico. A lo largo de su trayectoria, ha desempeñado cargos de responsabilidad, destacando su labor como director cultural de la Biblioteca Nacional de España (BNE) y su etapa al frente de la Real Escuela Superior de Arte Dramático (RESAD) como director entre 2008 y 2013. En la actualidad, ejerce como comisario de la colección permanente en el recién renovado Museo Nacional de las Artes Escénicas, MNAE perteneciente al INAEM. Su contribución intelectual incluye la publicación de ensayos como Gestión del Talento (2023) o la biografía del director de escena Ángel Fernández Montesinos, titulada El teatro que he vivido. Además, ha editado y redactado catálogos, escrito numerosos artículos sobre escenografía, teatro y asuntos concomitantes, tratando temas muy diversos, desde las escenografías para La Barraca de García Lorca a la zarzuela como género lírico, todas ellas en publicaciones internacionales y catálogos especializados.
En el ámbito de la creación, ha trabajado como director de escena y dramaturgo en espectáculos como Calipso, Religiosos, Zarzuelas en la Villa, Mi primera zarzuela, zarzuela para niños y el proyecto multimedia Música y espacios para la vanguardia española. Fue galardonado con el Premio Marta Mata del Ministerio de Educación en 2011, durante su mandato en la RESAD, por la excelencia educativa de la institución. Actualmente, es miembro de la Academia de las Artes Escénicas de España y patrono de la Fundación Jiménez Cossío.
El concepto de la exposición surgió de una propuesta colectiva junto con las aportaciones de los distintos departamentos de la BNE, canalizada a través del grupo creativo Prodigioso Volcán, especializado en el diseño de contenidos en el ámbito cultural. Tras los largos trabajos de mesa, surgió la idea de retomar el concepto de los «infiernos» —lugares donde las bibliotecas custodiaban los libros prohibidos— para vertebrar el nuevo espacio.
En aquel momento, Ángel Martínez Roger ejercía como director cultural de la BNE y participó en la creación del proyecto. No obstante, él destaca que el peso de la organización técnica recayó sobre Lorena Delgado, jefa del área de difusión y encargada de la parte operativa y del montaje.
La construcción de la exposición se desarrolló, comenta Martínez Roger, en un ecosistema administrativo muy complicado, debido a la intervención de la gerencia para la contratación, de la dirección técnica de la Biblioteca y la propia directora que opinaba, debatía y dudaba largamente sobre qué fondos específicos debían incluirse y cuáles no. Sustanciar una idea en soportes concretos y dar una visión poética y onírica no es una tarea fácil de conciliar entre perfiles de formación e intereses distintos. El objetivo final fue transformar el concepto tradicional de «infierno» —asociado a la censura y lo prohibido— en una categoría con acepciones más amplias que incluyeran la destrucción física por incendios o inundaciones, plagas, censuras religiosas y políticas, lista de libros prohibidos y especialmente la ignorancia que es el acto mismo de no leer.

Pregunta: ¿Hasta qué punto crees que la Biblioteca Nacional tiene que ver con la bidireccionalidad de la cultura, es decir, con la custodia y la creación?
Respuesta: Platón afirma que la historia del conocimiento es la historia del recuerdo y que nosotros comentamos y elaboramos nuestro pensamiento sobre el recuerdo, incluso cuando queremos romper con una tradición o una vanguardia, contra nuestros padres intelectuales, lo hacemos desde una posición ya creada que reacciona con otra distinta antagónica o radical; de modo que la conservación del conocimiento es lo que nos ha salvado como especie. Cuando las civilizaciones o las sociedades han tenido flaquezas terribles, han dejado de ser competentes, ha sido por la pérdida de información, documentación y sabiduría del pasado. Incluyo aquí descubrimientos y logros científicos, astronómicos, matemáticos, médicos, etc. Y a nivel del pensamiento filosófico, las cosas básicas del ser humano ya se reflexionaron hace dos mil quinientos años. Piensa que, desde la cultura mesopotámica o egipcia hasta la tradición grecolatina, del Libro de los muertos, la Torá o la aportación homérica, junto con la filosofía griega, más la contribución romana y cristiana, todo eso somos nosotros hoy día.
Pregunta: Todos podemos saber lo que es una biblioteca, pero ¿qué es para ti una biblioteca?
Respuesta: Las bibliotecas son los recintos de conservación del saber conocido y, en ese sentido, para mí son como templos. Irene Vallejo, en El infinito en un junco, hace un análisis hermosísimo de esto. Ella cuenta cómo en la antigua Grecia, cuando la transmisión oral pasó a ser escrita sobre pergamino, los viejos rapsodas y filósofos decían: «Hombre, pues si ya está escrito, ¿qué mérito tiene? Lo que hay que saberse de memoria son los 12.000 versos de la Ilíada” … Bueno, el papiro de hoy está en el móvil. aunque es no garantiza en absoluto el estudio ni el reconocimiento. No han existido grandes civilizaciones sin bibliotecas de alguna u otra manera o soporte. La memoria y el saber son muy poderosos.
P: ¿A qué nos referimos con infierno en una biblioteca?
R: A nivel genérico, es esa parte de las bibliotecas donde se guardan cosas que no tienen que ser vistas, no ya por el público en general, sino incluso por buena parte del personal. El símil fácil es el que se desarrolla en el argumento de El nombre de la rosa, de Umberto Eco: monjes que mueren por leer un libro prohibido que estaba en el infierno de monasterio. Eco se inspiró en el Sacra di San Michele en el Piamonte, Italia. Esta imponente abadía del siglo X, situada en el monte Pirchiriano, allí transcurre la ficción de esos monjes que leen la supuesta parte de la Poética de Aristóteles dedicada a la comedia y a la risa. Un libro prohibido por provocador y que está en el infierno. El libro envenenado en el ángulo inferior derecho de sus páginas provoca la muerte de los curiosos monjes.
En este nuevo museo [de la BNE], ese infierno adquiere acepciones de concepto más amplias: el incendio físico, la inundación (que hace más daño que el fuego porque el libro mojado se destruye), la censura política, la censura religiosa y, por supuesto, la ignorancia, que es lo que más daño puede hacer al libro: no leerlo.
P: ¿Cómo se entendía el infierno de forma espiritual en el momento en el que se crea el infierno de las bibliotecas?
R: Lo enlazo claramente con una cosmogonía occidental donde el infierno tiene su categoría dantesca (Divina Comedia). Esa tradición, subrayada mucho después por el Concilio de Trento y hasta la Ilustración, establecía siempre una condenación moral. El ciudadano entendía perfectamente que «ahí no puedo entrar, ahí no debo entrar», igual que su alma no podía vagar rodeada y jugando con la constante tentación de los pecados capitales.
P: Y esto con La Divina Comedia cambia, ¿no?
R: Bueno, en la parte del Infierno de La Divina Comedia de Dante plantea un inmenso cono invertido bajo Jerusalén, dividido en nueve círculos concéntricos que descienden hacia el centro de la Tierra. Alegoriza el reconocimiento y rechazo del pecado, donde los castigos son proporcionales a las faltas cometidas, basándose en la justicia divina y la moral cristiana medieval. Ese es el debate de La Comedia. En el otro extremo, en el Paraíso la claridad lumínica es tal que Dante no puede ver, no puede alcanzar a Beatrice…
Entones, ante el infierno, ante todo lo prohibido… ¿quién se permite el lujo de decir las verdades ante la vida, delante de un monarca absoluto, delante del poder?… El bufón, el payaso, el cómico… La comedia por esa razón es peligrosa porque es un espejo que le ponemos al público para decirle: «ustedes están aquí representados». Lo hace para provocar una catarsis que nos permita mejorar. Pero no en todos los tiempos se acepta y se entiende. La tragedia es la gran terapia colectiva inventada por los griegos; se sentaban 14.000 personas en teatro de Epidauro para ver y escuchar a Medea matando a sus hijos o Edipo reconociendo que había tenido hijos con su madre. Los griegos, que inventaron la democracia y los avance en la ciencia y la astronomía, la medicina, la política, ¡tantas cosas! … inventaron también la tragedia en el teatro para explicar que el ser humano tiene una parte subconsciente y emocional que no tiene que ver con el mundo racional. Un comportamiento involuntario empujado por la ira o el deseo es impropio de un ser humano ético, por eso hay que saber reconocerlo colectivamente como sociedad. Precisamente para ser perfectibles individualmente y como comunidad, ser perfectibles como seres humanos.
P: Espiritual o filosóficamente, ¿cómo se entendía el infierno? Estaba muy claro que era algo bajo, algo malo, algo oscuro… pero hoy en día eso está cambiando.
R: Ha habido históricamente una lectura vertical del espacio, asimilado al mundo de la deidad con en el cielo: allí están los dioses; en la tierra los mortales y, en el infierno, el mundo del ocaso bajo la tierra. Esto se vincula a la gravedad y al movimiento de la luz. Establecemos que arriba están las deidades que rompen la gravitación, nosotros estamos pegados a la tierra porque somos mortales, y abajo está el final porque es donde nos van a enterrar. La tierra tiene el poder de fecundar y renovar la vida.
P: ¿Crees que el punto medio aristotélico tiene que ver con esto? Al final somos herederos de ese entendimiento de que la virtud es ese equilibrio: ni estar tan alto como los dioses, ni tampoco abajo, sino en medio.
R: Es la tesis del semidiós, mitad hombre y mitad Dios, muy desarrollada en la mitología clásica, pero conectando con la verticalidad: Ícaro, Faetón, que representan, además, la caída por la soberbia y el desprecio de los consejos paternos … Ahora bien, cuando se rompe la firmeza de la creencia religiosa, clásica o cristiana, el ser humano ya no tiene el problema de creer en el infierno. Entonces, ¿cuál es el infierno hoy para el hombre contemporáneo? Te pongo el ejemplo a través del teatro, con el mito de Don Juan; hoy nadie cree que será condenado al infierno, luego, ¿cuál sería hoy su miedo?… El miedo de Don Juan hoy, solo puede estar representado por la posibilidad de los contagios por enfermedades de transmisión sexual. En la versión contemporánea, este Don Juan es más perverso porque ya no cree en el infierno y podría incluso anestesiar o drogar a sus víctimas; ese es el horror del mundo contemporáneo. Una buena lectura contemporánea del mito.
P: Me parece interesante la idea de que adentrarse en el infierno conllevaría algún tipo de sacrificio; pero parece que hoy no queremos sacrificarnos.
R: Explica más eso del sacrificio, ¿qué tiene que ver con el infierno?
P: Porque una bajada al infierno requiere mirar cosas difíciles que otros no quieren mirar. Bajar a un infierno sería, por ejemplo, tratar de entender a Don Juan con el pensamiento de hoy, y en vez de bajar para conocerlo, se le confronta en la superficialidad.
R: Dices que bajar a los infiernos es una generosidad, un sacrificio para intentar entender la situación de otro, aunque sea incomprensible o terrorífica. La gente que se preocupa por los más desfavorecidos hace, sí, una bajada al infierno de los otros; tienen que ponerse en esa «gorra» para entender, eso es.
P: Pero ¿no crees que es mucho más fácil comprender al pobre que al que es fuerte o al que hace el mal?
R: Porque hemos convertido la sociedad contemporánea en un mercado pervertido donde tu enemigo no es el que te roba desde arriba, sino otro pobre. Te hacen creer que el enemigo es el inmigrante que tiene menos que tú y no la empresa que explota el mercado de manera depredadora. Miramos a ambos lados en los cajeros automáticos de la calle al sacar dinero cuando quien nos roba realmente está dentro y no lo ves, es el prestamista que ya marcó un interés sobre tu dinero, ingresas tu nómina, haces tú mismo de empleado cajero en plena calle y te cobran intereses.
P: Gauthier dice que a pesar de que las rosas sean inútiles, no las cortaría para plantar coles ¿Hasta qué punto crees que las bibliotecas pueden llegar a ser rosas?
R: Las cosas esenciales a veces son fútiles e innecesarias para la vida biológica. Recuerda La utilidad de lo inútil, del filósofo italiano Nuccio Ordine, hermoso libro, ¿inútil? No lo creo. El ser humano tiene una dimensión espiritual importantísima que tiene que ver con la belleza y los imaginarios oníricos, poéticos. Por eso, a pesar de todos los holocaustos, no se deja de crear, porque es consustancial al ser humano. Se puede encontrar la belleza en los estados de supervivencia más terrible, a través de la comedia, como en las películas de Ernst Lubitsch, Roberto Benigni o Luis García Berlanga…

P: ¿De qué modo se podría sensibilizar para que se viera verdaderamente la importancia a nivel existencial de la poesía y el arte?
R: Eso solo tiene solución a través de la educación, de la iniciación. De que alguien te ilumine, te enseñe a mirar. El sistema educativo está fallando porque ha entrado en la cartera de los negocios. Al privatizarla y quitar poco apoco las humanidades, la filosofía, las lenguas muertas y el arte, creas «gente técnica» que no va a pensar. Se les ha cercenado el espíritu crítico y buscan soluciones superficiales a su «intemperie moral». Por eso, los momentos en la historia donde se han dado cerebros visionarios en corrientes de pensamiento memorables, son minoritarios y restringidos en el tiempo.
P: ¿Qué papel juega la cultura en tu vida diariamente?
R: ¿En mi vida? ¡Todo! Nos definimos socialmente por la cultura; es una acepción muy amplia del quehacer humano. Cultura es todo aquello que nos mejora y enseña. Y ahí está desde el buen agricultor que investiga sobre sus injertos y siembras, el cirujano cardiovascular que no deja de formarse y practicar o el maestro o los padres que transmiten valores y despiertan vocaciones desde la infancia. Todo ello es cultura. Todo es cultura y todo es político desde que nos levantamos.
P: ¿Cómo combinas el tener labores de responsabilidad con esa creación o mentalidad más poética?
R: En la gestión cultural, el 85% es gestión administrativa y el 15% creación (como mucho). Nos han obligado a ser «empresarios de nosotros mismos». La clave es la gestión del talento: detectar qué te gusta, ver si coincide con tus capacidades y encontrar huecos en el mercado que te permitan aportar un hecho diferencial para ser eficaz. Fácil decirlo… otra cosa es conseguirlo, imposible conseguirlo plenamente.
P: Sobre la percepción del mal hoy en día, en un artículo anterior escribí sobre que cada vez hay menos tolerancia a lo distinto porque pensamos que los otros son “malvados” por pensar de una determinada manera, distinta.
R: Es que, en general, no se tiene espíritu crítico. Ahora hay un «mal burocrático». Cuando no tienes espíritu crítico, no pones en duda los procedimientos, ni la cadena del escalafón en una estructura piramidal o dictatorial y eso es lo que ocurre en los momentos en los que la cultura flaquea. En La banalidad del mal, Hannah Arendt, describe cómo individuos bondadosos puede cometer actos terribles sin tener una motivación ideológica profunda, sino por obediencia ciega al escalafón y la orden dada, por pura irreflexión burocrática. Por falta de juicio y pensamiento crítico, en suma.

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