Dejaremos las bragas sucias a la vista de la otra

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Lucía Sánchez Castillo

I.

Hablaba con mi amiga el otro día sobre el poder que otorga tener la casa sola, dejar los platos sin fregar, hacer cosas sabiendo que nadie te va a mirar. Ese albedrío que se alinea con la romantización del espacio propio. 

En él nos conocemos. Y en comunidad nos afirmamos. 

Y es que ¿quiénes somos cuando nadie mira? 

Ahora mismo me siento bajo un foco, realmente nos importa la opinión de los demás y yo solo ansió la libertad. Me desvivo por ser libre de alma. Repaso ahora este escrito antiguo, en casa, he vuelto a casa. Y el fregadero se ha hecho pequeño y mi padre más viejo. Y ya no me da miedo lo que algún día me desvivía. Ya no me hiere nada porque soy todo amor, y las farolas fundidas solo son buenos escondites para algún beso o dos. 

II.

Mi situación actual hace que la mayoría de mis relaciones más importantes se muevan en la distancia, por ello las cultivo activamente, en un nuevo lenguaje al que ya estaba acostumbrada, desde tiempos de pandemia. Es para mí una comodidad familiar utilizar un lazo tecnológico con todos los que quiero. Y encuentro mucha belleza en las llamadas largas, las cartas, correos… creo que se puede conseguir sentirse muy cerca de alguien a pesar de los kilómetros. Y es importante mirar desde lejos, se ven cosas nuevas. 

Es importante separarse para fortalecer. Para recolectar y reconectar. Volver a encontrar algo que ya tenías, y es que no sé por qué siempre ansiamos más. 

En este tiempo me dedico a redescubrir todo lo que ya tenía. Tengo la suerte de tener tan buenas amiga, que no necesito traducirme nunca con ellas, hablamos el mismo idioma. Voy incorporando una mirada hacia al futuro y me imagino la evolución de la amistad en plena adultez. 

No importa la frecuencia con la que nos comuniquemos, hay algo inquebrantable de por medio. Suelo imaginar, aprovechando el nuevo sistema familiar, que todas viviremos juntas en comunidad, mismo barrio, mismo vecindario, niñas en una ciudad de cristal. Mis compañeras de piso, si tienen novios y novias, que se vengan de paso como si solo fuésemos universitarias. Podremos cuchichear y quejarnos envueltas en abrazos.

III.

He estado (sobre)reflexionando acerca de contar historias, de contarlas bien. Así que procedo a expresar las ideas sobre las que orbitan en el último capítulo de Ciberlocutorio, un podcast incansablemente recomendado, inspirador de casi todas las cuestiones sobre las que ahora escribo. Este episodio se centra en Carmen Martín Gaite, en el contar y escuchar, en el “interlocutor” y cómo el intercambio con el otro nos transforma en un mundo en que el flujo de información es interminable.

Yo soy una apasionada de la auto narración, creo fielmente que mi propósito es contar. Hay magia en la selección de palabras y gestos. Todos necesitamos sentirnos escuchados, y lo que a veces pasa es que somos escuchados pero no de la manera activa que queremos; se sueña con un oyente ideal, yo lo siento cuando escribo aquí y no cuenta nada si me van a leer, si no tengo público. No adapto lo que tenga que decir, cada cuál entenderá lo que quiera, pero si me soy fiel, encontraré a personas que conecten completamente con mis ideas, que descubrirán algo de mí que yo no sé. La búsqueda del interlocutor perfecto. 

Desde hace dos años escribo diariamente, pero cada persona se expresa consigo misma de una manera diferente en actos de autoconocimiento. Pienso que solo hablando contigo misma, y con los otros, somos capaces de avanzar. 

Pero ¿sabemos escuchar? ¿Qué voz es la que priorizamos? ¿Atendemos a los demás solo para que nos atiendan de vuelta? Y es que aquí entra lo que en Ciberlocutorio llaman el gran drama de la amiga que no escucha, una crisis frecuente, que a veces pasa: ¿cómo es que después de todo lo que hemos hablado no me conozcas del todo? Muchas veces no encontramos destino para nuestras narraciones y el receptor no es el adecuado.

Fotografía realizada por Lucía Sánchez en la Exposición “Caperucita en Manhattan y otros cuentos de Carmen Martín Gaite” (Salamanca, 2025) 

IV.

Me expreso todo el rato, actualmente podemos hacerlo en todas las plataformas posibles y por ello no nos fijamos en los detalles. Reconocer los cambios de voz depende de los temas que se habla, las pausas y carraspeos, reaccionar… hay todo un universo de reacciones y es que no hay nada más mezquino que menospreciar la emoción de los demás. 

En un análisis del ponerse al día, del «quedamos para merendar y comentamos la noche», elegir qué cuentas y que dejas fuera ya sería una mentira, mentimos constantemente. Y es que no se puede confiar en los recuerdos. 

En una recreación de los hechos, seduciendo, conquisto a mis amigas con mis narraciones. Cómo te describo, como te relato, hace que te conozcas de otra manera, y te conozco a través de mi narración, a la vez que me doy cuenta de cómo te percibo cuando te describo. No siempre se necesita una escucha activa: hay cosas que no sabemos ni cómo responder, un «total», asentir y una sonrisa a veces son suficiente. 

“Cuando vivimos las cosas nos pasan pero cuando las contamos las hacemos pasar” , escribía Carmen Martín Gaite. Una cuestión importante: ¿hacer algo o contarlo? Nos narramos a nosotras mismas y lo que se conservará serán esas historias, esas anécdotas que contamos y esos vacíos que rellenamos. Soy una gran defensora de la intimidad, de los secretos, de la privacidad, pero batallo con la narración y la exposición. La verdad, sobre todo la verdad. Hay algo en llevar las riendas, y cuando narramos, agarramos fuerte las cuerdas. Pilotamos. Con la velocidad que queremos. Y eso, es magia. Sobre todo si ve sentimientos provocados en las expresiones de los demás. Es poder. Y satisfacción, sobre todo si emocionas a alguien. Si lo haces reír.

Para mi todo se relativiza en esto, poder dejar las bragas sucias por el suelo sin mirarnos mal. La vergüenza no debería tener cabida en la amistad. 

V.

Gracias, porque cada vez que te escribo, me conozco. Gracias porque la primera vez que me conocí, fue cuando te hablé. 

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