Una pequeña crónica social

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He decidido volver al uso de la primera persona. Necesito romper la distancia que se establece entre el texto y yo cuando me sirvo de todos aquellos recursos que tratan de borrar el rastro de un cuerpo tecleando en una habitación pequeña y sin calefacción en Aluche, Madrid. Soy consciente de que esa distancia se debe a mi falta de destreza en la escritura. Soy consciente de que el uso de la tercera persona también puede ser político. Pero yo no sé cómo hacerlo. Por ello, me decanto por la primera persona. Rompo esa distancia. Pido disculpas a la Facultad de Humanidades, Documentación e Información.

Otra cuestión es la distancia entre el texto y el lector. Esta primera persona no tiene una voluntad de acercamiento. No pretende que ante ella se responda con un “soy yo literal”. Yo también he leido en muchas ocasiones buscando encontrarme en el texto. Estoy cansada. No todo habla sobre mí. Es más, casi nada habla sobre mí. Históricamente por falta de representación. Circunstancialmente por cuestiones de circunstancias. Mi uso de la primera persona responde a una cuestión genética, la misma que impulsa que mi cabeza esté atravesada por un mechón de canas desde la raya de peinado atravesando el flequillo y cruzando hasta por debajo de mi oreja. 

Por genética me refiero a clase y género. Por circunstancias me refiero a clase y género. Eso incluye haber nacido en una ciudad de provincias del suroeste de España. El colegio público, el instituto público, la universidad pública a la que pido disculpas por mi falta de manejo de la tercera persona. El piso de alquiler en una ciudad del suroeste de la Comunidad de Madrid. Ahora en un barrio al suroeste de la ciudad de Madrid. 

No me busco en los textos, busco en ellos formas de combatir la realidad. Busco lo múltiple. Juntar pedacitos. Y este texto también pretende juntar pedacitos. De ellos está hecha la primera persona del singular. Si hablo de mí, hablo de las otras. Del piso en Aluche, de los servicios públicos, del trabajo y de su falta. Escribo desde un cuarto pequeño sin calefacción en Aluche estando en paro desde finales de enero y sin derecho a paro por haber sido autónoma, algo que yo no sabía. Escribo desde un cuarto pequeño sin calefacción en Aluche con Los íntimos (2024), de Marta Sanz en la cabeza. Una novela que se denomina a sí misma novela social. Escrita en primera persona para narrar ese trabajo que es escribir, que es hacer cultura y que implica al resto; al campo literario. Las condiciones que hacen posible la escritura, etc.

Como Marta Sanz, trato de trazar una memoria laboral, es decir, una crónica social. Yo no puedo hacer novelas. No se utilizar la tercera persona ni la elipsis ni crear personajes tipo ni colocar las comas o los puntos o los párrafos. Me gustan las enumeraciones aunque siempre se quede algo fuera. Eso sí. 

***

He estado trabajando durante un año y pico mientras acababa un doble grado como hace muchísima gente. He estado trabajando porque me daba apuro que mis padres desde una ciudad de provincias al suroeste de España tuvieran que seguir pagando un curso más un piso que, aunque siguiera estando al suroeste, estaba cerca de la capital. Yo escogí unos estudios de cinco años, en lugar de cuatro. Así que decidí que lo justo era pagar la diferencia.

Busqué trabajo y no lo encontré. No sabía qué tenía que añadir y por tanto, que me faltaba en el currículum para que me aceptaran en alguna de las prácticas a las que me postulaba. La conclusión a la que llegué es que debería haber empezado a hacer prácticas desde los seis años para con cuarenta por fin lograr un contrato de fija discontinua pero, al menos, no de prácticas y casi seguro con derecho a paro.

Finalmente encontré trabajo en el sitio en que hice anteriormente unas prácticas no remuneradas que poco tenían que ver con el periodismo. Y agradecí tanto que me llamarán. Me convencí de que en cuanto ese empleo acabará me llamarían de otro y luego otro y luego otro. Pensé que lo más difícil ya había pasado: encontrar un primer trabajo. 

Y aunque ahora aseguro que si me volvieran a llamar no lo aceptaría, realmente no lo sé. El síndrome de la llamada del ex, lo llama mi amiga Ana. Por mucho que te hayas convencido de que la ruptura es lo mejor que ha podido pasar, si te llama es que te necesita. Y casi siempre, urgentemente. Ha pensado que eres la más apta, la más eficiente, la más. Y ante eso, ¿cómo negarse?

Ahora Ana trabaja dando clases en un instituto y me puede responder por Whatsapp casi al instante después de haberle preguntado si puedo usar el síndrome de la llamada el ex novio porque hay que pedir permiso. Esto es una crónica social, no una novela. Pido permiso a mis fuentes. 

***

Yo aun no he trabajado de forma remunerada en un medio de comunicación. Tengo amigues que sí. Y visto lo visto, quizá no está tan mal no haber accedido a una redacción. O quizá sí está muy mal no haberlo logrado. Depende del día, si es par o impar, diré una cosa u otra.

Pero mis amigues periodistas, siempre al filo de la noticia, tienen que redactar cuatro piezas en un día, trabajar un domingo si es necesario —y en muchas ocasiones lo es, parece ser—, hacer TikToks —algo que yo también he tenido que hacer—, actualizar webs y mil cosas más que les impiden hacer un reportaje con rigor según los parámetros impartidos por la universidad pública. 

Mis amigues periodistas corren de un lado a otro. Y yo a veces les envidio porque son como Carrie Bradshaw por Nueva York. Y otras veces, me alegro de ser yo Carrie Bradshaw desde mi habitación aporreando un teclado. Un teclado que dejo de saber manejar cuando me entero de otra historia más de contratos de prácticas que no llevan a nada pese a las promesas de jefes o pese haber aceptado quedarse, correr al sitio necesario. En cualquier caso, dejarlo todo por la posibilidad del acceso a paro cuando se necesite.

A un amigo mío —periodista, al filo de la noticia, de alcachofa en mano y muchas horas frente a instituciones para coger una declaración—le dijeron que si quería continuar en ese lugar solo podía ser mediante un contrato de prácticas. Pero que luego seguro que le hacían fijo porque estaban muy contentos con su trabajo, su disposición, etc. Solo tenía que retrasar un año acabar su carrera. Tenía que dejarse alguna asignatura, pagar la segunda matrícula y listo. Una segunda matrícula por 300 euros mensuales.

Menos mal que se lo propusieron a mi amigo y no a mí. Él supo decir que no. Yo no sé si hubiera podido. Me aterra que cualquier oportunidad sea la última. Así que supongo que mejor no haber accedido a una redacción. O sí. ¿Me llamarán?

***

Un día me llamaron gracias a Carmen Burné que ha sido mi correctora en El Generacional, otro espacio en el que escribo una o dos veces al mes, como aquí. Un lugar genial en el que te ofrecen acceso a un montón de lugares de ensueño para un periodista sin experiencia. Y que yo aprovecho a medias tintas porque cuando trabajaba nunca podía ir a casi nada y ahora que no trabajo, hago un master para llenar ese currículum ante mi falta de experiencia laboral en la infancia.

Carmen me pidió que escribiera un artículo sobre la velocidad en la ciudad y yo justo estaba haciendo el TFG sobre ello. Me iban a pagar y yo me sentía la persona más afortunada del mundo. Rechazaron el primer artículo por estar escrito en primera persona y ahora lo podéis encontrar por aquí. Así que rápida, ágil y más que dispuesta, escribí otro. Lo aceptaron. Cobré y luego no sentí mucho. En parte, porque pensaba que había fracasado. Mi oportunidad perdida. Escribí un artículo y me equivoqué en lo que pedían. Luego, escribí otro y acerté pero no he querido volver a mirar si está publicado en papel porque un día mi madre fue a comprar la revista y yo no aparecía. No pasa nada. Estas cosas pasan. En casa de mis padres está la revista y no la han leído como acto político o genético o lo que sea: o mi hija o nada. No pasa nada.

***

Mientras escribo esto está lloviendo. Pienso en mi amiga Esther que trabaja en el almacén de una librería. Le doy consejos para que no se haga daño en la espalda. Menuda jeta tengo. Pero no quiero que se haga daño.  

Llueve y el almacén es un sótano. Hago fuerza mirando a las nubes para ver si se mueven. Esther me dijo que, después del almacén, lo que quiere es sol. El otro día nos tomamos un café en la facultad después de que saliera de trabajar y venía roja de estar al sol. Estuvimos un rato más buscando los rayitos porque sabíamos que a la semana siguiente llovería. Casi nos da un golpe de calor pero nos reímos mucho, así que mereció la pena. 

Luego me fui a clase y al llegar a casa, al suroeste de la ciudad de Madrid, comencé a leer Los íntimos y me dije a mí misma que debería escribir sobre el oficio de escribir incluso cuando no te pagan o te pagan mal. Es imposible escribir de una cosa sin la otra. Decidí escribir sobre los trabajos culturales o los intentos por lograrlos, sobre no lograr becas para realizar tesis, sobre pagar dinero para poder participar en congresos que te acerquen a las becas de tesis, sobre el trabajo periodístico, sobre hacer críticas. Pero para ello tenía que hablar de mis ausencias, de mis carencias, de lo que no había alcanzado: una prestación por desempleo y más tarde otro empleo. Para ello tenía que hablar de quienes sí lo habían logrado y lo que eso suponía.

Decidí escribir una crónica social. Hacer narrable lo que parece indecible: el trabajo y sus formas de explotación y violencia, entre ellas la vergüenza por su falta. Escribir es producir, ya lo dijo Walter Benjamin. Pero el objetivo de este textito demasiado largo para estar en un periódico no es alimentar esa máquina de consumo. Es combatir la realidad juntando pedacitos, estos pedacitos que me han dejado contar mis amigas y que, como cualquier enumeración, dejan cosas sin decir. Esos huecos. Huecos que mi uso de la primera persona deja. Esa distancia es la que espero, la que deseo, que el lector rompa. Que haga suyo el hueco, que lo complete.

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