La putrefacción de lo paralizado

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Quiero detenerme aquí, en este instante, acercarme a él todo lo que pueda. Porque hasta ese minuto todo seguía en su lugar. Un lugar precario, sí, un lugar poco deseable, insuficiente, pero yo me había acostumbrado a ese orden. Había aprendido a soportarlo.

                                                                                              Mugre rosa

Fernanda Trías

Como una realidad con gravedad excesiva, con aire espeso y piel supurante, los protagonistas de La ciénaga parecen estar en una perpetua confusión sobre su realidad y sus propios cuerpos. De vacaciones en lo que antes era su mansión de veraneo, una familia burguesa aparenta estar atrapada en un presente acabado y cabezota en el que los acontecimientos son tratados sin sorpresa ni reacción, sino como un hecho predecible de la putrefacción natural de la vida.

Al comenzar la película, los adultos aparecen embriagados bebiendo un vino demasiado rosa junto a la pileta verde y sucia de la casa. Mecha, la madre de la familia, deja caer su copa de vino y ella se desploma sobre los cristales rotos que, diminutos, se clavan en su pecho. El líquido rosa se enhebra con la sangre que brota de sus heridas. Esta será la primera visión sangrante del filme. Los adultos no reaccionan: con brazos demasiado pesados para sus hombros y sed de vino, el calor los apelmaza como si de un bloque de piedra se tratase. Son una de las niñas y la mujer contratada para limpiar las que actúan, acercando a su madre al ‘gringo’ que la puede cuidar.

Tras el accidente, Mecha, vendada de pecho y brazos, se reencuentra con su prima Tali, la cual comienza a hacerle frecuentes visitas. En la casa, que se ubica en medio del campo, continúa desarrollándose una especie de embrujo atrapante, una atrofia especialmente excesiva en el caso de los adultos que, en su aturdimiento, piden a sus hijas menores que conduzcan o parecen incapaces de contestar el teléfono.

En esta parálisis de cuerpos tumbados, con moscas alrededor y una humedad maloliente, el número de víctimas va aumentando. Desde los hijos de Tali, que no se iban a quedar a dormir pero finalmente lo hacen; o el hermano José que iba a acercarse para visitar a su madre herida dos días pero al final pierde la cuenta; nada parece funcionar como debería ni nadie parece tener voluntad de arreglarlo. El tiempo aparenta no pasar pero, sin embargo, pasa. Frente a esta ilusión óptica y sensorial, hay una putrefacción interna, una creciente infección orgánica que no solo afecta a los cimientos de la casa, sino que supura en los cuerpos de los personajes. Todo el ecosistema, desde animales revolcones ahogados en el barro hasta tortugas domésticas, está ahogado en la inmovilidad.

Con planos entrecortados y movidos, y ruidos ensordecedores que suenan incluso más alto que los diálogos; los niños corretean de un lado para el otro sin control, con cortes de machete por todo el cuerpo y preocupantes mutaciones. La hija más mayor aclara a sus padres, más de una vez, que “el agua de la pileta está inmunda”. En ese líquido estancado juegan, saltan, cazan y se embarran los niños, con la constante aparición de sangre; sangre que sale de la boca, de la nariz violentada, de los disfraces de carnaval, de las heridas infantiles. Los niños, sumidos en esta anarquía, acaban con un ojo-prótesis y dientes en medio del paladar, que no sorprenden todo lo que deberían.

Estas anomalías corpóreas son el síntoma visible de que la degradación ya es parte de la constitución y orden de la realidad que habitan los personajes. Los elementos casi monstruosos en la biología de los niños – y en la psicología de los adultos – indican la incapacidad de retorno a un presente no deformado. Esta hibridación irreversible entre lo humano y lo salvaje se manifiesta en la cacería frenética del rata-perro por parte de los niños, una criatura que jamás es mostrada pero impregna el ambiente de un terror invisible. Los críos, tratan de derribarla atacándola con machetes y escopetas pero en su persecución, ​​terminan por encarnar el mismo mito de deformidad que intentan exterminar, convirtiéndose en los herederos biológicos de una ciénaga que ya no distingue entre cuerpo y podredumbre.

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